El perro se escapó.
Era un viejo shiba de pelaje rojizo, con el aire tosco y testarudo de un artesano viejo.
Pensaba soltarlo de la cadena en el jardín y cepillarlo antes de que el verano terminara de instalarse, pero justo entonces llegó el repartidor, y el perro salió disparado por el portón entreabierto y se fue corriendo sin dudar, sin mirar atrás.
Ah, esto se ha complicado.
Una vez, cuando todavía era poco más que un cachorro, ya se había escapado así, bajando la cuesta hasta llegar a la avenida principal, y el susto de que lo atropellaran todavía lo recuerdo. Esa vez conseguí atraparlo, y volví a casa cargándolo en brazos. Desde entonces había tenido cuidado de que no volviera a escaparse. Pero…
Por un instante sentí rabia hacia el repartidor, pero no, la culpa era mía. Pensando eso, tomé la correa de los paseos y salí tras él.
¿Adónde habría ido? Tal vez por su ruta habitual de siempre. Fui a mirar, pero no había ni rastro. El sol de principios de verano dibujaba, negra y espesa, mi sombra junto a la de los árboles de la calle.
Al final, ese día no encontramos al perro.
Avisé, por si acaso, a una asociación protectora de animales del barrio. También reporté el caso a la oficina municipal de bienestar animal, dando su aspecto y su edad.
Ya hice todo lo que podía hacer, así que ahora solo queda esperar, dijo mi padre. Un viejo que se había jubilado y ya solo se quedaba en casa, leyendo. No hay de qué preocuparse, dijo, y cerró la puerta de su cuarto con la mano por detrás.
Al día siguiente, estando fuera, recibí una llamada de mi padre. Habían avisado que encontraron al perro, y que estaban a punto de traerlo, así que había que recibirlo. Decidí volver enseguida.
Cerca de casa me crucé con una furgoneta pintada con el logo de la protectora, y pensé que habría venido a la casa.
Detuve el auto y entré. Al abrir la puerta, ahí estaba el perro.
El alivio me duró un instante. ¿Qué es este perro? No es el nuestro. Era un perro grande, blanco con grandes manchas negras.
Desde el jardín llegó un ladrido débil. Salí sin soltar la puerta, y ahí estaba nuestro perro, atado a la cadena, mirándome, como si llevara allí atado desde el día anterior.
—Ah, qué bien, ya volvió —dijo una voz desde dentro de la casa.
Al voltear, aquello me sonrió.
Fin.
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