¿Tiene sentido la belleza?
Aquella tarde la biblioteca parecía más luminosa.
No había aumentado la claridad. Había disminuido la sombra.
Los libros descansaban abiertos sobre los anaqueles, como si aguardaran una mirada antes que una lectura. Comprendí entonces que un libro cerrado conserva un texto; un libro abierto promete una revelación.
En el centro de la mesa había una rosa.
No era extraordinaria.
Precisamente por eso era perfecta.
Nadie preguntó quién la había dejado allí.
Borges la contempló durante un largo instante.
—Los persas creyeron que toda rosa era un símbolo. Los ingleses prefirieron cultivarla. Nosotros apenas la miramos. Díganme, caballeros: ¿tiene sentido la belleza?
Homero habló primero.
—Helena bastó para incendiar una ciudad. Desde entonces sabemos que la belleza puede cambiar el destino de los hombres.
Virgilio acarició un pétalo.
—La belleza anuncia un orden que el universo raras veces revela por completo.
Dante sonrió.
—Vi esferas de fuego, coros de ángeles y la luz que mueve el sol y las demás estrellas. Después de eso comprendí que toda belleza terrestre es una nostalgia del Paraíso.
Shakespeare tomó la rosa.
—La belleza no dura. Precisamente por eso conmueve. Si Julieta hubiera sido eterna, Romeo no habría escrito una sola lágrima.
Cervantes dejó escapar una leve risa.
—Don Quijote encontró hermosura donde los demás sólo veían polvo. Tal vez la belleza no pertenezca a las cosas sino a la mirada.
Dostoievski permaneció largo rato en silencio.
Por fin dijo:
—La belleza salvará al mundo.
Nadie habló.
Él mismo añadió:
—O acaso lo condene. Nunca estuve completamente seguro de cuál de las dos cosas temía más el príncipe Mishkin.
Kafka observó la rosa sin tocarla.
—Hay una tristeza particular en las cosas hermosas. Parecen saber que durarán menos que nuestra necesidad de ellas.
Joyce aspiró lentamente el perfume.
—La belleza no se explica. Se oye en una sílaba, en una calle mojada, en una voz que pronuncia nuestro nombre de un modo irrepetible.
Proust cerró los ojos.
—Un aroma basta para devolvernos un mundo entero. Tal vez la belleza sea la forma más delicada de la memoria.
Montaigne sonrió.
—La belleza enseña modestia. Nos recuerda que el universo puede prescindir de nuestro juicio para seguir siendo admirable.
Pascal levantó la vista.
—El corazón reconoce una belleza que la razón jamás consigue demostrar.
Nietzsche habló con inesperada dulzura.
—El arte existe para que la verdad no nos destruya.
Chesterton rió.
—La belleza consiste en seguir encontrando milagroso lo que la costumbre intenta volver invisible.
Camus contempló la rosa.
—En medio del absurdo, una flor no resuelve ningún problema. Sin embargo, hace más soportable el universo.
Umberto Eco recorrió lentamente los anaqueles.
—Cada época define la belleza de un modo distinto. Lo extraordinario es que todas terminan regresando a Homero.
Todos guardaron silencio.
Entonces Borges tomó la rosa.
No la acercó a su rostro.
La sostuvo como quien sostiene una pregunta.
—He pensado muchas veces que la belleza es una de las pocas pruebas de humildad que el universo concede al hombre.
Nadie lo interrumpió.
—No sirve para demostrar la existencia de Dios, ni la inmortalidad del alma, ni la verdad de una filosofía. Carece de utilidad, y quizá por eso mismo sea indispensable.
Hizo una pausa.
—Cuando contemplamos una rosa, un verso de Keats, una fuga de Bach o el mármol de un templo griego, sentimos por un instante que el universo posee un sentido. Lo extraordinario es que ese instante basta.
Dejó la rosa sobre la mesa.
En ese momento ocurrió algo que ninguno esperaba.
Todos los libros de la biblioteca cerraron sus páginas al mismo tiempo.
No hubo estruendo.
Sólo un rumor semejante al de un bosque cuando cambia el viento.
La rosa permanecía inmóvil.
Pero ya no era una rosa.
Era todas las rosas que habían florecido desde el comienzo del mundo.
Comprendí entonces que la belleza no necesita justificar su existencia.
Somos nosotros quienes necesitamos justificar la emoción que despierta.
Y sospeché, mientras abandonaba la biblioteca, que acaso la belleza no sea una respuesta.
Sea, simplemente, la forma más amable que tiene el misterio de acercarse a los hombres.
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