¿Quién soy cuando digo «yo»?
Aquella tarde la biblioteca había cometido una extraña indiscreción.
Todos los espejos habían desaparecido.
No quedaba uno solo.
En su lugar, los estantes devolvían una imagen más inquietante: la de los libros que cada uno elegía mirar. Comprendí entonces que un espejo refleja un rostro; una biblioteca, en cambio, revela una conciencia.
Sobre la mesa había una máscara.
Era de una blancura casi perfecta.
No representaba a nadie.
O acaso los representaba a todos.
Nadie se atrevió a tocarla.
Borges observó el objeto con una atención que rozaba la melancolía.
—Hoy nos convoca una pregunta que cada hombre responde miles de veces sin advertirlo. ¿Quién soy cuando digo «yo»?
Homero fue el primero.
—Eres el nombre que otros seguirán pronunciando cuando hayas muerto. Aquiles eligió una gloria breve; Ulises, un largo regreso. Ambos eligieron un modo de ser recordados.
Virgilio habló después.
—Somos viajeros. El «yo» no es el puerto, sino el camino que conduce hacia él.
Dante sonrió apenas.
—El hombre cree conocerse. Sólo al atravesar su propio infierno descubre quién ha sido siempre.
Shakespeare acarició la máscara.
—El «yo» es el personaje que representamos con mayor obstinación.
Hizo una pausa.
—Y el único del que jamás vemos el ensayo.
Cervantes dejó escapar una risa.
—Mi hidalgo quiso ser otro y terminó revelando lo que realmente era. A veces la imaginación conoce mejor nuestra identidad que la memoria.
Dostoievski apoyó las manos sobre la mesa.
—Dentro de cada hombre viven varios hombres. El crimen consiste, muchas veces, en dejar que uno de ellos silencie a los demás.
Kafka habló con la voz casi inaudible de siempre.
—Yo soy aquel a quien llaman cuando no dicen mi nombre.
Nadie pidió una explicación.
Nadie la necesitaba.
Joyce contempló un punto invisible.
—El «yo» cambia con cada pensamiento. Intentar fijarlo es como intentar sujetar un río con las manos.
Proust sostuvo la máscara.
—No somos una persona. Somos todas las personas que alguna vez hemos sido y que la memoria todavía consigue reunir.
Montaigne sonrió con humildad.
—He pasado la vida escribiéndome para descubrir que jamás terminé de conocerme.
Pascal levantó la vista.
—El hombre es demasiado grande para explicarse por sí mismo y demasiado pequeño para comprenderse del todo.
Nietzsche habló sin solemnidad.
—Llega a ser quien eres.
Luego añadió:
—Pero recuerda que ese mandato nunca termina de cumplirse.
Chesterton rió.
—La mayor aventura consiste en descubrir que el protagonista de nuestra historia no era quien imaginábamos.
Camus observó la máscara.
—Somos aquello que elegimos hacer cuando el mundo deja de ofrecernos respuestas.
Umberto Eco recorrió los estantes.
—Toda identidad es una biblioteca. Algunos leen un solo libro y creen haberlo comprendido todo.
Todos callaron.
Borges permanecía inmóvil.
Parecía escuchar el rumor de una página que nadie había pasado.
Tomó finalmente la máscara entre sus manos.
—He sospechado durante muchos años que el «yo» es una superstición gramatical.
Algunos sonrieron.
Sabían que aquella frase llevaba el eco de antiguos ensayos.
—Decimos «yo» como decimos «ayer» o «mañana». Es una comodidad del lenguaje. Quizá seamos apenas una sucesión de recuerdos, de olvidos, de lecturas y de sueños que, por una cortesía de la sintaxis, reciben un solo nombre.
Dejó la máscara sobre la mesa.
—Si existe un laberinto perfecto, no está hecho de corredores. Está hecho de identidades.
Entonces ocurrió algo inesperado.
La máscara comenzó a reflejar un rostro.
No era el de Homero.
Ni el de Dante.
Ni el de Shakespeare.
Ni el de Borges.
Era el rostro de quien la miraba.
Cada uno vio un hombre distinto.
Nadie quiso decir a quién había reconocido.
Cuando levanté nuevamente la vista, la máscara había desaparecido.
En su lugar había un libro encuadernado en cuero oscuro.
Abrí sus páginas con la curiosidad de quien espera encontrar una respuesta.
Estaban completamente en blanco.
Borges sonrió.
—Es natural. El único libro que nunca terminaremos de escribir es el que creemos estar viviendo.
Al salir comprendí que la pregunta no era quién soy cuando digo «yo».
La verdadera pregunta era otra.
¿Quién habla en nosotros cuando creemos decir «yo»?
Y tuve la sospecha, tan antigua como la primera palabra y tan nueva como el siguiente pensamiento, de que toda vida no es otra cosa que el paciente intento de responder esa pregunta sin llegar jamás a concluir la frase.
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