¿Qué es el mal?
Aquella noche la biblioteca estaba casi a oscuras.
No porque faltaran lámparas. Era la luz la que parecía rehuir ciertos rincones, como si también ella ignorara cuánto debía iluminar.
Por primera vez advertí que algunos estantes permanecían vacíos.
No lo habían estado el día anterior.
O quizá siempre lo habían estado y yo sólo acababa de descubrirlos.
Sobre la mesa había un cuchillo.
No era antiguo ni hermoso.
Era un cuchillo común.
Su presencia bastaba para inquietarnos.
Nadie preguntó quién lo había dejado allí.
Borges recorrió lentamente los rostros de sus invitados.
Su voz carecía de la serenidad habitual.
—Hemos hablado del tiempo, de Dios, de la memoria, de la libertad y de las historias. Hoy nos espera una pregunta menos hospitalaria. ¿Qué es el mal?
Nadie respondió.
El silencio fue tan prolongado que llegué a pensar que aquella conversación no tendría lugar.
Entonces habló Homero.
—El mal comienza cuando el orgullo de un hombre arrastra a un pueblo entero hacia la guerra.
Virgilio añadió:
—Y cuando el deber se olvida de la compasión.
Dante levantó lentamente la cabeza.
—He recorrido el Infierno. Descubrí que el mal no siempre grita. A menudo adopta la voz tranquila de quien cree obrar con justicia.
Shakespeare dejó descansar la mano sobre el cuchillo.
—Macbeth no fue asesinado por la ambición. Fue convencido por ella.
Cervantes sonrió con una tristeza inesperada.
—He conocido locos que jamás hicieron daño y hombres sensatos capaces de las peores crueldades. La razón, por sí sola, nunca ha sido garantía de bondad.
Dostoievski cerró los ojos.
—El mal no llega desde afuera. Espera pacientemente dentro de cada hombre la ocasión de parecer razonable.
Kafka habló apenas.
—El mal también consiste en una puerta que nadie se atreve a abrir porque todos creen que otro debe hacerlo primero.
Joyce pareció distraerse antes de responder.
—Ninguna conciencia se reconoce malvada mientras piensa. Siempre encuentra una frase para absolverse.
Proust sostuvo un largo silencio.
—Con el tiempo olvidamos las ofensas que cometimos y recordamos con una precisión casi ofensiva las que sufrimos.
Montaigne cruzó las manos.
—Desconfío de quienes aseguran conocer el mal con absoluta claridad. Suelen descubrirlo únicamente en los demás.
Pascal suspiró.
—El hombre no es ángel ni bestia. Lo terrible es que, cuando quiere hacerse ángel, muchas veces termina comportándose como una bestia.
Nietzsche observó el filo del cuchillo.
—Llamamos mal a aquello que amenaza nuestras tablas de valores. Conviene sospechar incluso de nuestras certezas morales.
Chesterton negó suavemente.
—Y, sin embargo, si el mal fuera sólo una opinión, el heroísmo perdería todo significado.
Camus apoyó las manos sobre la mesa.
—El mal comienza cuando una idea vale más que una vida humana.
Umberto Eco miró el cuchillo como si fuera un manuscrito.
—Las mayores atrocidades suelen escribirse con una excelente gramática.
Todos guardaron silencio.
Borges no hablaba.
Parecía escuchar una voz muy antigua.
Al fin levantó el cuchillo.
No lo hizo con temor.
Lo hizo con curiosidad.
—Los antiguos imaginaron que el mal tenía un rostro: Satán, Caín, Judas. Nosotros hemos descubierto algo más inquietante.
Dejó el cuchillo sobre la mesa.
—El mal puede carecer de imaginación. Puede presentarse con el aspecto de un funcionario eficiente, de un vecino cordial, de un hombre que besa a sus hijos antes de salir de casa. Quizá el monstruo más peligroso no sea el que disfruta de la crueldad, sino el que deja de verla.
Nadie respondió.
Fue entonces cuando advertí que los estantes vacíos ya no estaban vacíos.
Habían aparecido libros sin título.
Intenté abrir uno.
Todas sus páginas estaban en blanco.
Comprendí que la biblioteca se negaba a escribir ciertas historias.
No porque ignorara cómo ocurrieron.
Sino porque sabía que ninguna literatura alcanza para justificar el sufrimiento de un solo inocente.
Al abandonar la sala miré una vez más el cuchillo.
Ya no estaba sobre la mesa.
Durante un instante absurdo imaginé que alguno de nosotros lo había guardado en el bolsillo.
Preferí no averiguar quién.
Porque comprendí que la pregunta de Borges no buscaba descubrir dónde nace el mal.
Buscaba averiguar con qué facilidad puede sentarse, en silencio, a la mesa de los hombres.
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