Y seguiré buscando a alguien que pueda terminar la tarea que ella no pudo: amarme sin morir en el intento.
Amarme sin morir en el intento… quizá, después de todo, es mucho pedir; una hazaña casi imposible de concretar. Pero no podría conformarme con menos, porque todavía laten en mi pecho las ansias por conquistar ese último deseo: alimentar mi corazón de amor.
Suspiró, se acomodó algunos cabellos que se le derramaban por la frente y, casi hipnotizada, se dedicó a observar a través de la ventana. Con una especie de embrujo, dijo:
—Sabes, valoramos las cosas solo cuando las perdemos, solo cuando las rompemos, solo cuando las destruimos, solo cuando las matamos. Podría justificar esta terrible costumbre humana con el valor de las experiencias, con esta insana forma de aprender experimentando en carne propia… porque quizá siempre es más fácil aprender de la experiencia ajena, pero observar nunca es suficiente. Mírame a mí, mírame bien. Me gustaría preguntarte qué ves, pero sé que no responderás, aunque yo tengo mi propia respuesta: no valoré ciertas cosas en mi vida y me dediqué a una tarea inútil, insana y barata que me ha devuelto, como gran pago, la enfermedad.
La enfermedad. Cuando se presentó le di la bienvenida; traté de comprenderla y de domesticar el cuerpo a ella. Parecía que se iba, que por fin abandonaba su hogar para dejarme solo algunas secuelas, o eso pensé. Ahora vuelve acompañada de otros dolores. Se ha bebido el brillo de mis ojos como un ebrio bebe una botella de whisky y me ha mordido la carne como un vampiro hambriento. En este estado, el amor dejó de ser una quimera para convertirse en una necesidad; esa carencia que solo cesa cuando el otro te sostiene la mano mintiendo que todo pasará. Que se alivia cuando el otro te abraza, te besa la frente y te dice que días mejores vendrán… dulces mentiras que aligeran las cargas y te devuelven una parte de la fe perdida.
—El amor… Allí afuera hay algunos árboles de acacia en pleno florecimiento. El amarillo pálido de sus flores y ese dulce aroma embrujan a los colibríes; algunos vuelan en una especie de danza con ellas, como pidiéndoles salir a bailar, enamorarse y vivir más allá de la atadura de ser un mero adorno. De morir tras un tiempo amarradas a su estaca, con esa belleza que deleita los ojos del observador pero que se esfuma devorada por el sol y el viento. Así parece ser nuestra relación actual: tú traes esa maldición encima y yo llevo al diablo habitando dentro de mí. Tú quieres un amor que te salve; yo quiero un amor que me libere. Entre libertad y salvación, creo que ninguno saldrá triunfador. Se acaba mi tiempo y el tuyo sigue estancado. Las runas dibujadas en las manos parecen no funcionar; tu sangre y mi sangre son un chiste ante los ojos de tu Dios, y la condena seguirá habitando en ti mientras yo muero, una vez más, sin libertad.
[…]
Abrió la ventana, volvió a suspirar y se secó un par de lágrimas. Dio la vuelta, me miró, caminó hacia mí y me besó. Sus labios tenían sabor a sangre —un deleite personal que siempre supe apreciar— y su mirada estaba casi apagada. Tras el beso, se desvaneció a mi lado y su respiración desapareció. Sus largos cabellos castaños se derramaron sobre la almohada y sus manos, siempre frías, sostenían el pedazo de papiro.
Una vez más me vuelve a abandonar; una vez más la maldición se concreta. No sé cuánto tiempo podré aguantar esto: encontrarla, perderla y volverla a encontrar para perderla una vez más. Su alma es tan grande que ningún terrenal logra sostenerla el tiempo que necesito, y mi amor es tan grande que ningún corazón lo puede soportar.
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