Hay lugares donde el mundo parece recordar que alguna vez fue sagrado.

Las termales eran uno de ellos.

El agua brotaba caliente desde el corazón de la montaña mientras alrededor todo permanecía húmedo, cubierto de musgo y neblina. El bosque respiraba despacio. Los árboles, inmensos, parecían sostener el cielo para que no cayera sobre nosotros.

Caminábamos sin prisa.

Tú ibas unos pasos delante de mí, vestido completamente de negro, como si hubieras escapado de una fotografía de los años ochenta. La chaqueta de cuero, las botas cubiertas de barro, el cabello revuelto por la humedad. Pensé que el bosque te quedaba bien. Siempre creí que había algo en ti que pertenecía más a los árboles que a las ciudades.

—Mira —me dijiste.

Me agaché.

Entre las hojas aparecían decenas de hongos diminutos. Blancos, anaranjados, rojizos. Algunos parecían pequeñas lámparas. Otros, diminutos paraguas abiertos para nadie.

—¿Sabías que debajo de ellos todo está conectado?

Asentí sin responder.

Había leído que el bosque no era un conjunto de árboles, sino una conversación. Que el verdadero bosque vivía bajo la tierra, donde un entramado infinito de micelios unía raíces, agua, nutrientes y memoria. Los hongos solo eran la parte visible de algo mucho más antiguo.

Entonces pensé en nosotros.

Quizá el amor también era eso.

No los besos.

No las fotografías.

No los viajes.

Sino esa red invisible que seguía sosteniéndonos incluso cuando ninguno de los dos encontraba las palabras.

Llegamos a las aguas termales cuando el frío comenzaba a doler en las manos.

Entrar fue como regresar a un lugar conocido antes de haber nacido.

El vapor ascendía lentamente y la neblina hacía desaparecer las montañas. Por un instante no existió nada más que el agua, nuestros cuerpos y el sonido lejano de un río.

Apoyé la cabeza sobre tu hombro.

No hablamos.

Nunca he confiado demasiado en las palabras. Siempre llegan tarde. Los abrazos, en cambio, tienen una precisión que ningún idioma alcanza.

Sentí tu respiración acompasarse con la mía.

Era extraño.

Como si el agua caliente hubiera disuelto la frontera entre un cuerpo y otro.

Como si los dos estuviéramos respirando el mismo bosque.

Al salir ya estaba anocheciendo.

La niebla se había vuelto azul.

Los árboles eran apenas siluetas y los hongos, bajo la humedad, parecían pequeñas constelaciones caídas sobre la tierra.

Te tomé la mano.

Pensé que, si algún día dejábamos de encontrarnos, ese bosque seguiría recordándonos.

Porque hay lugares donde el amor no desaparece.

Solo cambia de forma.

Quizá se convierte en vapor.

En musgo.

En lluvia.

O en esos hongos silenciosos que nadie mira y que, sin embargo, llevan siglos sosteniendo el mundo desde debajo de nuestros pies.

Esa noche entendí que amar no era caminar siempre al lado de alguien.

Era descubrir que, incluso cuando no se ven, algunas raíces deciden permanecer unidas para siempre.

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS