¿Qué es el tiempo?
Al día siguiente la biblioteca era la misma y, sin embargo, no era la misma. Había un libro menos en un estante y un espejo más en una pared que yo juraría inexistente la víspera. Comprendí que aquella sala obedecía a una ley distinta de la nuestra: cambiaba cada vez que alguien recordaba algo.
Los invitados ya ocupaban sus lugares.
Nadie preguntó quién había llegado primero. En una reunión semejante, esa curiosidad carecía de sentido.
Borges fue quien rompió el silencio.
—Propongo una cuestión cuya respuesta, sospecho, nos condenará a discrepar para siempre. ¿Qué es el tiempo?
Homero habló como quien continúa un relato interrumpido hacía tres mil años.
—El tiempo es el mar que separa a un hombre de su hogar. Ulises creyó combatir contra los dioses; en realidad combatía contra los años.
Virgilio respondió con la serenidad de quien conoce el destino.
—No. El tiempo es el camino por el que la Providencia conduce a los hombres sin revelarles el mapa.
Dante levantó apenas la vista.
—El Infierno, el Purgatorio y el Paraíso no están separados por el tiempo. Son distintas maneras de habitar la eternidad.
Shakespeare sonrió.
—El tiempo es el más hábil de mis actores. Cambia de máscara en cada escena y, al caer el telón, descubre que también interpretaba al público.
Cervantes acarició distraídamente el brazo de la silla.
—Yo he visto cómo los años convierten gigantes en molinos y molinos en gigantes. El tiempo no modifica las cosas: modifica a quien las mira.
Dostoievski apoyó lentamente las manos sobre la mesa.
—Para un asesino, un solo minuto puede durar una vida entera. Para un enamorado, una vida apenas alcanza para un instante. El tiempo no pertenece a los relojes sino a la conciencia.
Kafka habló casi en un susurro.
—Tal vez el tiempo no exista. Tal vez sólo exista la espera.
Nadie discutió esa frase. Pareció instalarse en la sala con la naturalidad de una sentencia.
Joyce dejó escapar una leve sonrisa.
—Mientras ustedes intentan definirlo, el tiempo ya pasó por otra calle. Está en el olor del pan recién horneado, en una palabra que despierta otra, en el pensamiento que se distrae mientras creemos pensar otra cosa. El tiempo nunca avanza en línea recta.
Proust acercó lentamente la taza de té a sus labios.
—Discrepo. El tiempo sólo parece perderse. Permanece oculto dentro de nosotros hasta que un aroma, una música o una tarde cualquiera decide devolvernos un mundo entero.
Montaigne cruzó las manos.
—El tiempo no es un problema del universo. Es un hábito de los hombres.
Pascal permanecía pensativo.
—Y quizá ese hábito sea nuestra forma de soportar el infinito.
Nietzsche dejó escapar una risa breve.
—¿Y si este instante hubiera ocurrido ya un número infinito de veces? ¿Seguirían pronunciando las mismas palabras?
Camus miró hacia una ventana que daba a ninguna parte.
—Aunque así fuera, seguiría siendo necesario vivirlas como si fueran únicas.
Umberto Eco recorrió con la mirada los anaqueles.
—Toda biblioteca demuestra que el tiempo no destruye los libros. Sólo cambia la manera de leerlos.
Hasta entonces Borges había permanecido en silencio.
Tomó el bastón con ambas manos, como quien necesita apoyarse en una idea más que en un objeto.
—Todos ustedes tienen razón —dijo—, y por eso sospecho que todos están equivocados. San Agustín confesó que sabía qué era el tiempo mientras nadie se lo preguntara. Yo añadiría una modesta conjetura: el tiempo es la única biblioteca cuyos libros sólo pueden leerse en un único sentido, aunque la memoria insista en desobedecer al bibliotecario.
Nadie respondió.
Fue entonces cuando advertí un detalle que había pasado inadvertido.
El reloj que colgaba sobre la puerta no tenía agujas.
Sin embargo, todos supimos que la conversación había durado siglos.
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