Marcello y Horatio

Marcello y Horatio

ppfluger

30/07/2026

I

Era una noche intempestiva de 1676, toda la península itálica se encontraba encapotada, aún más en el Lacio, lugar donde nacieron los gemelos Marcello y Horatio a la edad de cero años.

Los padres, Massimo y Julieta, campesinos pobres, no tenían para alimentar tantas bocas; y por la manera de mamar de los gemelos ya se las veían venir. Así que decidieron tirar una moneda, no fuera de la casa, sino al aire, para decidir quién se iba y quien se quedaba, por supuesto que Massimo no. 

Marcello resultó bendecido, ¿para qué?, ¿quién sabe? Por de pronto para quedarse en el portal del monasterio benedictino cercano a la villa, y Horatio pudo quedarse con sus padres.

A Horatio nunca se le menciono a su gemelo, se crio como hijo único. Siempre admiró y sintió curiosidad por un gran lunar en forma de medio corazón que tenía en el costado exterior de su rodilla izquierda, creía que ello lo hacía diferente a los demás.

 Ya desde niño aprendió las tareas viéndolo a su padre enterrar esquejes de batatas en el campo tanto en primavera como en otoño, y vender la mayor parte de lo producido en la feria del pueblo, mientras guardaban las restantes para la posterior siembra.

Llegado Horatio a la edad infantil de poder trabajar, acompañó a su padre en las tareas de la finca. Casi no daba a vasto su familia ante los requerimientos impositivos del condado del lugar y para poder alimentarse. Lo que empeoró al conocer Horatio, ya próximo a cumplir los quince años, a Lucrecia, una campesina oriunda del lugar, pero criada en el extranjero por cuestiones de familia y llegada al pueblo por cuestiones de campañas militares en donde vivía.

Lucrecia a pesar de tener trece años y poseer una cara casi cubierta de acné era una muchachita preciosa, de largo y esponjoso cabello del color de los trigales, alta y menuda, de labios finos, que no la señalaban que fuera a ser demasiado exuberante, y una pequeña nariz respingada. La caracterizaba un andar de pasos largos y firmes como si fuera una matrona, y un desenvolvimiento fuera de lo común.

Horatio, ya un jovencito muy próximo a ser hombre, de mentalidad apocada, más bien tímido, conoció a Lucrecia en un viaje que hizo con Massimo a la feria del pueblo, y quedó boquiabierto, de una pieza, al verla acercarse al cruzar la calle convergiendo hacia la feria. Sintió mariposas en el estómago, campanadas en su mente, y su corazón comenzó a cabalgar desbocadamente. A su vista desapareció la calle, la gente y la feria, solo estaba ella, acercándose, llegar hasta él…, y luego alejarse. Aquel día comenzó su mal de amores.

Regresó a su choza acompañado de Massimo que tiraba del burro con el carro cargado a medias con verduras y cereales, y una cabra. Mientras él al mismo tiempo se sentía extasiado y deprimido. Su corazón imponía volver a verla.

II

     Al terminar el abad Giorgio de Laponteca las oraciones matinales a su cargo unos días después de aquella noche tormentosa de 1676, salió del monasterio acompañado por el cocinero en dirección a la feria cuando se encontró en el umbral a un bebé envuelto en trapos sumamente gastados, berreando. Lo entró y luego de darle un poco de leche de cabra tibia y arroparlo mejor decidió quedárselo; sus hermanos en fe compartirían su amor fraternal con él. El cocinero sería el encargado de su crianza, al cual él daría las admoniciones necesarias para no malcriarlo.  

Había que ponerle un nombre al crio, así que Giorgio se pasó una noche entera devanándose los sesos en tal tarea; en el alba, antes de la oración ya lo tenía. Se llamaría Marcello, en honor de San Marcello I, obispo de Roma, aquel que tanto bregara por sanar la división interna de la iglesia. Por lo tanto, Marcello pasó a llamarse Marcello. 

Marcello se convirtió en un niño malcriado pese a las moderadas reprimendas de Giorgio tanto al cocinero como al chico. Este se alimentaba bien con las delicias que le preparaba el cocinero y en especial con la leche de cabra. No cesaba de jugar y de brincar.

Una apacible tarde el duque de la región, de la que el condado del lugar formaba parte, que iba de paso decidió descansar con su comitiva al abrigo del monasterio.

El duque un joven, aunque ya maduro hombre de treinta y cuatro años había quedado recientemente viudo y no tenía hijos. Le llamó la atención la algarabía de un niño en tal lugar. Al verlo inmediatamente sintió simpatía por el pequeño y en un arrebato paternalista se lo pidió al abad. 

Al día siguiente luego de la oración y el desayuno partieron el duque, la comitiva y el crio, algo compungido, hacia el palacio del primero.

Pasaron los años, y el duque, aunque no carecía de pretendientes, no abandonaba su memoria la amada cónyuge fallecida. Sin embargo, en sustituto no dejaba de complacerle las bellaquerías del ahora adolescente Marcello. 

Un buen día durante el almuerzo el duque le recordó al muchacho de quince años en ese momento sus orígenes en el monasterio. Al señorito, a pesar de considerarlo emocionalmente como su padre al duque, le sobrevino añoranzas del abad y en especial del cocinero, por lo que le pidió permiso para visitarlos.

A los pocos días el mozalbete partió con una pequeña comitiva y varios regalos importantes hacia el lugar que le vio hacer sus primeras andanzas; y al llegar cuando el viejo abad lo reconoció declaró día festivo.

III

 Una mañana al poco de volver quiso Marcello recorrer el pueblo, que en no pocas ocasiones lo supo ver crecer, y en particular la feria que tan buenos recuerdos le traía desde su época con el cocinero, así que se adentró en el lugar seguido de cerca por dos o tres hombres de armas.

Soberana fue su sorpresa al encontrarse con un muchacho idéntico a él, rubio, de ojos claros, nariz aquilina, boca de labios gruesos, estatura mediana. Lo que más aún le llamo la atención fue que al llevar pantalones cortos medianamente raídos pudo verle su lunar en forma de medio corazón en su rodilla izquierda, ya que él poseía uno igual y simétrico en su derecha. El muchacho, a pesar de su elegante aspecto, no lo vio. Al dirigir su vista en dirección de su mirada vio a una impresionante pueblerina de más o menos su edad. Le atrajo más esta que su homónimo.

Al cruzarse su idéntico con la muchacha, este intentó en un arrebato de temeridad intentar hablarle, balbuceando y sonrojándose por entero. Entonces Marcello sonriéndose para sus adentros se les interpuso acaparando ambas miradas.

– ¡Buenos días bella ragazza!¡Felices los ojos que la ven! – saludo galantemente.

Horatio que estaba un poco aturdido, al ver a un idéntico tan ricamente vestido con las mismas intenciones que las suyas quedo totalmente anonadado, en particular al presentarle este decididamente su antebrazo y tomarlo ella tímidamente. Apago un clueco sollozo cuando ellos iniciaron un lento caminar alejándose de él.

Marcello la acompaño a hacer las compras haciéndose cargo del estipendio y pasando las vituallas a su guarnición, Mientras Horatio los seguía de cerca enmudecido y con la cara descompuesta. Ya provista la dama fueron a su choza que se encontraba en las inmediaciones del pueblo. 

Allí Marcello deslumbrado por tan hermosa acompañante y luego de hacerle unos piropos le hablo del lugar donde vivía, con la promesa de si esta así lo decidiera, llevarla. 

Lucrecia entonces hablo claramente: – Yo soy una villana, tú eres un noble, hay demasiada diferencia entre nosotros. Además, tengo la obligación de servir a mis padres.

Al ver en tan firme posición a la dama Marcello se alejo unos pasos hacia la puerta y mirando hacia afuera poso la vista sobre su homónimo y saliendo de la choza le preguntó: – ¿Dónde vives muchacho? -.

Este señalando hacia el poniente contestó: – Aquí unas pocas millas.

– ¿Con quién vives?

– Con mis padres, noble Señor

– ¡Llévame inmediatamente allí! – ordenó Marcello

Y partieron caminando hacia la choza de Horacio. 

Al llegar Julieta se llevó menuda sorpresa al ver a dos iguales, uno su hijo, y el otro un distinguido noble; y gritó: – ¡Massimo! ¡Massimo! ¡Ven aquí rápido!

– ¿Qué te pasa mujer? ¡Ni que hubieras visto al mismo demonio! ¿Por qué estás tan alterada? – Respondió este, saliendo a su vez. Y encontrando a los dos muchachos, miró de frente por unos momentos con suma atención a uno de ellos y gorjeo: – ¡Julieta prepara la mesa para un comensal más que nuestro muchacho ha vuelto!

Después de una larga charla familiar Marcello se retiró hacia el monasterio no sin antes prometer asistencia a su familia sanguínea.

Luego de unos meses de cortejar tímidamente Horatio a Lucrecia, y en su nueva posición desahogada, le pidió la mano y ella con una gran sonrisa acepto. La noche de la boda hubo una gran tormenta. 

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