Christian Van Door se encontraba convaleciente en la Costa Azul, Francia, por pedido de su médico londinense Albert Chrysler, salía de una grave y recurrente neumonía provocada por el clima británico de aquella época invernal.

Reposaba, sentado en un cómodo y amplio sillón de madera en una terraza que daba al mar. La línea del horizonte estaba colmada de mástiles de barcos grandes, así como de pequeños. Su médico le había hablado del lugar, que, pese a que era de invierno como en Londres, y húmedo, sin embargo, no era tan frio, ni estaba aquella neblina que todo lo encerraba.

Había sacado un boleto para dar un largo paseo por las ciudades costeras de la Riviera, Niza, Cannes, Saint Raphael, Saint Tropez, entre otras. Si estaba de paseo, entonces iba a pasear, conocer lugares. Sin embargo, el galeno le había prescripto el lugar como zona geográfica, no necesariamente por la gente.

Si bien su salud había mejorado apenas llegó, le desagradó el acartonamiento y artificialidad de los naturales y los no tanto. Hace algunos años que había vuelto a vivir en Londres, ya que, a pesar de ser británico, había dejado su tierra de niño para mudarse con su familia a Madrid, España, donde vivió su adolescencia y parte de su adultez. Se había acostumbrado a la sangre latina. 

Tuvo la desgracia de que sus padres fallecieran en aquel terrible accidente automovilístico en las cercanías de Valencia, por lo que único heredero, fue llamado por su abuelo para que aprendiera el manejo de su imperio textil, algo a lo que su padre se negaba y a él le resultaba indiferente.

Pero había llegado el momento, tenía que acudir al llamado del deber familiar. 

Al principio no se vio afectado por el clima, pero con los años, y con los inviernos, su salud a pesar de su juventud se vio afectada. Comenzó a acudir a la consulta del doctor Chrysler, al que lo encomendaron porque era muy atinado.

Albert primero le sugirió España, pero Christian se negó a ir al país que le quito sus progenitores, entonces le recomendó la Costa Azul, ya que, aunque también fuesen latinos serían diferentes a los españoles, pero no le dijo como.

Apenas llegó vio que se trataba de un mundo desconocido, ni flemáticos, ni familieros; eran artificiosos, grandilocuentes. Decidió constatar si todos eran de esa manera, así que fue y saco un pasaje a la Riviera en el puerto turístico de Marsella, y luego fue a matar el tiempo a aquella terraza.

Constató la hora en su reloj de cadena de bolsillo, se levantó de su sillón, y al dirigirse a la dársena de partida lo atropelló un gran auto negro. Luego de conocer el hospital marsellés durante algunos días, su abuelo lo llevo de regreso a su mansión londinense; donde murió a las pocas semanas. 

El abuelo tarde entendió que nunca había comprendido a su nieto, lo que lo llevo a ese infortunio. Se dio cuenta que no solo había perdido toda su familia, sino que había trabajado toda su vida para nada, ya que su imperio al fallecer pasaría al ministerio público.

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