Alguien —tal vez un bibliotecario, tal vez Dios en una de sus tardes ociosas— dispuso una mesa redonda en una sala sin relojes. No era el Paraíso ni el Infierno. Era una biblioteca donde el tiempo había renunciado a su antigua tiranía.
Fueron llegando, sin sorpresa, quienes jamás pudieron haberse encontrado.
Homero ocupó el primer asiento. Nadie lo vio entrar. Quizá siempre había estado allí.
Dante saludó con la solemnidad de quien ha recorrido los tres reinos del más allá. Shakespeare observaba a todos con una discreta sonrisa, como si ya hubiese escrito aquella conversación siglos antes. Cervantes, con una ironía apenas visible, sospechó que alguno de los presentes era un personaje escapado de un libro.
Borges acariciaba el bastón con la misma naturalidad con que otros acarician un recuerdo. A su lado, Bioy Casares parecía dispuesto a registrar cada ocurrencia para escribirla muchos años antes o muchos años después.
Joyce dejó sobre la mesa una ciudad entera. Dublín comenzó a respirarse entre las páginas invisibles. Dostoievski respondió colocando, sin decir palabra, la culpa, el crimen y la redención junto al pan. Kafka no depositó nada. Bastaba su presencia para que cada uno sospechara que había sido citado por error.
Llegaron luego Proust con una taza de té cuyo aroma amenazaba con abolir el calendario; Chesterton, dispuesto a demostrar que el sentido común suele ser el mayor de los milagros; Nietzsche, decidido a poner en tela de juicio hasta la existencia de la mesa; Unamuno, empeñado en discutir con la muerte; Camus, que prefería conversar con el absurdo antes que resolverlo; y Humberto Eco, convencido de que toda biblioteca es un laberinto que finge ser un catálogo.
Nadie presidía aquella reunión. Las ideas no aceptan jerarquías duraderas.
Yo permanecía en un rincón, tomando notas con la humildad de quien sabe que jamás podrá transcribir una conversación semejante. Comprendí que, si alguna vez aquel debate llegaba a producirse, el color de la materia gris abandonaría para siempre su insoportable neutralidad. Adoptaría los tonos del asombro, de la duda, de la memoria, de la ironía y de esa felicidad secreta que sólo conocen quienes descubren que un libro puede conversar con otro a través de los siglos.
Entonces Borges rompió el silencio.
—Caballeros —dijo—, discutamos un asunto menor: ¿quién de ustedes inventó realmente al hombre?
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