Capítulo I. La mesa de los imposibles

No recuerdo quién convocó la reunión. Sospecho que fue un bibliotecario, porque sólo los bibliotecarios creen que autores separados por siglos pueden esperar pacientemente su turno para hablar. La mesa era circular, para que nadie pudiera alegar precedencia.

Borges llegó primero. Examinó los lomos de unos libros inexistentes y comentó que toda conversación digna de ese nombre es una cita de otras conversaciones.

Bioy Casares sonrió. Sabía que Borges acababa de inaugurar un laberinto y que, tarde o temprano, alguien tendría que encontrar la salida.

Kafka permanecía en silencio. Parecía incómodo, como si ignorara quién lo había invitado y temiera que la reunión fuera, en realidad, un juicio.

Dostoievski apoyó las manos sobre la mesa con la gravedad de quien conoce el peso de la culpa. No le interesaban las bibliotecas ni los espejos. Quería saber si alguno de los presentes había mirado verdaderamente el fondo del alma humana.

Entonces entró Joyce. Traía el rumor de una ciudad entera. No habló; dejó que hablaran las palabras. Cada una arrastraba otras diez, y detrás de ellas venían la memoria, la ironía y el caos. Borges lo observó con admiración y con una reserva apenas disimulada. Ambos sabían que habían construido dos infinitos distintos.

Nadie presidía aquella mesa. Era imposible. Homero ocupaba una silla vacía desde hacía casi tres mil años. Cervantes llegaría tarde, como corresponde a quien inventó un hombre que confundía los libros con la realidad. Shakespeare, acaso por pudor, prefería escuchar antes de intervenir.

Comprendí entonces que el verdadero debate no sería sobre literatura. Discutirían el tiempo, la identidad, Dios, el azar, la memoria y ese extraño artificio que llamamos destino. Los libros serían apenas las huellas visibles de una conversación mucho más antigua.

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS