EL OJO DE LA TIERRA

EL OJO DE LA TIERRA

Marcelo Caputo

28/07/2026

Hubo un tiempo, no tan lejano como quisieran los cronistas, en que tres hombres de oficio dispar y condición diversa se encontraron en la orilla de un río que no era el suyo. No se conocían. No habían viajado juntos. Pero cada uno, en la misma noche, había soñado la misma voz, y la voz les había dicho el mismo nombre: el nombre de un pueblo que no figuraba en ningún mapa, pero que todos, al despertar, supieron cómo encontrar.

Llegaron la víspera, cada uno por su cuenta, y pasaron la noche sin dormir, como quien espera algo que no sabe nombrar. Cuando el cielo comenzó a clarear, se encontraron en la orilla. Se miraron. No hicieron falta preguntas. El sueño había sido suficiente.

Salieron del pueblo cuando el sol apenas asomaba sobre el río y caminaron hacia el este, hacia la llanura que la voz les había señalado. Durante las primeras horas, nadie habló. El paisaje era monótono: campos de cultivo que se mecían con el viento, animales de lomo gris hundidos en el barro, mujeres que lavaban ropa en las orillas. El sol subía lento, como si también él dudara. Más de una vez, alguno de los tres giró la cabeza de golpe, con la sensación de que algo, desde muy lejos, los estaba mirando caminar.

Fue cerca del mediodía, cuando el calor se hizo insoportable, que uno de ellos rompió el silencio. Su voz era medida, como si cada palabra hubiera sido pesada antes de ser dicha. Mientras hablaba, su mano se levantó y sostuvo el aire un instante, como si midiera el vacío entre sus palabras y el cielo.

—¿Por qué has venido? —preguntó.

—Tuve un sueño —respondió otro, sin detener el paso—. Una voz me dijo que viniera.

Sus pies descalzos levantaban pequeñas nubes de polvo que se quedaban flotando en el aire caliente. Cada paso era firme, como si conociera el peso de la tierra que pisaba. La camisa de lienzo grueso, remendada en los codos, se le pegaba a la espalda por el sudor.

—Eso no es una razón —dijo un tercero. Un tintineo metálico acompañó sus palabras, un sonido menudo que parecía venir de sus bolsillos. Llevaba una tela ligera, del color de la ceniza, llena de remiendos. Se llevó la mano a uno de los bolsillos, como si necesitara confirmar que lo que guardaba allí seguía en su lugar.

—¿Y tú tienes alguna mejor? —preguntó el segundo. Su voz tenía algo de la tierra que cavaba. Sus manos, ásperas y llenas de grietas, se cerraron en puños un momento, como si sostuvieran algo invisible. Luego se abrieron, lentas, y quedaron quietas a los costados.

El tercero no respondió. Siguió caminando. El tintineo se hizo más lento.

No volvieron a hablar hasta que el sol estuvo en lo más alto y la sed comenzó a hacer mella en sus gargantas.

Entonces, como si el calor hubiera aflojado las ataduras de la lengua, comenzaron a contarse sus historias. El primero habló con la seguridad de quien ha pasado la vida observando el firmamento. Su cabeza se inclinaba ligeramente hacia arriba mientras hablaba, como si buscara en el cielo la confirmación de sus palabras.

—Me llamo Idris —dijo—. Mido los astros. He visto suficientes noches para saber que el cielo también guarda silencio. Tuve una hija que contaba las estrellas conmigo, hasta que una noche dejó de despertarse para hacerlo. Desde entonces sé que muchas de las decisiones más importantes del mundo se toman con la certeza que solo permite la ignorancia.

Cuando terminó, su mirada se perdió en el horizonte, como si estuviera viendo una estrella invisible.

El segundo llevaba la camisa de lienzo grueso, remendada en los codos. Cuando hablaba, a veces se agachaba y tocaba el suelo con la mano, un gesto que parecía automático, como si necesitara confirmar algo que ya sabía.

—Ezequías —dijo—. Cavo tumbas. Tú mides el cielo. Yo mido lo que hay debajo. Cavé la de mi hermano con estas mismas manos, y te digo que la tierra no miente. He visto a los hombres irse y he visto a los hombres quedarse. He visto a los que cavan su propia tumba sin saberlo. El que no sale nuevamente, muere aunque siga respirando. El círculo no es heroico ni romántico. Es animal.

Cuando terminó, sus manos ásperas se abrieron y cerraron una vez, como si ya estuvieran acostumbradas a sostener el peso de la tierra.

El tercero llevaba una tela ligera, del color de la ceniza, llena de remiendos. Sus dedos hábiles y precisos se movían ligeramente, como si estuviera ajustando algo invisible.

—Kaví —dijo—. Reparo el tiempo. Llevo muchos relojes encima. Uno de ellos fue de mi esposa; se detuvo la noche en que ella murió y nunca lo volví a andar. Yo no mido el cielo ni la tierra. Yo mido lo que pasa entre uno y otro. Y les digo que el tiempo no se recupera. Cada uno de estos marca una hora distinta. Ninguno da la misma. Ninguno da la correcta. Y todos, sin embargo, siguen funcionando.

El camino se volvió más pedregoso. Las casas y los campos quedaron atrás. Ahora solo había tierra y polvo, y más allá, el horizonte que parecía no acercarse nunca. El sol castigaba sin piedad. La túnica de Idris, que al principio parecía fina y cuidada, ahora estaba cubierta de polvo y manchas de sudor. Su cabeza, que siempre había estado inclinada hacia arriba, se había nivelado. Miraba al horizonte, no al cielo.

Fue entonces cuando tropezó con una piedra que el polvo había escondido. Se detuvo, se sacudió la sandalia y se pasó la mano por la frente, secándose el sudor.

—Somos capaces de encontrar mugre hasta en un jardín de rosas, si nos empeñamos lo suficiente —dijo, todavía mirándose el pie—. No te sorprenda ver volar a un cangrejo.

Ezequías soltó una risa seca, sin alegría, y se limpió las manos contra el pantalón, aunque no tenían tierra.

—La peor soledad la viví acompañado de gente equivocada —dijo—. La mayor plenitud, en mi propio silencio.

Kaví no dijo nada. Caminó un largo trecho con la mirada fija en sus propios pies, sin que el tintineo se apagara del todo ni terminara de sonar entero, como si él mismo dudara de si tenía algo que agregar. Cuando por fin habló, su voz salió más baja de lo habitual.

—Los pájaros no cantan cuando llueve —dijo—. Para oír lo importante, hay que callar. El torbellino interior puede ahogar la felicidad, que llega en silencio.

Siguieron caminando. El sol comenzaba a inclinarse hacia el oeste cuando Idris volvió a hablar. Su voz, antes tan segura, ahora sonaba más grave.

—El poder que abusa tiene una mecánica simple —dijo—: se ve, se acepta y se cobra caro. Siempre olvida que deja sufrimiento acumulado, servilismo disfrazado de lealtad y víctimas que aprendieron a llamarse a sí mismas afortunadas.

Ezequías asintió lentamente. Se detuvo y tocó el suelo con la mano.

—Has visto cosas —dijo—. Como yo.

Kaví guardó silencio. El tintineo, sin embargo, se había vuelto más rápido, como si marcara el final de algo. Y por segunda vez desde que habían salido del pueblo, los tres sintieron, al mismo tiempo, que ya no caminaban solos. Esa sensación no volvió a irse. Los siguió el resto de la tarde, prendida a la nuca, como si algo, en algún punto del horizonte todavía sin forma, ya los estuviera esperando con los ojos abiertos.

Caminaron un rato más. Entonces Ezequías habló, y su voz tenía la gravedad de quien ha visto demasiadas cosas que no pueden borrarse.

—Quedarte donde estás no duele al principio. Duele después, despacio, como una habitación que se va quedando sin aire sin que notes cuándo empezó a faltarte. Crecer duele antes, de entrada, como cuando algo se rompe para dejar salir otra cosa. El que se queda quieto cree que se está cuidando. El que crece sabe que se está arriesgando. Pero solo uno de los dos, al final, puede mirar hacia atrás y decir que vivió.

Kaví se detuvo. El tintineo cesó por completo. Se llevó la mano al pecho, justo donde latía el corazón, y la dejó allí un momento.

—No fuiste tonto —dijo, mirando a Ezequías—. Tuviste miedo. Sostente como una madre sostiene a su hijo.

El sol se estaba poniendo cuando llegaron a la llanura. No había nada allí: ni árboles, ni río, ni pueblo. Solo tierra y cielo, y en el centro, una roca. Sobre la roca, sentada, una mujer de cabello blanco. Vestía una tela tosca del color de la tierra seca, y sus manos descansaban sobre las rodillas, inmóviles. Sus ojos no eran cuencas vacías: eran dos pliegues de piel sellados, como si hubiera cerrado los párpados hace mucho tiempo y ya no supiera cómo abrirlos. La misma sensación que los había seguido toda la tarde, prendida a la nuca, se quedó quieta de golpe, como si por fin hubiera encontrado dónde sentarse.

No los miró. No podía. Pero ellos sabían, sin saber cómo, que ella los veía.

Avanzaron hasta detenerse frente a ella. El silencio era tan grande que podían oír su propia sangre.

Entonces la mujer habló. La voz no cruzó el aire; retumbó desde abajo, firme como una raíz antigua.

—Buscabais un misterio —dijo— y no trajisteis más que vuestro propio peso.

Se quedó callada un momento, como si esperara que ellos completaran solos la frase. No lo hicieron.

—Nada hay aquí que no hayáis traído vosotros mismos, cargado desde el primer paso. La verdad que buscabais no habitaba en este lugar, esperando a que alguien la desenterrara. Vivía en el camino que trazasteis para llegar hasta aquí, en lo que os dijisteis unos a otros mientras caminabais. Ya la habíais hallado antes de verme. Solo os hacía falta dar la vuelta y mirar la huella, no la meta.

Eso fue todo lo que dijo.

Se miraron en silencio. Ya no eran el astrónomo, el cavador ni el relojero. Eran solo tres hombres comprendiendo, al fin, el valor de su propia sombra. Y sin decir palabra, emprendieron el regreso.

Kaví fue el último en darse vuelta. La roca ya no tenía a nadie encima, y aun así, mientras caminaba, siguió sintiendo esos ojos cerrados fijos en su espalda. En el bolsillo, uno de los relojes, el que nunca daba la hora correcta, empezó a andar de nuevo.

 Marcelo Caputo

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