Un nudo en la garganta

Tengo el inicio perfectamente calculado. Podría ser una hormiga existencialista atrapada en un terrario, mi tía Clotilde intentando sintonizar la radio, o una estrella fugaz que padece de vértigo crónico.

Para el desenlace, la cosa está igual de clara: o todos se enamoran bajo la lluvia, o la hormiga conquista el azucarero, o la estrella se apaga con un digno suspiro de neón.

El problema, el verdadero drama, es el nudo. El nudo se me resiste y bloquea el tránsito de la tinta. He intentado desatarlo de mil maneras, pero la gramática tiene sus propios lazos. Ayer quise cruzar las variables y me topé con un nudo marinero, apretado y húmedo, que olía a arenque y dejó a mi tía varada en mitad de una frase sin adjetivos flotantes. Quise ponerme trágica y rocé el nudo de soga de ahorcado, pero el texto se volvía tan sombrío que la hormiga prefirió suicidarse antes del segundo párrafo, arruinando la estructura.

Al final, desesperada, invoqué un nudo gordiano. Saqué la espada para cortarlo de un tajo —como Alejandro Magno—, pero solo logré partir la página en dos, dejando el planteamiento flotando en el vacío y el desenlace huérfano de nexo.

Aquí sigo, con los personajes esperando en el vestíbulo del planteamiento, impacientes por llegar al final, mientras yo desenredo este cordón de zapatos que insiste en llamarse Literatura.

Etiquetas: humor

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