Sanar en soledad

Sanar en soledad es aprender a conversar con el eco. Es encender una lámpara en una casa donde hace mucho tiempo no entra la luz. Es recoger, una por una, las ruinas de quien alguna vez fuiste y descubrir que incluso los pedazos rotos todavía recuerdan cómo sostenerse.

Nadie ve las batallas que se libran cuando cae la noche. Nadie escucha las veces que el alma se rompe un poco más antes de empezar a reconstruirse. Porque la verdadera sanación no hace ruido. Se parece más a un árbol en invierno: desde afuera parece inmóvil, casi muerto; pero bajo la tierra, donde nadie mira, las raíces siguen trabajando para volver a florecer.

Y quizá ese sea el acto de valentía más incomprendido: seguir creyendo en la primavera cuando todo alrededor parece insistir en que ya no existe. Porque quienes sanan en soledad no regresan siendo los mismos. Regresan con menos inocencia, menos miedo y más verdad. Ya no necesitan demostrar su fuerza; la llevan en el silencio de todo aquello que lograron sobrevivir sin que nadie supiera cuánto les estaba costando respirar.

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