Fenecido
La cosecha ha terminado.
Ya no quedan frutos suspendidos en las ramas, ni semillas en espera de la paciencia de otra estación.
No existe ya una tierra fértil que reclame mis manos, ni un surco que anhele ser habitado por la esperanza.
Solo permanece esa inmensa sensación de un verdor extinguido: la memoria de una vida que alguna vez respiró.
Y, sin embargo, continuas flotando sobre las nubes de este planeta, como el último rayo de sol que se resiste inutilmente a abandonar el crepúsculo antes de ser devorado por la noche.
Ya no hay nadie.
Ya no hay nada.
Solo mi cuerpo inerte en medio del campo; un campo que fue testigo silencioso de algo inconmensurable, de una belleza que ocurrió una sola vez y jamás volverá a repetirse.
Pero mi estrella siempre termina pronunciando la misma pregunta:
¿Y ahora qué?
Ahora solo quedan las huellas. Cicatrices impresas sobre el suelo del olvido, donde el viento terminará aprendiendo nuestros nombres para luego olvidarlos también.
Este lugar se ha convertido en una especie de vida artificial: un mundo que alguna vez latió con la intensidad de un universo entero y que hoy ya no puede ser habitado. Permanecerá suspendido, inmóvil, perdido entre galaxias cuyo mapa jamás volveré a descifrar, aunque dedique el resto de mi existencia a buscarlas.
Ha llegado el momento de abordar mi nave espacial.
Es tiempo de regresar a mi centro.
Parto llevando la melancolía como único abrigo contra el frío del camino de vuelta a casa.
Y, aun así, sé que este planeta nunca dejará de existir.
Permanecerá orbitando, silencioso e intacto, en algún rincón de este inmenso universo.
En mi universo.
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