Cada día el miedo lo paralizaba. Era una desconfianza a lo impuesto. Sospechaba de los aconteceres que lo empujaban a ser otro. Él, que rechazaba los conflictos, se descubrió lleno de nostalgia. Pero el mundo, fiel a su costumbre, persistía en quebrarlo.
En ese estado de inquietud, Shakespeare regresó como una cita inevitable. Leyó de nuevo los versos que lo había marcado en su juventud: Ser o no ser.
Ser, pensó, era aceptar la carga de la existencia, la duda. “No ser”, en cambio, era cesar el sufrimiento mediante la muerte, ese sueño que Hamlet imaginó como una quimera pero capaz de contener pesadillas.
La parálisis lo obligaba a callar, huir, arrinconarse. Taparse los ojos como quien renuncia a la percepción. Revolcarse en los silencios. Esconderse bajo las sábanas.
Pero la vida tiene sus caprichos. Calculó su edad. Pensó en lo que le quedaba de la existencia que aparenta finitud. Y ocurrió el cambio: descubrió lo desconocido. No por valentía, sino por una intuición.
Creyó en otra existencia, en otras posibilidades. Fue en ese salto cuando el miedo a lo real dejó de existir. No porque lo hubiera vencido, sino porque se le manifestó que lo existente no existe. Que la realidad es una ficción compartida, un relato que se sostiene mientras nadie lo cuestiona.
Rompió con sus pesares. Y caminó hacia su nueva vida con serenidad. No estaba seguro, pero por primera vez no necesitaba saberlo.
Quizás —pensó— la realidad es apenas una de las infinitas versiones del universo. Lo real solo existe mientras alguien lo pondera.
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