
Algún pensador —el nombre importa menos que la idea— dijo cierta vez que le parecería una auténtica falta de cortesía que Dios no existiera. La frase, que podría pasar por una ocurrencia, encierra una de las más antiguas perplejidades de la metafísica.
La cortesía es una virtud entre los hombres. Consiste en no defraudar ciertas expectativas que el trato ha ido tejiendo. Pero aplicada a Dios, la palabra adquiere un matiz singular. No se le exige justicia ni misericordia, sino algo más sutil: que no desmienta el paciente edificio de nuestras esperanzas.
Quizá todos los argumentos a favor y en contra de Dios sean menos decisivos que ese sentimiento. Después de tantos siglos de plegarias, de templos levantados en desiertos y montañas, de himnos, de lágrimas y de silencios, parecería un gesto descomedido que el universo respondiera con una indiferencia absoluta. No porque el hombre tenga derecho a reclamar un creador, sino porque el misterio mismo habría alentado, durante milenios, una expectativa que no debería concluir en el vacío.
Acaso esa sea la más humana de las pruebas: no demuestra la existencia de Dios, sino la obstinación del hombre en esperar que el universo no sea una mera suma de átomos y de azar. Esa esperanza, aunque no pruebe nada, ha fundado bibliotecas, catedrales y poemas. No es una evidencia; es una forma de la nostalgia.
Tal vez Dios exista o tal vez no. Ignoro si alguna inteligencia podrá resolver definitivamente esa cuestión. Pero comprendo la secreta elegancia de aquella sentencia: después de habernos concedido el asombro, la belleza, el amor y la imaginación, sería, en efecto, una singular falta de cortesía que el anfitrión nunca apareciera.
OPINIONES Y COMENTARIOS