Tertulias Anacrónicas

Tertulias Anacrónicas

Ernest Tellols

26/07/2026

Parece que los tiempos cambian. Ya nada es lo que era y, aunque desde hace aproximadamente cuarenta años las cosas empezaron a cambiar, ahora el ritmo es vertiginoso.

Con estos cambios tenemos que adaptarnos a otro sistema de vida. Dejar antiguos patrones que, quizás, a nosotros nos parezcan extraños, pero puede que a los verdaderos afectados no.

No hace mucho hablaba con un asiduo de las tertulias mañaneras. Como yo. Está alrededor de los «cuarenta y diez». Lleva más o menos un año acudiendo casi cada mañana al lugar de reunión. Como a muchos, el paro también le ha afectado y lleva ya más tiempo del que quisiera en esta situación.

Comentaba que a su hijo posiblemente aún le quede un año más de universidad. Está estudiando fuera y los gastos ahora pesan como una losa. Le pillé en un mal día y me estuvo comentando que esta crisis ya le está afectando. Que casi no duerme, que ha perdido kilos y que cada día tiene menos ganas de salir de casa.

Me dijo que, justo un año antes de empezar su hijo mayor la universidad, pidió un préstamo. La idea, como todo iba bien, era hacer obras en la vivienda porque, según él, en treinta años no se había hecho nada. Habían pasado algunas apreturas: pagar el piso, los dos niños, la comunión de ambos… En fin, lo que a todos los currantes nos toca sufrir. Realmente, si no reformó la vivienda antes fue porque no podía, porque lo estaba pidiendo a gritos, sobre todo aquello que más se utilizaba.

Eran tiempos de bonanza. Mucha gente creía que no le salía a cuenta hacer reformas y optaba por vender la vivienda vieja y comprarse una nueva, con todo lo que llevaban las viviendas de nueva construcción. Algunos hasta la cambiaron por un adosado, metiéndose, con más de cuarenta años, en una hipoteca descomunal para el resto de sus vidas.

Me seguía contando que, afortunadamente, él no había obrado así. Que era de una familia humilde y, por suerte, sus padres le habían enseñado a vivir de otro modo.

No obstante, si para eso le había dado resultado, para lo que él estaba pasando ahora no estaba preparado. Resulta que el préstamo que sacó lo sigue pagando. Lo hizo muy largo con el fin de no pasar apreturas, casi como una hipoteca. Pero no de 200.000 euros, como las que sacaban los que compraban vivienda nueva.

Solo sacó 60.000. Pensó que era una cantidad respetable, pero que le ayudaría a hacer las reformas y a capear los gastos del hijo mayor en la universidad, donde tenía que hacerse cargo del alquiler de un piso compartido, más los otros gastos que el hijo pudiera generar. Bien mirado, no era ninguna barbaridad y se decidió después de hablarlo con la familia y teniendo en cuenta que, en ese momento, ya no debían dinero a nadie.

Pues bien, la cosa se torció. Un tiempo después le despiden de la empresa. La indemnización les ayuda a adelantar algo del préstamo, pero, viendo la que se nos viene encima, decide quedarse algo en casa por si alguna vez no puede llegar a final de mes, ya que, aunque lo hubiera dado todo al banco, no habría sido suficiente para cancelarlo.

Estaba preocupado porque a su hijo, yendo bien, aún le queda un año de universidad. Son muchos gastos y a él cada vez le pagan menos en el paro y, además, le queda menos tiempo. El trabajo no aparece y, para una persona de su edad, de nuestra edad, es muy difícil encontrarlo, aun en el mejor de los casos.

Había hecho cálculos y pensaba que saldría adelante, aunque tuviera que pedir dinero a sus padres, cosa que le preocupaba bastante, ya que, alrededor de los «cuarenta y diez», pedir dinero a personas de ochenta años, que viven de una pensión, se le hacía tremendamente difícil, a pesar de ser sus padres y de saber que tienen algo que, algún día, le dejarán en herencia. Ahí es donde entra el título de este comentario.

Hablemos de la herencia y de lo mucho que han cambiado las cosas desde que él se puso a trabajar. Me comentaba que, aparte de ayudar siempre en casa, con catorce años ya estaba trabajando. En aquellos tiempos, las familias que tenían hijos, en lugar de hijas, progresaban rápidamente, puesto que ellos encontraban trabajo con mucha más facilidad. Nos ponían muy jóvenes a trabajar y el salario se entregaba íntegro en casa hasta que te casabas y formabas un hogar.

Es cierto que te casabas muy joven. Antes, raro era quien pasaba de los veinticinco años. Empezabas tan pronto en todo que, a esa edad, llevabas ya once años en el mundo laboral. Querías ser independiente, casarte y administrarte tú mismo. Se pensaba de otra manera. Nuestros padres vivían con lo justo y guardaban dinero, y las pocas pertenencias que pudieran tener, por si acaso o para dejarlas en herencia a sus hijos.

Me decía que él no lo va a poder hacer. Con suerte, y dada la situación actual, bastante hará con no dejarles deudas a sus hijos.

Le comenté que ahora las herencias son de otra manera. Que a su hijo, de entrada, le dejará una carrera, algo que en nuestra juventud era impensable para gente de nuestro estatus social. Solo hay que recordar que los médicos o los abogados siempre eran de buena familia. Hoy eso ha cambiado.

Que su hijo, cuando termine la carrera, tendrá la misma edad que teníamos nosotros cuando nos casamos e, incluso, cuando ya tuvimos el primer hijo. ¿Qué mejor herencia que esa? Vivir con los padres, con absoluta libertad, sin preocuparte de si te falta dinero o no y, además, con una carrera.

Los once años que nosotros pagamos con nuestro trabajo a nuestros padres, ahora los pagamos —la mayoría— a nuestros hijos. Ellos reciben la herencia en vida. Quizá a nosotros también nos hubiera gustado recibirla así.

Creo que nuestros hijos, que son más listos que nosotros, lo tienen claro. Pero algunos, como mi amigo —le llamaré Luis—, aún se mortifican viviendo recuerdos de un pasado que nos veremos obligados a cambiar.

Seguro que los hijos, que están viviendo este cambio, serán quienes nos ayuden a hacerlo con mucha más naturalidad y con menos preocupaciones de las que lleva mi amigo Luis. Ellos saben que la herencia se la llevan puesta y que todo el tiempo que está por venir es futuro.

Dejémosles a ellos, que, aunque nosotros ya lo veamos todo negro, sabrán vivirlo mejor de lo que nos imaginamos. Al fin y al cabo, de alguna manera esto siempre ha sido así. Es ley de vida. Y nuestros hijos son el futuro.

Etiquetas: tertulia

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