Una mañana de domingo, a las puertas de su cumpleaños setenta y ocho, el viejo se sintió torpe y cansado. Pero no de cuerpo…Cansado de la vida, de la monotonía diaria, de su anulación. De su destino. No recibía amor, tampoco odio… “Era una carga para el universo familiar” —quizás lo pensó—. Nadie nunca se lo dijo; lo palpaba en cada frase y en cada chiste, en los bolsillos de sus camisas, hasta en la mirada propia del espejo.

El viejo se sentó a meditar como quien regresa a una ceremonia que ha repetido durante décadas. Sintió que la realidad es un tejido demasiado denso, y que cada día añade un hilo más, pero que no necesita más hilos. Y el viejo, consciente de esa densidad, decidió que había llegado el momento de desprenderse de la urdimbre.

Respiró. Ese acto simple era su rito. Sabía que la respiración es el único puente entre lo visible y lo invisible.

En esta meditación, no pidió morir. Eso habría sido demasiado humano, demasiado pequeño. Pidió desencarnar, que es otra cosa: es renunciar al peso, a la obligación de ser alguien.

Sintió primero un alivio. Luego una expansión. Una especie de deslizamiento, como si su cuerpo fuera una vasija que se vacía sin romperse. No hubo luz: solo la certeza de que la carne ya no lo reclamaba.

En el instante en que se iba, supo que el cuerpo es un hospedaje, que la conciencia es un huésped que puede marcharse cuando aprende a caminar sin pies.

Después, un médico firmó el certificado de defunción con la frase de siempre: “Paro cardiorrespiratorio”. La autopsia no mostró enfermedad alguna.

La familia despidió el cadáver.

El viejo dejó de ser viejo.

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