El sol declinaba sobre el Éufrates y las sombras de las columnas del templo de Nabu se alargaban sobre el barro seco de la orilla. El rumor del agua se mezclaba con el canto lejano de los remeros que volvían tarde del puerto. Allí, sentado frente a un anciano ummânu —sabio y escriba babilonio, heredero de la vieja tradición sumeria que aún se enseñaba en las escuelas del templo—, un escriba persa de barba negra había caminado desde Susa buscando respuestas. Su nombre era Farnaka, y lo llamaban el Indagador.
—Maestro Enki-utu —dijo—, he venido a preguntaros sobre la fe. En mi imperio, los magos del fuego dicen que la verdad habita solo en sus altares. Pero cuando les pregunto por el dios de los babilonios o por los dioses de las estepas escitas, ellos niegan con la cabeza. «Esa fe no tiene peso», dicen. ¿Acaso la fe es un cargamento que se puede repartir en lotes y cerrar con sello?
Enki-utu golpeó su bastón contra el suelo de barro cocido antes de responder.
—Tú has visto a los mercaderes en el puerto de Babilonia. Dime: cuando un hombre deja de ofrecer corderos a Marduk y comienza a escuchar al viento, ¿qué te dicen los sacerdotes de tu tierra?
—Dicen que ha perdido la fe —contestó el persa—. Como quien extravía una bolsa de siclos en el zoco.
—¡Ah! Y ahí está el engaño que tejen los escribas con su caña —exclamó el anciano—. Porque esos sacerdotes han hecho un trato en las sombras. Han declarado que la fe es una casa de mercaderes, registrada en la tablilla del templo de su propio dios, y ellos mismos se han nombrado dueños de las mayores cuotas del cargamento. Pegaron su sello y dijeron: «El que no tenga nuestra tablilla de participación, no tiene grano en el silo».
—¿Y la Verdad?
—La Verdad, mi joven amigo, la han vuelto un pacto cerrado, con casa propia en su santuario, en su colegio de eruditos o en su círculo de iniciados. Y así dictan sentencia como jueces del grano. El medo que reza al fuego en cada uno de los cinco momentos del día: lote sin peso. La egipcia que medita frente al Nilo: sello no reconocido. El escita que habla al viento de la estepa: tablilla fuera del registro. El que da su vida por el huérfano sin invocar a dios alguno: sin firmante en el contrato. Y el que busca con sudor, aunque ya no recite las fórmulas de antaño: ha perdido su cuota en la barca. Porque ellos se creen que el señor de los cielos grabó el pacto con su propio cincel en la tablilla de ellos, y les dio la mayor parte del cargamento de la fe y la verdad.
Farnaka guardó silencio un momento, mirando el agua. El sabio llamó con una palmada, y un muchacho trajo cerveza de cebada en dos copas de barro, dejándolas entre los dos sin decir palabra.
—Pero, maestro —dijo el Indagador, tomando la copa entre las manos—, ¿no fue acaso el rey sabio de Uruk, aquel que buscó la planta de la vida, quien enseñó que la búsqueda vale más que el sello del templo? ¿O no dijo el profeta Zoroastro que la verdad se reconoce por el fruto, no por el fuego del altar? Esos hombres, ¿pedían también sellos de pertenencia?
—¡No! —respondió Enki-utu, con una firmeza que hizo temblar su barba blanca—. Las viejas historias que grabaron nuestros antepasados en piedra y arcilla nunca cuentan que Gilgamesh pidiera tablilla de linaje, como llamáis vosotros al registro familiar, ni sello de gremio. El poema del justo sufriente, el que llamamos Ludlul, dice que el dios abandonó al que todo lo daba, y sin embargo el hombre no maldijo sino que siguió buscando. ¿Acaso los escribas del templo le dieron un lugar en su archivo? No. Era un extranjero en su casa de mercaderes. Lo que premiaron los dioses, según cantan los bardos, fue la confianza abierta, el corazón que se juega sin garantía, como un pastor que deja el rebaño por una sola cabra.
—Entonces, cuando el sumo mago de mi ciudad me diga que he perdido la fe —dijo Farnaka—, ¿qué debo responderle sin ofender al rey?
Enki-utu sonrió, con la calma del que ha visto mil amaneceres.
—Le dirás: «No, señor. No he perdido la fe. Solo he dejado de creer que la fe y la verdad tienen un solo guardián del sello, y que vos sois el gran escriba que lo custodia». Porque la fe y la verdad no se pesan en la balanza del mercado ni se apilan en los graneros del templo. No se tasan en el puerto de Babilonia. Son como el agua del río, de dominio de todos los que beben. Y están en oferta permanente, no para el que paga con monedas, sino para el que abre el cántaro de su pecho y bebe con sed de niño.
—Entonces brindo por la fe sin tablilla de registro —dijo el Indagador, levantando su copa.
—Y yo por la verdad sin dueño de su sello —respondió el ummânu.
—Que el viento las lleve a todos los que buscan —dijeron los dos a la vez, y cada uno vertió unas gotas en la tierra antes de beber—, sin pedir permiso a ningún guardián del archivo.
Bebieron en silencio, mirando cómo las primeras estrellas empezaban a encenderse sobre el Éufrates.
. Marcelo Caputo
@EpidermicPoetry
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