Hubo un tiempo en que mi luz era insoportable, un faro cegador que desafiaba la oscuridad con una arrogancia juvenil. Brillé como nunca, convencido de que mi esencia era eterna, indestructible, tallada en el mármol de la certeza. Pero la eternidad es una mentira que nos contamos para soportar el paso del tiempo.
Mis generaciones no envejecieron; se desintegraron. No fue un declive lento, sino una catástrofe silenciosa. Cada recuerdo, cada versión de mí mismo que había construido con cuidado, se hizo polvo bajo la presión de una realidad que ya no reconocía. Mi mundo no se derrumbó; explotó. Fue una supernova interna, violenta y hermosa en su destrucción, dispersando los átomos de mi identidad hacia los confines de un vacío indiferente.
Ahora, lo único que queda son fracciones. Fragmentos afilados de quién fui, flotando en la deriva, sin gravedad que los una. Soy un mosaico incompleto, disperso en el viento. Me miro en el espejo y no encuentro al protagonista de aquella historia brillante, sino a un extraño compuesto por ecos y sombras. Ya no soy yo. Soy lo que sobrevivió al estallido: menos que un hombre, más que un fantasma, simplemente residuo de una luz que se apagó.
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