Donde el fuego conocía mi nombre

Donde el fuego conocía mi nombre

Aris Gómez

24/07/2026

Hay fotografías que no envejecen.

La mía tiene el borde ligeramente amarillento por el paso del tiempo. En ella aparezco con apenas tres años. Estoy celebrando mi cumpleaños en el restaurante Magu, en San Martín de Valdeiglesias. Mi madre sonríe. Mi hermana está a mi lado. Yo sostengo una tarta demasiado grande para unas manos tan pequeñas. Nadie podía imaginar que, muchos años después, volvería a mirar esa fotografía mientras el humo cubría el cielo del pueblo donde comenzó mi infancia.

Hay quien dice que el hogar es una dirección.

Yo nunca he creído eso.

El hogar son los lugares donde uno ha sido feliz.

Por eso, cuando escuché el nombre de San Martín de Valdeiglesias en las noticias, sentí que el fuego no avanzaba sobre un monte. Avanzaba sobre mi memoria.

En San Martín me bautizaron. Años después hice la Primera Comunión en la iglesia de San Martín Obispo. Recuerdo la solemnidad de aquel templo, la sensación de que sus muros eran eternos y de que nada malo podía suceder bajo aquella piedra centenaria.

También recuerdo el colegio público. El patio donde corríamos hasta quedarnos sin aliento, el día de los disfraces, las voces de los compañeros mezclándose con las nuestras, el timbre anunciando el final de las clases. Y, al salir, el parque donde mi madre, mi hermana y yo pasábamos las tardes. No teníamos grandes riquezas. Teníamos algo mucho más valioso: tiempo juntas.

Los veranos olían a cloro en la piscina municipal, a pinos calentados por el sol y a cumpleaños en el Magu. Si cierro los ojos, todavía puedo escuchar las risas.

Nunca pensamos que un paisaje pudiera desaparecer.

Después llegó El Tiemblo.

Tenía seis o siete años cuando crucé las puertas del colegio de las monjas. De lunes a viernes vivía interna. Los fines de semana regresaba a casa.

Aún escucho las campanas marcando cada momento del día. La hora de levantarse. La hora de estudiar. La hora de comer. La hora de rezar. La hora de dormir.

Dormíamos en literas.

Y muchas noches lloraba en silencio.

A parte de que me hacían daño.

Lloraba porque también echaba de menos a mi madre.

Hay nostalgias que una niña todavía no sabe nombrar.

Conservo amistades de aquella época. Entre ellas, Javier Blandin, mi mejor amigo de entonces. Con el tiempo entendí que incluso los lugares donde una no ha sido profundamente feliz pueden convivir con los lugares donde una aprendió la soledad.

Los años siguieron su camino.

Regresé a El Tiemblo siendo adulta. Ya no llevaba uniforme ni una mochila cargada de libros. Llevaba una vida entera sobre los hombros. Allí conocí a personas que todavía forman parte de mis recuerdos. Hubo un amor que perteneció a aquella etapa. Hubo pacientes que confiaron en mis manos. Hubo amistades que hicieron que aquel pueblo volviera a significar algo para mí.

Cada etapa de mi vida parecía haber elegido un lugar distinto para quedarse.

Y todos esos lugares terminaron unidos por una misma noticia.

Pelayos de la Presa.

Allí vive mi madre.

Mi hermana.

Mi sobrino.

Llevan más de diez años construyendo su vida en el centro del pueblo. Mi madre cambió hace tiempo un piso lleno de escaleras por un bajo más cómodo. Nunca imaginé que aquella decisión cotidiana acabaría dándome una tranquilidad inmensa en medio del caos.

Yo estaba en Pontevedra.

Ellos, a cientos de kilómetros.

La distancia nunca había pesado tanto.

Mi madre me llamó.

Las carreteras estaban cortadas.

Había problemas de cobertura.

No podían sacar dinero.

Conseguir comida empezaba a ser una preocupación.

Muchas personas permanecían fuera de sus casas, reunidas en la plaza, esperando noticias.

Las urbanizaciones más cercanas al monte estaban siendo evacuadas.

Las residencias vivían horas de enorme incertidumbre.

Yo no podía abrazarlos.

Solo podía llamar.

Llamé al alcalde.

Llamé a amigos.

Llamé a personas que conocía en la zona.

Moví todos los contactos que tenía para intentar que a mi familia no le faltara lo imprescindible, especialmente a mi sobrino, que apenas tiene cuatro años.

Durante horas intenté mantener la calma.

Mi madre volvió a llamarme.

—Estamos bien.

Respondí con serenidad.

Colgué.

Y entonces rompí a llorar.

Porque el cuerpo también necesita derrumbarse cuando ya ha hecho todo lo que estaba en su mano.

Mientras tanto, otro nombre seguía apareciendo en las noticias.

Villa del Prado.

Allí vive mi padrastro.

Su salud siempre me preocupa. La diálisis. El corazón. Pensé en él antes incluso de descolgar el teléfono.

Cuando conseguí hablar con él respiré un poco mejor.

Entonces regresó un recuerdo que llevaba años dormido.

Yo era una niña.

El hermano de mi padrastro me subía a su moto y daba vueltas conmigo. Aquel instante de felicidad sigue intacto en mi memoria. Es extraño cómo, en mitad de una tragedia, la mente decide rescatar precisamente los momentos más sencillos.

Pero hubo otro recuerdo que volvió con una fuerza inesperada.

La carretera M-501.

La misma carretera que aparecía una y otra vez en los informativos.

Para muchos era solo una carretera.

Para mí siempre será también el lugar donde terminó una parte de mi historia cuando perdí a Gregorio Alarcos de la Fuente.

Comprendí entonces que hay lugares que guardan más de una herida.

Que el tiempo no borra ciertos nombres.

Solo aprende a pronunciarlos en voz baja.

Durante aquellos días pensé mucho en los montes.

Pensé en quienes los protegían.

Pensé en los vecinos obligados a abandonar sus casas.

Pensé en las personas mayores confinadas o evacuadas, en quienes apenas podían caminar y, aun así, tuvieron que enfrentarse al miedo.

Como profesional que ha dedicado parte de su vida a cuidar y rehabilitar a personas dependientes, no podía dejar de imaginar lo que suponía para ellas perder de repente la seguridad de su habitación, de su rutina, de su hogar.

Y también pensé en el bosque.

No solo en los árboles.

En todo lo que representa un bosque.

En las conversaciones que guarda.

En las promesas hechas bajo sus sombras.

En los juegos de los niños.

En los paseos de los mayores.

En las vidas que transcurren sin hacer ruido entre sus senderos.

Dicen que un incendio se mide en hectáreas.

No estoy de acuerdo.

También debería medirse en recuerdos.

En fotografías.

En cumpleaños.

En campanas.

En patios de colegio.

En parques donde una madre veía jugar a sus hijas.

En la angustia de una llamada.

En el alivio de escuchar un “estamos bien”.

En las lágrimas que nadie ve cuando se cuelga el teléfono.

Sé que el monte volverá a brotar.

La naturaleza posee una fuerza admirable.

Pero también sé que debemos cuidarla antes de que el fuego la reclame. Nuestros montes necesitan atención, prevención y manos que los mantengan vivos. No podemos resignarnos a lamentar las pérdidas cada verano cuando muchas personas desearían trabajar y podrían contribuir a proteger ese patrimonio común.

Hoy, si alguien me preguntara cuál sería el primer lugar al que iría al volver a San Martín de Valdeiglesias, no respondería con el nombre de una calle ni de un edificio.

Respondería con una acción.

Iría a ayudar.

A quienes lo hubieran perdido todo.

A quienes necesitaran una mano.

Lo haría como sé hacerlo.

Sin pedir nada a cambio.

Porque hay momentos en los que la única manera de reconstruir un lugar es empezar por las personas.

Y si el fuego pudiera escucharme durante un minuto, no le gritaría.

Solo le diría:

Ten piedad.

No sigas con esa furia.

Cálmate.

Deja de ser el infierno de todos.

Porque esos montes no son solo árboles.

Son la infancia de muchos.

Son la casa de mi familia.

Son los pueblos donde aprendí a vivir.

Y ningún incendio debería tener el derecho de borrar aquello que llamamos hogar.

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