Llegó en la chiva del día a la recepción del hotel. Antes de descender había notado un detalle inquietante: en su agenda no figuraba el nombre del cliente que debía visitar; únicamente aparecía el apodo con que lo conocían en otros tiempos, allá en la vereda: “Loco Vernate”.

Las características del huésped coincidían con las de Vernate, salvo por un detalle desconcertante. De su levita emanaba un perfume refinado. El pequeño loco jamás había usado otra fragancia que la que provenía de sus propios sobacos.

—¿Está hospedado en este hotel el Loco Vernate? —preguntó al empleado de la recepción.

El conserje levantó la mirada con extrañeza.

—Esto tiene apariencia de todo —pensó—, menos de manicomio. ¿Quién vendrá preguntando por un tal Loco Vernate?

El detective, anticipando una respuesta negativa, comenzó a sospechar que acaso había confundido el lugar. Sin embargo, el tiempo no parecía tan lineal como había imaginado. La cicatriz que había etiquetado a Vernate durante más de veinte años seguía nítida sobre la mejilla del huésped.

Se acercó lentamente, dispuesto a dirigirle unas palabras. Entonces advirtió, demasiado tarde, un detalle imposible.

El hombre que fumaba un puro junto a la ventana abierta del hotel, de espaldas al espejo, era Vernate.

Y cuando estuvo lo bastante cerca para verle el rostro, comprendió que él mismo era Vernate.

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS