Un cronopio entra en el Club de Escritura Fuentetaja

Un cronopio entra en el Club de Escritura Fuentetaja

Fernando León

23/07/2026

Un cronopio de esos que guardan pelusas verdes en los bolsillos y prefieren mirar cómo caminan las hormigas, entra al Club de Escritura Fuentetaja. El club es un almacén lleno de famas y alguna esperanza. Los famas usan gafas de pasta y se sientan muy estirados, como si tuvieran un paraguas abierto en la espalda. 

Un fama publica algo. Lo lanza sobre el vacío, la nada y las tuberías oxidadas del alma. El texto es horrible, pastoso, plano como una galleta vieja. Cuando lo ven, los demás famas activan los aplausos. Los aplausos del club no son de manos; son mecánicos, de plástico gris, un reloj de cuerda que hace clac-clac-clac para que nadie gaste la energía de sus palmas. Todos los famas se comentan entre ellos —e incluso a sí mismos con cuentas falsas de apellidos rimbombantes— y dicen: «Magistral», «Qué profundidad ontológica». Se creen buenísimos, pero escriben con los pies embarrados.

Al cronopio la Fama le da una alergia terrible, de esas que hacen que te pique la punta de la nariz. Él no quiere ser publicado en editoriales, ni ganar premios —un cronopio siempre conoce sus límites—, ni ser traducido al sueco, ni tener una estatua de mármol en el jardín. El cronopio solo ha ido allí a divertirse. 

Le toca el turno. Escribe lo primero que se le ocurre, lo publica, lo lanza al vacío con menos solemnidad que una lechuga mustia. Escribe una sola línea:

—El gato de mi tía se comió una mariposa de luz y ahora sus excrementos son linternas.

Los famas se horrorizan. Se les caen las gafas. Consideran que el texto no tiene estructura dramática ni compromiso social. El aparato de los aplausos se queda mudo, tieso de la indignación. El cronopio, viendo que nadie le aplaude, sufre un ataque de pánico infantil e implora piedad a su hermana y a su amigo Enrique. Ellos salen en su ayuda y emiten dos tímidos aplausos.

Entonces el cronopio comprende su verdadera condena: la de no poder ser normal ni un segundo, la obligación de encontrarle una metafísica a un calcetín roto. Descubre, con timidez, su propio esnobismo de la incompetencia, ese orgullo por la torpeza que otros confunden con un título universitario. Sabe que si intentara clavar un clavo, se machacaría el dedo, le pediría perdón al martillo y escribiría un poema sobre la resistencia del hierro.

Su texto es como uno de sus viajes: ha perdido las maletas, se ha olvidado de los horarios del tren por quedarse mirando una coreografía de moscas, y ahora espera, frágil y dependiente, que el universo —o un sufridor esperanza— le resuelva la vida. O, al menos, que alguien le diga que su texto le gustó.

Aunque él, por supuesto, nunca, nunca lo reconocerá.

Etiquetas: cronopiadas

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