El niño Bertolt camina hacia la Volksschule con la gravedad herida de los pájaros que conocen el invierno antes de tiempo. Lleva una pizarra pequeña bajo el brazo. El aire de la mañana es un cuchillo azul, un frío que huele a carbón mojado y a pan lejano. Sus zapatos nuevos, rígidos y negros como dos escarabajos de luto que golpean el suelo con un eco severo.
Debe enfrentarse a la escuela. Hasta ahora su espacio no era la geometría del aula, sino el milagro vagabundo de las ferias errantes. Su corazón pertenece al humo de los teatros ambulantes, al mecanismo misterioso de los organillos automáticos que muelen la melancolía del siglo, a las voces desgarradas de los cantantes de baladas que narran crímenes y prodigios en las esquinas del desamparo. Allí, la vida es de verdad y todo le parece libre y hermoso.
A su alrededor, otros niños ríen, corren. Celebran la víspera del cautiverio con la inocencia de los que aún no saben que el tiempo se mide con campanas y castigos. Él los observa en silencio, desde la orilla de una madurez prematura, con ojos que son a la vez linternas críticas y ventanas de asombro.
Bertolt no comparte esa alegría gregaria. Sabe, con la certeza oscura y luminosa que tienen los poetas antes de aprender a escribir, que en las aulas no se busca encender la lámpara del pensamiento, sino adiestrar la sombra de la obediencia. En su pecho, bajo el abrigo estrecho, late un impulso de rebeldía que le quema.
El maestro, un hombre de rostro serio y levita negra, ordena silencio con un golpe seco de su vara. Es el primer día de escuela y el maestro les ordena: “Que cada uno busque un sitio”. Ellos se dirigen a las sillas. Un alumno no encontró sitio porque faltaba una . El maestro lo pilló de pie y le dio una fuerte bofetada.
Para todos ellos fue una buena lección: No se debe tener mala suerte.
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