El peón es la pieza más humilde del ajedrez. Avanza con la lentitud de quien no ha recibido privilegios y parece condenado a una sola dirección. A diferencia del caballo, del alfil o de la torre, no posee movimientos brillantes. Mucho menos la libertad de la reina. Sin embargo, el tablero entero reposa, en un principio, sobre esa fila silenciosa de soldados anónimos.

La imaginación de los hombres ha visto en el peón una promesa. Existe una antigua ilusión: si logra atravesar el tablero, puede transformarse en reina. Es quizá la única revolución admitida por las reglas. El más pequeño puede llegar a ser el más poderoso. Esa esperanza ha fascinado a generaciones de jugadores y también a quienes, fuera del tablero, creen que el destino consiste únicamente en ascender.

Pero esa interpretación acaso sea incompleta. El peón que sueña únicamente con ser reina olvida una verdad más discreta y acaso más profunda. Mientras avanza hacia su ambición, otros peones sostienen el frente, protegen casillas, impiden la invasión enemiga y, muchas veces, se sacrifican para que él continúe su marcha. Ningún peón llega solo al último escaque.

Hay una ironía en el ajedrez. El rey, la pieza cuya pérdida decide la partida, es también la más frágil. Apenas puede avanzar un paso. Necesita un ejército entero para sobrevivir. Sin los peones, el rey estaría desnudo. Su corona no sería más que un adorno inútil sobre una figura indefensa.

Tal vez esa sea una alegoría del mundo. Admiramos a quienes alcanzan la cima y olvidamos a quienes hicieron posible ese ascenso. Los nombres ilustres suelen ocultar una multitud de nombres ignorados. Ninguna victoria pertenece por completo al vencedor. Siempre hay un coro de silencios detrás de cada triunfo.

El peón nos enseña, además, una paradoja. Su aparente debilidad es precisamente la condición de su grandeza. No posee el poder de la reina, pero posee aquello que ella nunca tendrá: la posibilidad de convertirse en otra cosa. Su destino no está escrito del todo. Es la única pieza cuya identidad puede cambiar.

Quizá por eso el peón sea la más humana de todas las piezas. Vive entre la resignación y la esperanza, entre el deber cotidiano y la ilusión del porvenir. Sin embargo, la verdadera sabiduría no consiste en soñar con dejar de ser peón, sino en comprender que ningún rey, ninguna reina y ninguna partida existirían sin esa multitud de figuras modestas que avanzan un solo paso cada vez.

Acaso el tablero entero sea una refutación de la soberbia. En él, la pieza más humilde puede alcanzar la mayor dignidad, pero también recuerda a las más poderosas que su grandeza depende de aquello que casi nunca se celebra. Porque el ajedrez, como la historia y como la vida, no es la victoria de un individuo, sino el equilibrio secreto entre quienes son recordados y quienes permanecen para siempre en el anonimato.

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