Adoro esos días tranquilos
cuando el viento sopla despacio,
se acerca y te dice al oído:
¡ven! quiero llevarte conmigo;
entonces pierdes los miedos,
tocas con tu mano el cielo,
ves el horizonte pequeño,
escuchas el latido del tiempo.
Y tú le dices al viento:
sí, quiero irme contigo,
volar, volar y volar,
ahogar mis problemas en el mar,
quemar en la hoguera mis penas,
volar, volar y volar,
que cada minuto sea calma,
dejar que sonría el alma.
Porque hay días así,
que no necesitas nada,
que no necesitas a nadie,
que solo quieres estar tú,
observar el arte de vivir,
sentir que lo cotidiano
puede cambiar el día
y transformarlo en milagro
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