No quiero ir nada más que hasta el fondo

No quiero ir nada más que hasta el fondo

Nació en Avellaneda, pero nacer es solo un sustantivo rudimentario. Su infancia fue un nido de ráfagas polvorientas y silencios familiares.

De niña, Flora —ese proyecto de Alejandra— descubrió que la infancia es un cuarto a oscuras, donde habita el asombro y la tartamudez.

Se sabía extranjera de su propio cuerpo. Sentía que las palabras eran pájaros de plomo atrapados en su garganta.

Miraba los espejos buscando un rostro que la infancia le negaba. Creció temiendo al día, refugiada en el insomnio, jugando a las muñecas rotas con la sombra de una muerte prematura. Su patria fue un idioma herido.

Buscó el amor en los desfiladeros de la noche. En París, su cuerpo fue un incendio junto a Julio Cortázar, un lazo de ternura y complicidad que desafiaba la gravedad del mundo. También amó en el abismo. Silvina Ocampo fue su musa de seda y peligro, un fuego prohibido que Alejandra encendía con cartas desesperadas.

Alejandra amaba con una voracidad que asustaba, porque no buscaba el placer, sino la justificación de estar viva. Pero el amor es una tregua demasiado corta. Nadie logra salvar a nadie de su propia noche.

Sus romances eran altares de sed, amaba hasta herirse, buscando en el otro un refugio contra su propia intemperie. Pero nadie podía habitar su territorio de ceniza.

El lenguaje empezó a fallarle, volviéndose un bosque de muros altos. La poesía, que antes era su escudo, se transformó en una jaula de oro. Sentía que cada poema la vaciaba, dejándola desnuda ante el lobo de la melancolía.

El dolor de ser pesaba más que la luz del sol. Existir se volvió un oficio demasiado pesado para sus hombros de pájaro.

Un día de septiembre Alejandra decidió cerrar el libro. Cincuenta pastillas fueron los últimos versos que grabó en su cuerpo. No fue un acto de desesperación, sino la entrega lúcida al silencio que siempre la habitó.Tenía treinta y seis años y una sed insaciable de absoluto.

En su pizarra negra quedaron escritas las palabras finales:

«No quiero ir / nada más / que hasta el fondo».

Etiquetas: homenaje a pizarnik

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