Un faro de luz que dejó de brillar 

Un faro de luz que dejó de brillar 

Un faro de luz que dejó de brillar

JOSE E DIAZ F

Alguien me dijo un día:
«No confíes en los hombres, confía solo en Dios.»
Y no entendí aquellas palabras,
porque otra voz me enseñó
que los hermanos eran refugio,
que sus manos sostenían al caído
y que su fe era un puente hacia el cielo.

Pero encontré muros
donde esperaba abrazos;
reglas donde buscaba misericordia;
miradas de juicio
donde anhelaba compasión.

El ego religioso levantó fronteras,
como antiguas murallas de fariseos,
y el corazón quedó escondido
tras el peso de las apariencias.

No fue la pobreza lo que me hirió,
ni la falta de pan,
sino el frío de las almas
que olvidaron amar.

Entonces comprendí
que era mejor caminar en silencio,
que el aislamiento dolía menos
que una fe herida por quienes decían defenderla.

No me quitaron solo la confianza en los hombres;
quisieron apagar la llama
que ardía dentro de mi espíritu.

Fui un faro de luz
levantado frente a la tormenta,
pero el viento de la desilusión
apagó su resplandor.

Y en la oscuridad descubrí
que la luz verdadera
no depende de las manos humanas.

Porque no es la ayuda material
la que abre las puertas del cielo;
es un corazón transformado,
una fe sincera,
un alma rendida ante Dios.

Hoy ya no espero la perfección de los hombres.
Ellos pasan, fallan y se desvanecen.
Pero Dios permanece.

Si algún día mi faro vuelve a encenderse,
no será porque el mundo cambió,
ni porque los hombres aprendieron a amar,
sino porque la luz que viene del cielo
jamás dejó de existir;
solo esperaba, paciente,
que volviera mis ojos hacia ella.

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