I. El mapa y el territorio interior
Sospecho que los hombres han cometido un error de nomenclatura, confinando la palabra «virtual» a las pantallas que simulan acciones, olvidando que el primer ordenador, y acaso el verdadero, es el cerebro humano.
Si un hombre en Roma cierra los ojos y recuerda la casa de su infancia en La Habana, ocurre un milagro que la física corriente no alcanza a justificar. Esa casa, derribada tal vez por el tiempo, no ocupa un solo milímetro del espacio medible. Sin embargo, el hombre recorre su zaguán, adivina el tacto de las baldosas y siente el peso de una antigua felicidad o de un viejo remordimiento. Esa casa no es una ilusión, ni es la nada; es una arquitectura de la conciencia. Es, en su sentido más riguroso y antiguo, una realidad virtual.
Lo virtual no es solo lo digital; es el ámbito de las realidades no materiales que gobiernan los cuerpos. No habita en las tres dimensiones del espacio, pero es capaz de modificar el curso de una vida.
II. Las tres dimensiones del laberinto.
Acaso la realidad no sea una, sino una diversidad de círculos. Para habitar plenamente la condición humana, un hombre debe resignarse a transitar por esos mundos simultáneos:
Lo material: El territorio que ocupa un lugar.
Lo virtual: El laberinto de la potencia. El palacio donde conviven los recuerdos, los sueños, las conjeturas del porvenir y la imaginación creadora.
Lo simbólico: El lenguaje y los mitos.
Muchos han intuido que el pasado no es un objeto archivado; es una realidad latente, una vibración que aguarda el instante preciso para actualizarse en el presente. Del mismo modo que Jung comprendió que los arquetipos del inconsciente poseen una realidad psíquica impalpable.
III. La ilusión de la máquina
La modernidad se vanagloria de haber inventado lo virtual a través de la cibernética. Es un simulacro inocente. Siglos antes, los hombres jugaban con la mente como un espacio virtual absoluto. Los libros son las primeras máquinas de realidad virtual: unas pocas marcas negras sobre una página blanca bastan para que un creador realice una historia que perdurará en el tiempo. Don Quijote como ejemplo.
Caminamos por un suelo de piedra, pero nuestras decisiones se gestan en ese territorio invisible de posibilidades no realizadas. El futuro no existe en la materia, pero opera en la conciencia como un proyecto, empujándonos a actuar. Somos prisioneros y arquitectos de lo incorpóreo. Explorar filosóficamente esta amplitud de lo virtual no es un mero ejercicio de erudición; es, acaso, la única forma de salvaguardar el misterio del alma frente a la tiranía de lo puramente tecnológico.
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