EL PAÍS DE LOS QUE TIEMBLAN

Nací con dos alas que solo mi madre podía ver.

Decía que eran pequeñas, pero capaces de cruzar cualquier tristeza.

Perdí la primera al abandonar la casa.

Quedó atrapada en la ventana de mi infancia,

aleteando entre las cortinas como un recuerdo que no sabía morir.

La segunda la perdí mucho después,

mientras buscaba un lugar donde nadie pronunciara mi miedo.

Caminé por pueblos donde las campanas lloraban de noche.

Dormí en estaciones que olvidaban el nombre de sus viajeros.

Pregunté por el país de los valientes,

pero todos bajaban la voz al responderme.

Un anciano me dijo que estaba detrás de la última montaña.

Una niña aseguró que se escondía debajo de mi cama.

Una mujer sin sombra juró haber vivido allí,

antes de que el miedo aprendiera a reconocerla.

Seguí buscando durante tantos años

que mis pies comenzaron a echar raíces.

Entonces comprendí que aquel lugar no existía.

Me senté en medio del camino y tuve miedo.

Tuve tanto miedo que la tierra empezó a temblar conmigo.

Las casas abrieron sus puertas.

Los muertos encendieron lámparas bajo las tumbas.

Y todos los que habían huido alguna vez

salieron de sus escondites para sentarse a mi lado.

Al amanecer éramos miles, temblando juntos.

Entonces mis alas regresaron desde los confines del mundo.

Pero ya no las usé para escapar.

Las abrí sobre todos nosotros,

y debajo de su sombra fundamos un país

donde el miedo, por fin, tuvo miedo de entrar.

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