Microrrelato existencialista.

Ciertos días me despierto convertido en filósofo; y me lleno de preguntas que no sé contestar, pero me enredo en su ovillo de hilos sueltos. Hoy me detuve en el pasar de la vida, escuchándola en su armonía repetitiva, como si fuera una partitura con variaciones, pero con un patrón único: De Juancito a Juan, avanzarás.

Y llegó a una conclusión, pensando en mí, en todos, que cuando entramos en la región incierta de la adultez, algo se desvanece y solo recordamos sus sombras, como si la memoria fuera un elemento que insiste en ocultar más de lo que revela.

El tránsito está hecho de riesgos, revelaciones y premios que no reconocemos.

Y con ese deseo de filosofar, sospecho que no es un proceso, sino una interpretación. Quizá la madurez sea apenas la aceptación de que el yo es una versión corregida de un niño que ya no existe.

Lo veo en Juancito, en su alegría. Fue un sábado de marzo de un año que ya no vale la pena mencionar cuando su familia celebró sus dieciséis años. Era todavía un niño cuando su padre le regaló la magia de enseñarle a manejar el coche familiar, y su madre lo vistió con ropas de moda, como si el atuendo pudiera apresurar el destino. Hubo música, baile y una vecina que lo miró de un modo distinto.

Pienso en la entropía, y que el mundo verdadero es una especie de antónimo de las ideas infantiles.

Su fiesta terminó aquella noche larga y llena de felicidad, para dar comienzo a la vida en otra fase. Juancito, devenido en Juan por obra y gracia del cronómetro del tiempo, descubriendo que la mentira colectiva existe, que la traición es un subproducto humano, que la enfermedad, la muerte y el fracaso pueden correr por caminos paralelos.

Con ese desconcierto inicial entró en la vida caminando por los mismos senderos primigenios de sus antepasados. La adolescencia incendiando su cuerpo, como si una fuerza primitiva reclamara su derecho sobre la carne.

Juan sintió que había entrado en un territorio donde la vida puede ser un campo de batalla.

Hasta osó examinar su niñez, para recriminar a sus padres por no haberle dado una infancia perfecta. Pero también celebró la entrada al sitial de los adultos que le ofrecía una ventaja: elegir.

Se empeñó en estudiar. Los padres, que ya no eran dioses, sino figuras humanas y vulnerables, lo ayudaron de nuevo. Lo alentaron. Y Juan llegó, porque todo llega y todo pasa, a la madurez. Fue padre, esposo. La infancia quedó tan lejana que él mismo diría en su vejez: La infancia es un reino efímero.

Y Juan ya no está. Pasó por la vida y se extinguió en el silencio de la ascendencia. Fue padre, abuelo, bisabuelo, y llegará a la memoria genealógica de tatarabuelo, pentabuelo, hexabuelo. Y jamás, cuando piensen en Juan, estarán reviviendo su travesía. Porque el trayecto de un hombre es siempre un secreto entre él y el tiempo.

Quizá todos somos aves de paso: criaturas que cruzan el mundo dejando apenas un pliegue en la luz, una vibración mínima en la vasta música del universo.

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