El brillo de las cosas intangibles.

¿Qué pasaría si la clave de la felicidad estuviera en descubrir el brillo de las cosas intangibles?

Hay quienes dedican la vida a perseguir aquello que puede pesarse, medirse o encerrarse en una caja fuerte. Acumulan objetos como si cada uno de ellos pudiera sobornar al tiempo. Ignoran, acaso por pudor o por costumbre, que las cosas verdaderamente decisivas jamás aceptaron ser poseídas.

Me pregunto, entonces, qué ocurriría si la clave de la felicidad no fuera un lugar al que se llega, sino una forma distinta de mirar. ¿Y si estuviera escondida en el brillo de las cosas intangibles?

No hablo de un brillo visible. Ese pertenece a los metales, a las vitrinas y a las monedas. Pienso en otro, más antiguo y más discreto: el de una conversación que permanece en la memoria cuando ya se han olvidado las palabras; el de un libro que modifica silenciosamente a su lector; el de una melodía que vuelve, años después, para recordarnos quiénes fuimos. Hay también un resplandor en la amistad verdadera, en la confianza, en el perdón, en la espera y aun en ciertas nostalgias que el tiempo, con una misericordia inexplicable, termina por embellecer.

Quizá los hombres nos hemos equivocado de inventario. Registramos con minuciosidad lo que poseemos y apenas advertimos aquello que nos constituye. Sabemos cuántos metros tiene una casa, pero ignoramos la extensión de un recuerdo. Conocemos el precio de casi todo y el valor de muy poco.

Borges sospechaba que el universo podía ocultarse en una biblioteca, en un espejo o en un tigre. Tal vez también pudiera esconderse en esos bienes invisibles que nadie hereda y que nadie puede comprar. Son riquezas cuya única condición es ser compartidas; al dividirlas, crecen.

Imagino que la felicidad no sea una conquista, sino un descubrimiento tardío. Como esos viajeros que recorren continentes para encontrar, al regresar, que el tesoro había permanecido siempre en el patio de su casa. Lo intangible posee esa ironía: se ofrece a todos y, sin embargo, solo existe para quien aprende a reconocerlo.

Tal vez el destino no nos pregunte cuánto tuvimos, sino cuánto supimos ver. Y acaso, en ese examen sin jueces ni testigos, descubramos que el verdadero brillo nunca perteneció a las cosas, sino a la mirada que fue capaz de encontrarlas.

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