El cielo es la suma de todas las esperas.

Se cuenta que el cartógrafo ciego, Don Hilario de Lasona no dibujaba mapas de costas ni de imperios, sino mapas de la duración. Sostenía que la eternidad no es el tiempo que nunca se acaba, sino un solo instante que se repite, con variaciones infinitesimales, en un espejo cóncavo.

Años después de su muerte, sus discípulos hallaron su última obra: un volumen de páginas en blanco. Al principio creyeron que era un descuido, una burla al conocimiento. Pero al observar el papel bajo la luz oblicua del atardecer, advirtieron que no estaba vacío; contenía una escritura tan fina que solo podía descifrarse con la paciencia de un mineral.

El libro relataba una sola escena: un hombre abriendo una puerta. Pero la descripción ocupaba infinitos tomos. Detallaba el temblor de la mano sobre el pomo, la composición química del latón, el destino de las partículas de polvo que danzaban en el umbral, la genealogía remota de los ancestros del hombre y la historia geológica de la madera.

El lector comprendía, con un terror sagrado, que el hombre jamás cruzaba el umbral. El acto de abrir la puerta era el universo mismo, dilatado hasta lo inabarcable. La eternidad, pues, no era otra cosa que la imposibilidad de avanzar. Estábamos, todos nosotros, condenados a vivir, una y otra vez, el mismo segundo, analizado con una precisión divina que nunca nos permitía llegar al siguiente.

El último párrafo, escrito en un latín degenerado, sentenciaba: «El cielo es la suma de todas las esperas; el infierno, la certeza de que la puerta nunca se abrirá y de que, sin embargo, el acto de intentar abrirla es nuestra única realidad».

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