Mi psicóloga y sus estúpidos caminos.

He llegado a sospechar que entre la psicóloga y yo nunca hubo un verdadero desacuerdo. Hubo, más bien, una diferencia de universo.

Ella cree en los laberintos. Yo, con los años, he aprendido a desconfiar de ellos.

Su oficio consiste en recorrer los corredores de la memoria, volver una y otra vez sobre las mismas puertas, convencida de que detrás de alguna aguarda la escena primordial, el instante en que el destino decidió quiénes seríamos. Es una empresa respetable. También lo es la del arqueólogo que remueve la arena esperando encontrar una ciudad perdida. Pero no toda arena esconde una ciudad, ni toda memoria conserva una verdad.

La psicóloga terminó por hartarme, aunque esa palabra sea demasiado impaciente para explicar un cansancio que tardó años en formarse. No fue ella únicamente. Tampoco su profesión. Fue la obstinación de creer que toda tristeza tiene un origen preciso, que toda conducta puede traducirse a un idioma de causas y efectos, como si el alma obedeciera a la geometría.

Siempre admiré los mapas. Nunca confundí un mapa con el territorio.

Acaso la conciencia sea una biblioteca donde los libros cambian de lugar cada noche. Quien entra en ella buscando un volumen determinado suele encontrar otro. Y, sin embargo, ambos hablan del mismo hombre. La memoria no es un archivo: es una ficción que se corrige mientras vivimos.

Con los años descubrí otra herejía. No todo merece ser comprendido. Hay dolores cuya única dignidad consiste en permanecer inexplicables. Hay pérdidas que el tiempo no cura ni agrava: simplemente las vuelve familiares. Pretender descifrarlas por completo equivale a querer medir el horizonte con una regla.

Tal vez por eso dejé de escuchar ciertas interpretaciones. Sentía que cada respuesta cerraba una puerta que yo prefería mantener entreabierta. Ignorar también puede ser una forma de sabiduría.

No reniego de la psicología. Reniego de toda disciplina que olvide que el hombre excede cualquier teoría que el hombre invente sobre sí mismo.

A mi edad, ya no busco que alguien me explique quién soy. Apenas aspiro a reconocer, con una serenidad que antes no poseía, que cada uno es el paciente de un misterio que nunca termina de revelarse.

Quizá ese misterio sea, después de todo, la única identidad verdadera.

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