ARDE BUENOS AIRES

Mille nongenti


— Hola hija, no sabía si llamarte con lo del cambio de horario. ¿Qué hora es allí?

— Hola mamá, ahora hay cuatro horas de diferencia con Españ

— ¿Ya lo tienes todo? Mira que te has hecho con trastos y con toda esa ropa y todos esos libros, hija. Te faltarán maletas, ¿no?

— Casi todo madre, me falta poco por embal…

— Aquí te espera tu habitación recién pintada, de lila, como te gusta (madre mía, lila, la de tiempo que hace que el lila pasó a la historia), con tu cama grande que te trajiste del piso compartido y tu título enmarcado colgado en la pared… —. (La de veces que he soñado que era una impostora por no haber terminado la carrera hasta que mi padre enmarcó el título y se esfumó la pesadilla) —¡Qué ganas tengo de tenerte en casa de nuevo, hija!

— …—

Suspiro, a la próxima interrupción me encenderé un cigarrillo.

— Y eso que tu padre y yo estuvimos fenomenal en Argentina, hija, ¡qué experiencia, de verdad!

Cojo un Marlboro y el mechero de Caminito de la mesa baja del salón, frente al sofá donde estoy sentada. El cenicero sobre la mesa está rebosando, tengo que vaciarlo. Me distraigo mirando lo bonitos que son los crisantemos que he ido hoy temprano a comprar al quiosco. Cómo voy a echar de menos las flores de Buenos Aires.

— Claro que, todo temporal, hasta que te den el piso, ya lo sé. Pero como no están tus hermanos, pues toda la casa para nosotros, ¿no? —

Enciendo el tercer cigarrillo de esta mañana de sábado, no sin antes silenciar el inalámbrico. Me ahorro la regañina a distancia. Llevo el teléfono hacia la cocina conmigo, junto con el cenicero rebosante, para prepararme un café mientras escucho a mi madre que habla sin parar. No hace falta ni que encienda el altavoz, la escucho perfectamente.

— Nena, ¿estás ahí? Que te decía que…

Calada rápida.

— Sí, mamá, que no había puesto el manos libres. Me estoy haciendo un café, que aún no he…

— Hija, qué rico el café de allí, qué bien que estuvimos tu padre y yo allí contigo, pero qué ganas tengo de que te vuelvas. La abuela también tiene muchas ganas, que me ha dicho que te lo diga. Dice también que tiene miedo de que regreses con una mano delante y otra detrás.

— Lo sé mamá, me lo dijo cuando me iba a venir, y en la última Navidad que estuve en Madrid, y en la boda del primo Antonio Manuel. Me lo dice siempre. Tú recuérdale que soy expatriada y que voy con todos los gastos pagados y que además lo has visto con tus propios oj…

— Ya hija, pero ya sabes, la gente mayor que vivió la guerra, con tantos emigrantes que no volvieron y, claro, como estás soltera y eso… (a mis veintinueve años y todavía con esta copla de la soltería, de verdad) — ¿qué es ese ruido de fondo? ¿qué pasa?

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Vas a llenar el placard antes de irte, me dijo la de la inmobiliaria cuando me mostró el piso al que me mudaría al poco de llegar. Y vas a volver llorando. Efectivamente, he hecho todo eso y más: he trabajado y he viajado por trabajo y por placer de norte a sur. He bebido vino, comido asados; he llegado a amar y a odiar la pasta y los helados. He dormido y no he dormido, he leído miles de libros y he comprado montones de cedés. He ido a terapia, a musicales, al gimnasio, a la piscina, a las librerías, también a las que están en antiguos teatros. Me han atracado, he pagado coimas, me han piropeado en la calle y en el trabajo. He ido a bautizos, a bodas, a Bat Mitzvahs, dentro y fuera de Buenos Aires. He fotografiado y revelado miles de carretes, los de blanco y negro en mi propio laboratorio. He sido amante, he amado y he sido amada, amiga y enemiga. He fumado de todo, he conducido y me han conducido, he besado, he follado, he reído a carcajadas, llorado de risa, llorado sin más. Y todo, todo, multiplicado por tres.

Me sirvo un café solo sin azúcar y le doy otra calada al cigarrillo mirando al vacío, la mirada desenfocada. El sonido de las sirenas apaga la perorata de fondo de mi madre, sacándome del ensimismamiento.

— Mamá, te dejo, aquí abajo ha pasado algo.

— Hija ¡ten cuidado! ¡A ver si ahora no vas a poder volv…!

Aprieto el botón de colgar y suelto el inalámbrico en la encimera para abrir la ventana sobre el fregadero con la otra mano. La corriente de aire que entra mueve el humo del cigarro en espiral y esparce las cenizas del cenicero por la cocina. Las sirenas se cuelan por la ventana a bocajarro. Parece que son los bomberos, con su sonido grave y volumen bien alto, diferente de los tonos rápidos y agudos de las ambulancias. Hay humo en la cocina, pero no es para tanto, me sonrío. ¿Serán guapos estos bomberos? Seguro, como todos los chicos de aquí, es una barbaridad.

Mientras doy las últimas caladas urgentes de puntillas sobre el fregadero, intento entender por qué los bomberos de Argentina son voluntarios. Este país y sus cosas. Apago el cigarrillo bajo el grifo, aún no he vaciado el maldito cenicero. Desde el décimo apenas se ve nada en la calle, tan sólo los pisos de enfrente y el cielo limpio de otoño en Buenos Aires.

Levanto la vista casualmente ante la insistencia de las sirenas y es entonces cuando entiendo: hay un piso en el edificio de enfrente, unos niveles más abajo, que está ardiendo en llamas. Nunca he visto arder una casa y menos tan cerca. Si acaso, unos cuantos troncos en la chimenea de casete en casa de mis padres o las moragas de Málaga en verano. Pero como este fuego ¡nada! ¡Es realmente impresionante!

Me cuesta despegarme de la escena para ir a por mi réflex amateur aún sin embalar sobre la mesa del comedor, revisar si tiene carrete por el visor lateral y cambiar el objetivo a un zoom más largo en cuestión de segundos. Regreso a la cocina, menos mal que está contigua al salón. Disparo hasta que los voluntarios apagan el fuego o se me termina la película, no sé qué ha sido primero. Oigo que se marchan. Enfrente se quedan las ventanas ennegrecidas y un vacío detrás de las cortinas, los marcos chamuscados y chorreando agua.

Dejo la cámara en la mesa de la cocina, ahora nos rodea el silencio. Saco el carrete terminado. Bien, es a color. Me enciendo otro cigarrillo, aún embelesada por lo ocurrido. Todo esto ahora, a una semana de regresar a casa. Y ahora ¿qué hago yo con estas fotos? Comienzo a idear entre caladas.

¡Ya sé! Se las puedo ofrecer a alguno de los periódicos que me deslizan los fines de semana bajo la puerta. Ya sólo con el asunto, la ubicación del incendio entre Posadas y Callao, y con mi acento, ese mismo que me ha dado tantas satisfacciones sin buscarlas, o sí, seguro que suscita interés.

¿Y si tengo entre mis manos un notición? Emocionada, busco el número de la redacción de Clarín y La Nación en los periódicos desordenados sobre la mesa del salón. Seguro que eso haría un profesional. No los encuentro. Cojo el tomo de las páginas amarillas, doy con ellos y llamo, quién sabe. Es fin de semana ¿habrá alguien de guardia? En Clarín me remiten a otro diario, Crónica, pero no me dan el número y tampoco lo encuentro en las páginas amarillas.

En La Nación me toman los datos por si acaso. No sé por qué doy al muchacho de La Nación un nombre falso, uno creíble de rancio abolengo español y mi número de móvil local. El número sí que es auténtico.

Guardo la cámara vacía en la mochila fotográfica y dejo el carrete al lado, a la vista. El lunes, de camino hacia la oficina en Diagonal, iré a revelar el carrete de urgencia al laboratorio de la calle Libertad. ¡Mi último carrete! Por unos pesos más me lo tienen en el día seguro, son un encanto. Les pediré que me saquen las fotos directamente, sin contactos esta vez, a ver qué sale. Había buena luz y disparé en automático, no me arriesgué, espero que hayan salido todas bien. ¿Qué más había en ese carrete? ¿El último viaje a Patagonia? Creo que fue Mendoza. No me acuerdo, la verdad.

Me pongo otro café. Joer, se ha quedado frío, me lo recaliento. Me lo llevo al cuarto de invitados, donde tengo las maletas a medio hacer. Aún me quedan más cosas por embalar de las que le he dicho a Mamá. Pasa un buen rato y me olvido del fuego y de las fotos, reteniendo recuerdos con cada sorbo. Suena el timbre del móvil. Seguro que es mi madre para ver qué ha pasado y que estoy viva, no vaya a ser que no regrese. Qué pesada que es.

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— ¿María de las Mersedes nosécuántos? — Pregunta por mi alter ego el joven de La Nación. Tardo en reaccionar por la falta de costumbre a mi doble identidad, y porque esperaba a mi madre, la verdad. Contesto con un convincente:

— Sí, soy yo.

La shamo del diario La Nasión
reconocí tu voz a la primera, cielo —. Que dise el Redactor Gerente que las fotos que tomó no interesan —ah —; que no fashesió nadie — aháááá—: y que el departamento que quedó a la miseria no era de ningún alto famoso.

— Vaya — es lo único que digo, sin pudor alguno por mostrar mi decepción. Debe de haber hablado con los bomberos o la policía, no creo haberle dicho nada de cómo quedó el apartamento.

Se hace un pequeño silencio.

—¿Sigue ahí?

— Sí, sí.

— Ah, okey. También dise el Redactor Gerente que esta noche festejamos nuestro cincuenta aniversario y que si quiere se puede unir al festejo.

Parpadeo un par de veces alzando las cejas al mismo tiempo, un gesto muy mío y muy de mi padre, para nano-pensar.

— Aniversario… ¿dónde es el festejo, a qué hora?

Anoto la ubicación y horario que me indica el muchacho.

— Allí estaré.

Dejo el móvil sobre la encimera y me voy directa a una de las maletas para buscar algo cool
para María de las Mersedes. Me fascina este insólito plan de asistir a una fiesta de reporteros con otro nombre. Mmmm, ¡seguro que son guapos! No se lo pienso decir a Mamá. Me enciendo otro cigarro: esta noche, otra vez, ¡arde Buenos Aires!

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