

Habiendo alcanzado la paz de los años
y esperando el curso natural de las cosas,
la naturaleza se vuelve ante nuestros ojos
más hermosa que nunca en sus últimos instantes.
Yasunari Kawabata
Mientras escribo en mi cuaderno los acontecimientos de estos días, bajo la tranquilidad de esta noche fresca, paseando por el huerto y el corredor de la casa, el silencio de la noche se ha roto con los apagados ladridos en lontananza de los perros.
—Somos hijos de las estrellas —pensó mi padre en voz alta esta mañana—, aunque de algún modo no podamos evitar la presencia de Dios en nuestras almas —agregó.
Hay hombres que son buenos y otros que son malos; hay hombres que caminan en silencio y dan testimonio de la bondad del universo (o de los dones divinos, si es que uno cree en ellos) y los hay también quienes pregonan la esperanza y la palabra divina mientras maldicen y engañan.
—Es la obra la que mejor enseña; es el silencio el que mejor predica.
Este es el pensamiento de mi padre, y esa también ha sido la vereda por la que él nos ha enseñado a andar.
Mi padre caminaba con pasos lentos y temerosos por los senderos del huerto. Acariciaba los árboles, señalaba sus hojas y mencionaba sus nombres: guanábana, tshuy… Se detuvo de pronto frente a los cafetos. Las cerezas del café estaban enjutas, ennegrecidas y viejas.
—Ya nadie las corta —dijo mi padre mientras continuaba su camino.
«¡Ya nadie las corta!», pienso ahora mientras escribo. Esas cerezas de café que se quedaron asidas a las ramas del cafeto, con la vana esperanza de que alguien las cortara, las despulpara, las tostara y, finalmente, en espera de que alguien las convirtiera en una espléndida infusión. Pero así es la vida; ese es también el camino del hombre. Es como una planta de café que, cuando es joven, todos procuran y llenan de cuidados para cosechar en su plena madurez los mejores frutos, los más preciados y preciosos: cerezas rojas, llenas de miel. Después llega la decadencia: las plantas que son cortadas y reemplazadas por nuevas que recorrerán su propia historia. Pero están también las plantas como estas que ha acariciado mi padre, que se quedan a la espera, que no se cortan porque son de ornato, que nadie cosecha porque la labor se perdió en el tiempo. Cerezas ennegrecidas, enjutas, aferradas a las ramas del cafeto, como las manos aferradas a esta tierra y también envejecidas de mi padre.
Mi padre tiene ahora noventa y cinco años. Su cuerpo, como los troncos más viejos del huerto, acusa el peso del tiempo y avanza en una inevitable decadencia física; sus pasos son cada vez más cortitos y sus manos tiemblan al rozar las hojas. Pero en esos ojos cansados aún se desborda la bonanza de la tierra de Chiapas, esta provincia generosa que lo vio sembrar, sudar y agradecer cada cosecha. Él pertenece a esta tierra húmeda, al aroma del café y a la neblina que abraza los cerros.
Toda su vida ha sido un testimonio de la buenaventura del bien hacer. Nunca necesitó de grandes discursos para enseñarnos el valor de la rectitud; le bastó con su andar silencioso, con su respeto sagrado por el surco y por el prójimo. Esa honestidad con la que labró el suelo es el verdadero legado que hoy deja grabado en sus hijos y nietos. Aunque sus fuerzas se apaguen como el día al atardecer, su herencia no está en los bienes que se acumulan, sino en la certeza de que el bien es la única semilla que trasciende las generaciones. Al verlo caminar hoy, desgastado pero digno, entiendo que los hombres buenos, al igual que los cafetales más antiguos, bendicen la tierra que los sostiene mucho después de haber entregado sus mejores frutos.
Pero este huerto no creció solo; a su lado camina la otra protagonista de esta historia: mi madre, con sus noventa y dos años a cuestas. Ella ha sido artífice, junto a él, de este rincón del mundo que se expandió al mismo ritmo que nuestra familia. Ella es nuestro centro, el eje que nos sostiene a todos.
Mi madre posee una sensibilidad única: ha llenado cada rincón del jardín con flores, pero su verdadera maestría está en su sensibilidad hacia nosotros. Está atenta a la mirada y, sobre todo, a la risa de los hijos y nietos, así como a las lágrimas y a las penas que han sido la sal y la pimienta de nuestra vida. Tiene el don minucioso de descubrir los gustos particulares de cada uno; sabe con precisión qué comida cocinar para reconfortarnos o qué dulce preparar para encender una sonrisa. Además, es una cantante virtuosa que resguarda una memoria puntual, intacta, capaz de evocar las letras completas de viejas canciones que huelen a nostalgia. Lúcida y atenta a cada una de las necesidades de mi padre, lo cuida con la misma devoción con la que atiende sus plantas. Amorosos los dos, amantes eternos que han sabido sembrar juntos la vida.
Hoy, ese huerto que fundaron se alza como el colofón perfecto de su historia, un santuario generoso que ahora mismo nos regala sus frutos. Al recorrer sus senderos flanqueados de flores ornamentales, se desborda la vida en los árboles cargados de mangos, aguacates, nances y guayas; en los limones, duraznos y en las ramas nobles de las guanábanas. Entre los cafetos de siempre y la sombra encendida del framboyán, asoman también unos pequeños olivos que apenas empiezan su propia historia. Cruzando el pequeño puente de concreto, el paisaje se rinde ante el color de las imperdibles buganvilias, la elegancia de los rosales, el estallido de los tulipanes y la firmeza de las espadas o lenguas de suegra que resguardan los caminos. Todo aquí tiene su ritmo, custodiado por la pequeña capilla de reposo que invita al silencio y a la memoria.
Mientras termino estas líneas contemplando este Edén familiar, escucho un murmullo que viene de afuera. Mis hijos están sentados en la terraza de la casa, conversando bajo la noche fresca. Afuera el tiempo sigue su curso implacable y, a sabiendas de que los años ya han hecho su trabajo en los cuerpos de sus abuelos, ellos se aferran a esa necesidad tan humana y tierna de saberlos eternos, de sentirlos fuertes como robles ante la vida. En medio de la complicidad de sus voces jóvenes, de pronto pesco en el aire una pregunta que me estruja el alma: —¿Cómo ves a mis abues?
Huerto de Berriozábal Chiapas
@2026 By Oscar Mtz Molina
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