
Hay personas que curan con medicamentos, otras con abrazos. Vos hacés algo mucho más extraordinario: llamás por teléfono.
Yo, que soy de culo perezoso y convivo con una obstinación intestinal digna de estudio, apenas terminé de hablar con vos sentí un llamado más poderoso que el del destino. Fui al baño, me senté en el inodoro y ocurrió el prodigio. Sin esfuerzos, sin discursos, sin negociaciones. Una obra perfecta.
Ahora tengo la prueba irrefutable de que tu voz posee virtudes terapéuticas que la ciencia todavía no se anima a investigar.
No dejes de llamarme. Sos la única persona capaz de resolver un problema de estreñimiento con una simple conversación. Si esto no es una gracia divina, entonces Dios tercerizó los milagros y te dio el contrato.
Desde hoy te declaro oficialmente mi patrona del tránsito intestinal. Si algún día dejás de llamarme, voy a tener que pedir turno con un gastroenterólogo… o con un sacerdote, porque lo tuyo ya pertenece al terreno de los milagros.
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