
Hay fechas que los historiadores custodian con una devoción casi religiosa. Creen que en ellas comenzó o terminó una época. Ignoran, acaso, que el tiempo no conoce comienzos ni finales; conoce apenas la incesante costumbre de transformarse.
El 14 de julio de 1789 es una de esas fechas privilegiadas. Los manuales afirman que ese día cayó la Bastilla. Es verdad, aunque incompleta. Las piedras de una fortaleza son menos memorables que las metáforas que los hombres depositan en ellas. La Bastilla era un edificio; la prisión que representaba era mucho más vasta y, sospecho, mucho más antigua.
Acaso el verdadero acontecimiento no fue la irrupción de una multitud en una cárcel, sino el nacimiento de una ficción que todavía nos gobierna: la de que un pueblo puede reinventarse a sí mismo. Desde entonces repetimos palabras —libertad, igualdad, fraternidad— con la misma fe con que otras generaciones pronunciaban los nombres de los dioses. Ninguna palabra es inocente. Todas envejecen. Algunas, sin embargo, sobreviven a quienes las pronunciaron por primera vez.
Es tentador imaginar que el mundo cambió aquel día. Más prudente sería admitir que el mundo venía cambiando desde mucho antes y que necesitó un símbolo para recordar su propia transformación. La historia, como la memoria, suele elegir un instante y olvidar deliberadamente los innumerables hechos que lo hicieron posible.
Las revoluciones poseen el extraño privilegio de prometer el porvenir utilizando materiales del pasado. Derriban estatuas para erigir otras; destruyen palacios para construir nuevos templos; cambian los nombres de los tiranos, pero rara vez consiguen abolir la antigua vocación del hombre por obedecer o mandar. Quizá esa repetición sea el verdadero argumento de la historia.
Pienso, a veces, que el 14 de julio no es una fecha sino un espejo. Cada generación cree descubrir en él un significado distinto. Para unos representa la libertad; para otros, el comienzo del terror; para muchos, ambas cosas inseparables. Los hechos permanecen inmóviles; quienes cambian somos nosotros.
Toda fecha memorable es una ilusión necesaria. El universo, indiferente a nuestras efemérides, siguió moviendo los astros aquella noche de París con la misma serenidad con que lo había hecho el día anterior. Sin embargo, desde entonces los hombres miraron el poder con una desconfianza nueva. Esa desconfianza —más que la caída de una fortaleza, más que el estruendo de las armas o el clamor de la multitud— acaso sea la verdadera bisagra en la historia del mundo.
Porque las puertas de la historia no giran sobre el hierro de una bisagra. Giran sobre una idea. Y las ideas, a diferencia de las fortalezas, rara vez pueden ser conquistadas para siempre.
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