Mark siguió abriendo páginas al azar donde encontró un grabado que le llamó la atención.
Minuciosamente detallado con sombreados a la plumilla, una obra maestra perdida de Durero se manifestaba ante los ojos privilegiados del chiquillo.
En el centro de la escena hay una joven doncella desnuda, sentada sobre un fino y delicado tejido de seda que se eleva desde el suelo a modo de telón ocultando el fondo que hay detrás de ella. Un séquito la acompaña. Venus se asoma desde una esquina observando con ojos hipnóticos a la doncella desde su espalda mientras se recuesta sobre una alfombra hecha de máscaras de piel humana hechas jirones, a la vez que oculta parte de su cuerpo tras el mantón. Un cuerpo ominoso con partes de dragón, reptil y bestia. Cupido, al otro lado de la doncella, empuñando una flecha goteante de icor, la abraza con una sonrisa gentil y adorable. En el extremo opuesto, semicubierta por la sábana de terciopelo, casi oculta pero aún visible, había una anciana arrodillada con gestos retorcidos de piel cenicienta y castigada que mostraba una dentadura vacía en la boca abierta de un rostro congestionado por las muecas cambiantes propias de una demencia extrema, mientras su cabello rizado gris y desordenado se enmarañaba alrededor de su rostro en el que sus ojos encogidos y aviesos desbordaban violencia y sentimientos homicidas desbocados.
Cupido, el instigador de la locura, siempre acompañado de sus entidades sobrenaturales, las Manias, hijo de Afrodita, en busca de víctimas propiciatorias a las que vejar. Cuanto mayor fuese la dignidad que degradara de estos sujetos, mayor satisfacción para su madre. Estas víctimas eran inducidas a través del disparo envenenado de icor a una alucinación demencial, como un aguijón de escórpido ponzoñoso que libera toxinas en el sistema nervioso central, provocando los delirios más abominables a todos los niveles sensitivos.
Muchísimos acabarán vendiendo su alma por el deseo de hacer realidad su ansia mental, embelesados por los hechizos de Manias. Siempre existirán aquellos que preferirán entregar su espíritu a las divinidades inferiores, impulsadas por la pasión que provoca la inalcanzabilidad de sus más pasionales y transgresores deseos.
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