Hay una edad en la que el porvenir abandona la ilusión de ser un territorio inagotable y se vuelve una geometría más modesta. Ya no se cuenta por décadas, sino por la repetición de las estaciones; ya no por empresas memorables, sino por la secreta dicha de una mañana sin sobresaltos. Uno descubre entonces que el tiempo nunca fue una línea, sino un círculo que vuelve sobre las mismas preguntas con rostros distintos.

Ignoro si esa edad tiene un número. Sospecho que cada hombre llega a ella por un camino diferente, como quien entra en una biblioteca por una puerta que sólo él conoce. A mí me encontró después de haber vivido solo desde los treinta y ocho años. Al principio llamé libertad a esa soledad; más tarde la llamé costumbre. Ahora, a los setenta y tres, ya no le doy nombre. Las cosas que perduran dejan de necesitarlo.

He comprendido que el futuro no desaparece: simplemente cambia de escala. Antes imaginaba los años como un continente por descubrir; hoy los percibo como un jardín. No importa su extensión, sino la intensidad con que la luz cae sobre cada hoja. La eternidad, acaso, no sea otra cosa que la suma de esos instantes que, mientras ocurren, ignoran que están construyendo una vida.

No me inquieta tanto el tiempo que resta como la forma en que será habitado. Cada amanecer es una página cuya brevedad no disminuye su misterio. Tal vez la verdadera vejez no consista en acercarse al final, sino en comprender, al fin, que el infinito nunca estuvo delante de nosotros, sino escondido en la modesta repetición de los días.

Y si alguna enseñanza me han concedido estos setenta y tres años, es ésta: el hombre no termina siendo la suma de sus triunfos ni de sus derrotas, sino de las horas que aprendió a aceptar en silencio. Ese silencio, que durante décadas creí una ausencia, acaso haya sido siempre la forma más discreta de la compañía.

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