La invención de los días.

Hay personas que administran sus días como quien lleva un libro de contabilidad. Cada jornada ocupa el lugar exacto que le corresponde; las horas están ordenadas, las costumbres se repiten con una serenidad casi matemática y el calendario parece una sucesión de casillas prolijamente marcadas. No hay sorpresas, o las hay tan pocas que apenas alteran el dibujo de la rutina.

Yo, en cambio, tengo la extraña virtud —o quizá la condena— de reinventar mis días.

No porque el mundo cambie demasiado. El sol insiste en salir por el mismo horizonte, las calles conservan sus nombres y el reloj continúa ejerciendo su vieja tiranía. Lo que cambia es la mirada. Cada amanecer me ofrece la posibilidad de habitar una existencia distinta sin moverme de la misma casa. Hay mañanas en que soy arquitecto; otras, lector; otras, un hombre que conversa con sus recuerdos como si fueran visitantes inesperados. Y hay días, los más difíciles, en los que debo inventarme simplemente para seguir adelante.

Con los años comprendí que el tiempo no es una fila de horas idénticas. Es una materia que cada uno modela en silencio. Hay quienes la dejan endurecer hasta convertirla en costumbre. Otros la trabajan con paciencia, como el escultor que descubre una figura donde los demás sólo ven un bloque de piedra.

Reinventar un día no significa negar el pasado. Significa impedir que el pasado gobierne el presente. Es aceptar que incluso una jornada gris puede esconder un pensamiento luminoso, una página memorable o una conversación capaz de alterar el rumbo de la memoria.

Quizá por eso nunca entendí del todo a quienes dicen que todos los días son iguales. Ningún día se parece a otro cuando uno cambia, aunque sea apenas un milímetro. La tristeza de ayer no posee exactamente el mismo peso que la de hoy. La esperanza tampoco. Hasta el silencio envejece de una manera diferente.

A cierta edad, cuando el calendario parece empeñado en recordarnos los años vividos más que los que quedan por vivir, reinventar los días deja de ser un capricho para convertirse en una forma de resistencia. No se trata de agregar años a la vida, sino de impedir que la vida se reduzca a una repetición de gestos sin significado.

Tal vez esa sea la última libertad que conserva el ser humano: decidir qué historia contará de la jornada que termina. Dos personas pueden haber atravesado el mismo día y, sin embargo, una recordará únicamente el cansancio mientras la otra conservará la luz que entró por una ventana durante unos segundos.

Hay personas que administran sus días uno tras otro, prolijamente. Yo prefiero construirlos. A veces con recuerdos, otras con libros, otras con sueños que sé imposibles. Porque mientras un hombre sea capaz de inventar un nuevo sentido para un día cualquiera, el tiempo no habrá conseguido vencerlo.

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