Glamorosa, inalcanzable, de una belleza que la levantaba del suelo al caminar, al mover esas caderas perfectas, esa cintura mínima, ese busto a punto de estallar, esos pies diminutos y gráciles como pintados por Waterhouse. No, no era una estudiante más del instituto, era la dueña de los sueños de todo aquel varón que tuviera la dicha de observarla alguna vez. Ella era Kay, un ángel entre nosotros, una afrodita hecha carne, de veinte primorosos años, de un metro setenta divinos, de cuarenta y cinco kilos clavados, de cabellos dorados ventosos, de ojos que en cada parpadeo cambiaban la propia realidad. Dominaba a todos los hombres derredor suyo, como un sol que arrastra a sus planetas, y entre estos, profesores, estudiantes, conserjes, y todo mequetrefe que se atreviera siquiera a circular derredor de la atmósfera Kay, porque sí, ella era un imperio en sí misma, un ecosistema completo, un mundo en el que ella era la reina y señora. Jamás estudio una letra, pero pasaba las materias con el abrir y cerrar de uno de sus celestiales ojos, con una sola palabra de agasajo, que detonaba y derretía hasta al profesor más severo. Con notas mínimas claro, pero las pasaba, mientras que el resto se debatía entre noches sin dormir y fines de semana tecleando, investigando y analizando, entre gigantescos archivos PPT y PDF, planillas y archivos words masivos e interminables. Pero de eso Kay no sabía nada, no sabía de esfuerzos ni de materias, solo de su dominio sobre el resto, solo de su todopoderosa belleza.

***

Un día de niño, en una hora, en un minuto exacto, recuerdo que tomé conciencia de mí mismo. Fue un día cuando enumeraba y describía en mí mente a todos los que me rodeaban, padres y hermanos, vecinos y amigos. De sus apariencias, de sus persistencias y formas, tonos y colores, olores y voces. Así, de tanto pensar en ellos en un momento tomé curiosidad por mí mismo, ¿cómo me ven ellos? ¿cómo soy yo? ¿cómo sienten mi presencia? Corrí por la casa de un lado al otro buscando un espejo, una ventana o reflejo cualquiera, hasta que hallé un vidrio tirado en un rincón, un retazo de ventanal roto que estaba allí por algún motivo. Me tumbé en el suelo para hallar mi rostro en reflejo. Me era muy familiar, lo había visto muchas veces, pero aquella fue la primera vez que lo consideré de verdad, fue la vez primera que entendí que era yo aquel reflejo infantil, y no me gustó para nada. Era bastante menor, pero ya tenía idea acerca de lo que era feo y lo que era hermoso, y sin duda que aquel rostro inflado, de ojos chuecos, boca deforme y pelo chamuscado, era lo más desagradable que había visto en mi corta existencia. Aquel despertar definió toda mi futura actitud ante la vida, era demasiado consciente del desagrado de los demás hacia mi presencia. De esa forma crecí bajo un comportamiento bastante apartado del resto, por decisión personal y por desprecio, simple y puro desprecio. Desde pequeño todo el mundo, los vecinos, los profesores del colegio, los compañeritos y hasta mis familiares, ninguno perdía oportunidad para recordarme acerca de mi mal aspecto, de mi fealdad. Así era día tras día, año tras año, en cada ocasión, como si fuera muy importante que yo nunca olvidara mi lugar, mi condición de persona sin ningún atractivo físico. Así transcurrí mis años de colegio sin mayores aspiraciones sociales, solo abocado a mis estudios, que con el tiempo entendí, serían mi único puente con la realidad. De noviecitas ni hablar, talvez podría aspirar a tener alguna amiga, pero a nada más. Muy distinta situación a como les ocurría a mis amigos, que ya a muy temprana edad se ufanaban de sus llamadas conquistas, de sus enamoradas, de sus tempraneros romances. De esa forma, durante todos esos años, durante toda mi infancia y adolescencia, me dediqué solo a los estudios, a los libros, a aplicarme en una vida contemplativa, apartado de las fiestas y las salidas, prohibidas socialmente para mí. Ese fue mi camino accidentado y afortunado hacia la universidad, a la que apliqué con los mejores rendimientos, y las materias tan difíciles para otros, se me comenzaron a dar con mucha naturalidad, casi con aburrimiento, pues a los veinte años ya me había leído unos cuántos miles de libros, de todos los temas, de todas las áreas, de todas las artes, de forma que dominaba las matemáticas más avanzadas, sabía de forma profunda de historia, de economía, de filosofía y otras tantas entelequias. Cuando olvidaba mis barreras sociales, y osaba explayarme en esos temas, tan interesantes para mí, solo resultaba en un mayor rechazo de los demás, pues era moteado como un bicho raro que hablaba de forma que nadie entendía. Alguna vez algún profesor osó mal calificarme, por desidia o por descuido, pero siempre, en cada ocasión, pude demostrar mi infalibilidad, saliendo de estas situaciones profesores humillados, denostados, hasta alguno fue despedido, pues para las jefaturas académicas no era posible que estos llamados maestros, fueran superados por un alumno de tan desagradable apariencia.

Al llegar al último año de mi carrera, mi marca de calificaciones era tan certera, que llegué a ser conocido como el niño de los dieces. Pero aquella era una fama anónima, aunque suene contradictorio. Si bien todos sabían de la existencia de un chico que estaba pasando por la Universidad solo con dieces, nadie me relacionaba con aquel, pues todos se figuraban que tal perfección no podía estar asociada a tan triste, encorvada y fea figura. Me enteré de la existencia de algunos impostores, que se publicitaban como “el niño de los dieces”, usurpaciones que me resultaban graciosas y trágicas. Cuando alcancé la última cátedra de la carrera, habiendo obrado con calificaciones insuperables, ya me era imposible ser reprobado.

Un día, uno de mis enamoradizos amigos me habló de una tal Kay, una chica de la facultad a la que el tal amigo estaba pretendiendo. No le di importancia al tema, pero mi amigo me hablaba de ella tanto como podía, todos los días y cada vez que nos encontrábamos. Me contaba de sus avances, de que la chica le habló, lo miró de cierta forma, y otras tonterías de niño mal ilusionado. Yo solo le escuchaba dándole ánimos, fingiendo interés, dándole posibilidades, deseándole los mejores resultados con esa aventura amorosa, hasta que un día la vi.

En el comedor del campus estábamos ambos merendando, como hacíamos todos los días, cuando de pronto el bullicio de los comensales se detuvo, algo ocurría, algo extraordinario. Pasó que del olimpo había bajado aquella diosa, y nos regaló su presencia por unos segundos. Entró seguida de su séquito de lamebotas, se paseó por el pasillo entre las mesas, con la nariz hacia el techo y con un rostro que expresaba su total repugnancia hacia nosotros, hacia el vulgo. Ante esa visión, no tuve más remedio que decirle a mi amigo acerca de sus nulas posibilidades. Resultó que la chica era bellísima, pero no de una hermosura corriente, no, resultó ser de una belleza sin igual, que era imposible de describir. Una hermosura de película o, mejor dicho, de pintura renacentista. Llegué a preguntarme porqué una mujer de tal magnitud, se preocupaba de estudiar, o de hacer cualquier esfuerzo, y es que su aspecto de ángel, de bomba sexual era tal, que era seguro terminaría casándose con algún magnate, millonario futbolista, o acabaría siendo una estrella de película norteamericana, pero de que su destino era la fama y el dinero, no tenía la menor duda.

Para la última evaluación de la última cátedra, el profesor nos obligó a trabajar en grupos, situación que me era de inconveniente, pues no requería de ningún apoyo para sacar adelante las investigaciones y tesinas. De mala gana tuve que aceptar trabajar con un grupo de chicas que eran bien esforzadas, pero que no poseían el tono académico suficiente.

La investigación la efectué solo por mis fueros, por costumbre, y pude terminarla en un par de semanas. Se trataba de un informe completo por todas sus partes, referenciado, resumido, explayado, excelente de todas las formas posibles, un diez en toda su extensión, era imposible para esa tesis otra calificación, lo sabía yo muy bien. Quise darles la sorpresa a mis compañeras un día sábado que nos reunimos, pero por una u otra razón, las deje avanzar en sus temarios, pues me llamaban mucho a la ternura sus esfuerzos, sus ordenamientos, sus esforzadas planificaciones, que eran buenas, pero muy por debajo de mis capacidades. El caso es que completaron el trabajo, suficiente para la aprobación, pero sin duda que era de mediana calidad, muy inferior a la investigación que yo mismo había hecho, varias semanas atrás.

Un día viernes, cuando la sala de estudio estaba atiborrada de alumnos desesperados, casi atormentados por los últimos días de presión académica, Kay hizo su entrada con toda su belleza, su juventud, su apariencia de diva, que la hizo el centro de todas las miradas. Yo apenas la conocía, la había visto desde lejos un par de veces, y como a todos los chicos, solo su vista prendía en mí todos los deseos de un joven veinteañero solitario.

Una de mis compañeras comentó:

—Mírala, está acabada, se dedicó todo el semestre a enfiestarse, a coquetearle a todos los chicos, a los profesores, pero nada le resultó. La vieja Quiroga resultó inmune a su embrujo. Ahora estará buscando a quien embaucar para conseguir el trabajo ya hecho, siempre hizo lo mismo, que descarada.

Otra agregó.

—Me contaron que necesita un noventa y ocho para aprobar, es imposible, pobre, le llegó el karma.

Así continuaron hablando de la doña, y yo las escuchaba incrédulo pegado a mi lectura. Con los bordes de mi vista, la percibí pasearse por todas las mesas, donde cada grupo estaba trabajando con sus proyectos. Se dio como dos pasadas hasta que miró de reojo a nuestro grupo.

Con todas sus ínfulas se acercó, y sin permiso se sentó y quiso empezar a organizar la presentación y defensa, como una ama de fundo. Mis compañeras se dieron de valor, y sin medias tintas, no aceptaron tal intromisión de quién, así, solo con las ganas, quería adueñarse de un trabajo en el que no había participado, solo esperando ser aceptada por su fama, por su popularidad. Las chicas actuaron bien, el rechazo era de toda justicia sin duda, pues el aporte de Kay a la investigación había sido nulo.

Cuando volvió mi mente desde mis lecturas, me vi solo en la mesa con Kay, las compañeras se habían retirado, habían dado la situación por cerrada, Kay no sería parte de la presentación, y sin duda que su calificación sería la mínima. Talvez podría engañar a algún incauto, pero no, a esas alturas todos ya estaban luchando por sus propias posibilidades. Así que allí estaba, secándose las lágrimas, por eso que ella reclamaba como, injusticia, envidia y rencor para con ella. De la envidia, yo diría que tenía razón, pero en el grueso del tema, tenía poco que reclamar. Intenté hablarle, pero como siempre me ocurría con las chicas lindas, me detuve, pensé que siquiera me escucharía, siquiera me miraría. Sentí ese desprecio de siempre, que ya no me hacía mella, y ante esa acostumbrada repulsa, salieron de mi boca unas palabras de firmeza.

—Te puedo ayudar si quieres —le dije aún con mi vista en el libro. Ella miraba su celular, en pleno llanto silencioso.

—Te puedo asegurar un diez, que es la nota que necesitas, un diez ni más ni menos.

Por fin la chica levantó la vista para mirarme con esas pestañas que, al moverse soltaban remolinos de sensualidad. En esa misma mirada, no pudo disimular una expresión de asco. Sus bellos ojos se posaban en un ser repugnante, ese era el término que las muchachas usaban para mí.

—¿Y cómo sería eso? —respondió la niña, con una sonrisa fingida, siendo esa la primera vez que una chica linda me dirigía la palabra, en toda mi vida.

—La investigación la tienen tus compañeras, nunca me la entregarían.

—Esa investigación sí, pero yo hice otra hace un mes, otra muy superior, un diez bien asegurado, te lo puedo garantizar.

—Como puedes decir eso, no eres el profesor.

—No, soy mejor que eso, nunca has escuchado acerca del niño diez.

—Sí, un estudiante que solo ha sacado dieces, yo lo conozco, es un chico muy lindo.

—Pues sí claro, un chico lindo. Pues no, se de quien hablas, ese es un impostor que nunca ha pasado de los cinco, ¿deveras le creíste?

Con estas palabras la chica reaccionó, abrió bien los ojos y me miró de verdad por primera vez.

—No puede ser, el niño diez yo lo conozco.

—Ja!, ese chico enfiestado del que hablas ya perdió todas las materias. El adefesio frente a ti, es el verdadero alumno de los dieces, y puede entregarte un diez, cuando más lo necesitas. ¿Entras al negocio?

La niña empuño la mano contra su cara.

—Ese idiota me engañó —dijo la linda chica.

—Claro, no podía ser, nunca le vi estudiar, siquiera sabe la ubicación de la biblioteca, ¡qué tonta!

—Lo siento por ti, pero yo no te engañaré.

—Ejem, dices que tienes otra investigación, y porqué no solo me la pasas —dijo con su mejor sonrisa fingida, mientras tomaba mi mano con suavidad, una expresión de serpiente, una acción cautivadora con la que solía obtener de los hombres, todo lo que deseaba.

—Conmigo eso no resultará, si no quieres entrar al negocio no hay problema —dije volviendo mi vista a la lectura.

Me soltó la mano y me quitó la mirada.

—Entonces que quieres, ¿dinero? ¿cuánto? —respondió mientras miraba dentro de su pequeña carterita de marca.

A ese momento, no sé cómo, salieron de mí las palabras más atrevidas que jamás pensé decir.

—No quiero dinero, pasarás una noche conmigo y serás dueña de la mejor investigación que ningún alumno haya levantado para la profesora Quiroga, será un diez del tamaño del campus. Aprobarás y tendrás tu título. Cuánto necesitas, ¿un noventa y ocho?, no te preocupes, lo tendrás.

Esas atrevidas palabras dejaron a la chica una expresión de sorpresa por un par de segundos, luego lanzo una risotada que le empujo su dulce rostro hacia atrás, quedando con su vista apuntando al techo. Ante esa resonante risotada, los compañeros en el salón tornaron sus cabezas para mirarle.

—Eso jamás pasará, jamás entiendes —me dijo con una cara de enojo que la hacía, si podía ser, aún más bella.

—Bien, aquí te dejo mi número, recuerda, este día lunes son los avances, solo tienes este finde semana para decidirte. —respondí.

Me puse de pie, levanté mis libros y me marché. Cuando caminaba hacia la salida del salón, un tambor de vergüenza golpeaba mi cabeza, un bochorno que me hacía doblar las rodillas, y con esfuerzo simulé una caminata simiesca normal, pero en verdad, se me caían las paredes derredor, pues en forma tonta pensaba que esa muchacha miraba mis pasos con desaprobación, indignada. Intentaba convencerme que había hecho bien, me decía para mis adentros, cuando todos mis amigos ya habían debutado, yo siquiera había tenido una cita, y esa era la única forma de conseguirlo para mí, de conseguir una chica, la única forma para mis ausentes atractivos. Siempre supe que era imposible, como ella misma lo dijo, pero debía intentarlo, era mi deber de hombre, me repetía a mí mismo, intentando soportar esa culpa, ese atrevimiento.

El día sábado siguiente recibí varias llamadas de conocidos, que siquiera recordaba. Al parecer Kia había hecho un trabajo de investigación acerca de mi persona, y estaba llamando y preguntando por mí a todos mis conocidos. Era claro que se estaba asegurando que era yo el niño de los dieces que llamaban, y de seguro concluyó que yo era la única salida para su precaria situación académica. Ese mismo día recibí su llamada. Sonó mi celular a eso de las nueve de la noche, lo contesté con fastidio.

—Dónde, a qué hora te veo.

Era ella, su voz hizo explotar mi pecho en violentos latidos.

—Vamos, tiene que ser en un hotel, no iré a tu casa y no vendrás a la mía, y será en el más estricto secreto, ¡entiendes!

No podía creer lo que escuchaba. Había aceptado, se había vencido, aceptaba mis condiciones, y si me manejaba bien, esa misma noche perdería mi virginidad de hombre horripilante, de patente ejemplo de una involutiva mezcla de inteligencia con el espanto, con el desagrado. Convenimos en un apartado hotel en las afueras de la ciudad, allí reservé una habitación por dos días.

Llegué con una hora de anticipación, la esperé en ascuas, la vi llegar desde la ventana que daba a la entrada del recibidor, la vi pasearse por la puerta del hotel. Entraba y salía, andaba y desandaba sus pasos. Por momentos pareció decidida a ingresar, luego se dio la vuelta y salió del hotel. En la calle caminaba y se detenía, caminaba otro tanto y se detenía de nuevo. La vi caminar así hasta más allá de la esquina, a una cuadra de distancia, allí se detuvo, luego se dio la vuelta, y volvió caminando lentamente hacia el edificio, siempre rascándose la frente, mirándose los pies, sus pequeños y hermosos pies calzados en unos pequeños botines blancos. Otra vez se detuvo en la entrada, por un buen rato, luego se internó en el hotel, al minuto escuché llamar a la puerta, era ella.

Me saludó y la hice pasar, le ofrecí algo de tomar, no quiso nada, me dijo que quería pasar pronto ese trago amargo. Se sentó a la orilla de la cama, se puso tiesa, mirando la pared, la sentí retener la respiración. Me senté a su lado, ella temblaba, yo también, me acerqué, le acerqué mi rostro buscando un beso, giró su rostro mostrándome su media nuca, acepté ese rechazo, no me importó, la tomé por la cintura y la forcé suavemente a extenderse sobre la colcha. Le quité los zapatos, luego desabroché su pequeña falda, desabotoné su blusa blanca, sus interiores corrieron por mis manos, hasta que la tuve totalmente desnuda ante mí. Ella cerraba los ojos, con las manos a medio camino de taparse la cara. Me maravillé de lo cautivante, hipnótico y avasallador que podía ser el cuerpo de una mujer. La acaricié, le pasé las manos por todas sus primorosas partes, por todas esas curvas que me parecían tan sensuales, tan de terciopelo, tan atrayentes, tan fuera de este mundo. Acerqué mi boca a la piel de su cuello, sentí un perfume a fresas, bajé con mi boca a besos por todo su cuerpo, en unos puntos noté que se estremecía, bajé hacia ellos, y llegué a su laguna, ella siempre con las manos cubriéndose los ojos. En un momento tomó una almohada y se cubrió el rostro. Puse por fin su hendidura en mi boca, y comencé a succionar, se retorció sobre la cama, dio un pequeño grito, tiró la almohada, tomó la colcha y comenzó a morderla. Allí estuve por varios minutos, derredor, por el centro, derredor de nuevo, y de nuevo en su centro, hasta que se encogió completa, saltó, se estremeció, gritó tapándose la boca, pero yo no la solté, no dejé de succionarle sus carnes hermosas con suavidad, luego con rabia. Se sentó de golpe y con sus manos, me tomó la nuca y me empujó más hacia ella, creí ahogarme, pero no la solté. Sentí como le subió un espasmo, luego otro, y otro, hasta que vació su interior en mi cara, después de un grito largo y agudo, se desvaneció. Estuvo así, semidormida por un buen rato, luego pareció reaccionar, movió su cabeza de un lado al otro, balbuceando algo, yo seguía allí abajo, me había empapado con sus jugos, había volteado completamente sus entrañas en mi boca. Luego de una hora reaccionó, levantó el rostro empapado de sudor y me dijo:

—Eso es todo.

Mi respuesta fue:

—Recién estamos empezando, toda la noche fue el acuerdo, no lo olvides.

Al escucharme decir esto, abrió los ojos y se protegió la cara con las manos, se recostó de nuevo, como quien espera recibir un golpe, entonces en un tris me saqué toda la ropa, me asomé sobre ella, separé sus piernas con mis manos y entré lentamente en sus recintos prohibidos. A medida que entraba, ella se arqueaba desorbitada, la sentí apretar su estómago, estrechar sus piernas derredor mío, como un becerro inmolado que siente venir a la muerte. Cuando por fin estuve totalmente dentro, hizo una mueca e impregno la habitación con un grito silencioso, moviendo la cabeza de un lado al otro, susurrando un grito ahogado, un auxilio secreto que solo yo pude oír.

Le hice el amor por horas, la sacudí, la dominé, la di vueltas una y otra vez, a lo largo de toda esa noche logré que terminara otras cinco veces, luego perdí la cuenta.

Continuaba con mi labor cuando comencé a oír en la calle, los vehículos de las primeras actividades de la mañana citadina. Ella yacía debajo de mí, con los ojos idos, con el rostro poseído. En un momento me tomó de los hombros, enterró sus uñas en mi espalda y me dijo:

—Termina, termina dentro de mí ¡termina!

Entonces, con dos impulsos y a propia voluntad, me vacié dentro de ella con una fuerza, con una explosión, como el desbordamiento de una represa, como una erupción espinal, con un desahogo animal que sacudió mis caderas y mi vientre, con la angustia de un soldado que vuelve de la guerra, con el estallido que solo un hombre que destroza su virginidad, conoce. Perdí todas mis fuerzas y caí sobre ella. Cuando desperté estaba tirado en la alfombra al lado de la cama. Ella estaba cruzada sobre la colcha revuelta, emitiendo un breve ronquido. Me levanté con dolores musculares, como de una maratón recién terminada y me recosté al lado de ella. Con una sábana comencé a secarla, a limpiarle el cuerpo solo por el placer de hacerlo. Le sequé los restos de respiración, de fluidos de ella y de los míos, luego la puse de espaldas y aproveché de besarla en la boca. Ella me recibió el beso con los labios, creo que por instinto pues no despertó. Volví a besarla con suavidad, y otra vez, y otra, presintiendo que no besaría a otra mujer por el resto de mi vida.

Estuve tirado al lado de ella, rememorando aquella noche por un buen rato, cada minuto, cada hora, sintiendo el alivio que te da el sexo suculento, masivo, extraviado, luego de un milenio de ayuno, una sensación nueva que recién conocía.

Decidí a levantarme, me duché y me vestí, le dejé un pendrive con una nota que decía:

—“Aquí te dejo el trabajo de investigación, con las tablas de apoyo y los anexos, estúdialos y también las referencias con detalle, creo que puedes hacerlo, tienes cinco días aún. La habitación está pagada hasta mañana lunes, pero puedes retirarte cuando quieras. Gracias por la noche.”

Cuando cerré la puerta de la habitación tras de mí, ella seguía dormida.

Después de eso no supe más de ella, o sí, talvez algunas cosas. Supe que pudo titularse con algunas dificultades, pero lo pudo hacer. Meses después me contaron que se casó con un CEO millonario y que se fue a vivir al extranjero, algo previsto, era su destino de afortunada diva. De lo que pasamos en el hotel yo no conté nada a nadie y al parecer ella tampoco lo hizo, pues no supe más del tema. No recibí ni supe de rumores, había pasado todo aquello como un sueño secreto que ocurrió en otra vida, a otro par de personas dispares, como éramos ella y yo. Lo que había pensado aquella noche acerca de mi futuro fue totalmente correcto, no volví a estar con otra mujer el resto de mi existencia, pero nunca me importó.

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