Vida y muerte pasaron, y aún hay maldiciones que se cargan sobre los hombros: seis días trabajarás la tierra y uno descansarás. Pasión y muerte, y aún se mantiene el dictamen del principio, porque del sudor comerás el pan que tus manos harán.
Cuando el sobrevivir se transforma en rutina, aparecen los zombies enlatados en buses, cocinados al sol, con la cabeza baja mirando el circo virtual; sonrisas mal encajadas, cejas levantadas, vapores insoportables. Porque cuando el cansancio penetra el alma y se asienta sobre el gesto, se nota que lo que «dignifica», en realidad, maldice. Esclavitud con reglas nuevas: engaños pagados, rutinas aprendidas, habilidades que se desarrollan por la obligatoria convicción de quienes sostienen el látigo.
Cuando el sol arde o la lluvia humedece, la carga se mantiene: matar la carne para comer carne, responsabilidad inmerecida, felicidad que nunca llega. La cuenta regresiva golpea la oscuridad con un oscuro tic-tac; hay resignación en los párpados al despertar y, aunque el cuerpo ruegue, el hambre obliga. Porque si no somos nosotros, ¿quién entonces?
Gira y gira la rueda hacia ningún lado. Parafernalia diaria para exhibir un show más: el mono viste su traje, recoge el sombrero y sale a bailar. Ciegos por necesidad, trabajo y trabajo para encontrar un sentir que no llegará; las sonrisas se apagarán, pero la labor perdurará. Máquinas que se oxidan, sangre que se vence; las marcas en la piel denotan el trajín y la podredumbre esparcida por el aire, digno salario del día respectivo.
Seis días que se vuelven meses y años; décadas donde el ser se consume para pagar la moneda de carne, alimento de gusanos en el afán de buscar placeres a costa de la juventud. El tiempo va y no regresa, pero los seis días permanecen; seis días para siempre, mandato escrito en el manual de cómo ser hombre, decreto de la prosa divina. Actores de la divina comedia, simios-relojes que bailan por migajas de pan y una misericordia que no llega.
El fin de los seis días se alargará por generaciones: ruedas de recambio, lágrimas silenciosas, pies cansados, óxido pegado a las sábanas. Seis días que pasan y se repiten, recordando a la espalda que el sentido de la rueda es rodar: ensuciarse un día más, rodar y rodar. Seis días que nunca acabarán. Seis, seis, seis: firma y sello de la máquina que será reemplazada. Seis días para no vivir y uno para sobrevivir.
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