Un hombre tomo un extraño objeto que rodaba por el césped. Era una esfera de un color completamente blanco, sin siquiera un rastro de suciedad. No tenía nada especial, pero de alguna forma lograba dar una fuerte sensación de divinidad.

Lo sostuvo durante mucho tiempo, fascinado.

Pequeños pasos se escucharon acercándose a lo lejos. Al girarse, vio a un niño de cabello rubio y ojos azules. El niño se detuvo a unos pasos de él, y después de dudar un momento, habló señalando tímidamente el objeto.

“S-señor, e-eso, ¿me lo puede devolver?”

Tan natural como abrir los ojos al despertar, el hombre se arrodillo sin vergüenza y extendió sus manos hacia el niño. Ya que es lo que quería, ¿Cómo podría no dárselo?

Esa es la actitud que se debe mostrar frente a él.

“Mis disculpas, no sabía que le pertenecía.”

El sudor frio le empapaba la espalda, su voz era débil y apenas podía controlar sus temblores. No se atrevía a mirarlo directamente, temiendo ofenderlo.

El niño tomo la esfera y lo llevo a sus brazos con cautela, tratándolo como algo delicado y precioso.

Ya que un ser así le prestaba tanta atención a ese objeto, debía ser algo extremadamente valioso. No era algo que alguien como él debería encontrar. Pero en este punto, solo podía maldecir su suerte.

La esfera, blanca y pura, tembló cuando los delgados brazos del niño lo envolvieron suavemente.

¡La esfera estaba viva!

Aunque el hombre pudo verlo, no se atrevió a decir una palabra. No tenía las calificaciones para hablar con él, mucho menos para cuestionarlo.

“Gracias. No sabía qué hacer si lo perdía.”

Con la esfera en su posesión, el niño mostro una expresión relajada y hablo con una voz que oscilaba entre lo dulce y lo suave. Algo que solo provoco que el hombre se tensara aún más.

Después de agradecerle, él niño pareció darse cuenta de algo y de inmediato se mostró incomodo, luego, dijo vacilante.

“Esto… no tiene que arrodillarse.”

Antes de que terminara, el hombre había vuelto a ponerse de pie. Pero aun trataba de mantener los ojos en el suelo.

“Ajaja, bueno, me tengo que ir. Adiós señor.”

Sin esperar respuesta, el niño se dio la vuelta y camino en dirección opuesta, pronto, aparecieron tres pares de alas blancas en su espalda.

Y al instante siguiente, había desaparecido.

El hombre no se atrevió a moverse por algún tiempo. Sabía que ya se había ido y no tenía sentido estar más tiempo allí. Pero aun así, no podía moverse.

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