
Efímero, efímero todo.
Como tus ojos detenidos sobre mí bajo la noche eterea
de aquel Pub.
Etérea, etérea la memoria de tu piel rozando mi planeta; apenas un roce, tan frágil que parecía deshacerse entre la entrega absoluta y la caducidad pronta del tiempo.
Y si pudiera volver eterno aquel instante… nuestros desenredos seguirían bajo nuestros pies.
Si pudiera adueñarme de tu tiempo; si fuera el señor del viento y pudiera atraparnos en un bucle infinito donde solo existiéramos, lejos de todas las posibilidades que el mundo insiste en abrir. Si pudiera conquistar el verde de tus ojos y sembrarlo como el único paisaje al que regresar.
¿Podría entonces habitar tus sueños durante muchos años?
¿O también los sueños nacen condenados a ser efímeros?
Aún conservo el glorioso regalo de tus pupilas dilatadas al mirarme, la insistencia de tus manos buscándome como quien asciende una montaña y encuentra, por fin, la cima.
Quizá sí existimos.
Pero solo allí.
Solo en ese instante.
Solo en aquella noche en Dublín.
Efímera, como todo lo que, precisamente por no durar, termina siendo inolvidable.
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