De seis en seis son las huellas que delatan el crimen. 

Los Pinto ordenaron la casa por la mañana. Familia del centro de una ciudad poco mencionada, no hay lujos, pero tampoco carencias. La casa era blanca, como un lienzo nuevo. Paredes blancas, piso blanco, muebles blancos, alma blanca. Salieron esta mañana a dar un paseo por la ciudad infinita de laberínticas calles porque el sol y el viento acompañaban a un día de familia, de compras y descanso. Era domingo, cabe resaltar. 

Papá y Mamá levantaron temprano al niño. Él, sucumbía ante el sueño, no batallaba, era pura resignación. Levántate amor, hay que ir a la iglesia, decía Mamá. Levántate, tu Papá ya se está enojando, seguía. Pero, déjela a la criatura Doña Mamá, decía la sirvienta con un tono apenado y empático, con una mirada cansada y melancólica. Don Papá, no lo levante, ya irán la próxima semana, la criatura no ve que ni reflejo tiene de despertar. 

Ambos padres se miraron, no dijeron nada, pero sabían que estaban de acuerdo. Lo dejaron en la cama y el cuerpecito del Niño cae como vaivén de pluma. Se van. El día es largo: iglesia, mercado, paseo, el sol amigable y el viento cariñoso. 

Por fin Niño te levantaste, ya pensé yo que tenía que ver si seguías respirando. Los ojos se separaron poco a poco, la legaña molestaba la visión, de pronto todo se volvió oscuro. Una sombra se interpuso entre la luz y los ojos legañosos. 

El pelaje blanco, un cuerpo largo, patas cortas y el jadeo apresurado. Era el Perro, su amigo, su compañero. 

De pronto la casa ya no era blanca, pues la risa, el meneo de la cola, las carreras improvisadas impregnaron de ruido la absoluta calma. Dibujando en las paredes el eco infinito del rascar apurado de las garras y los silbidos para llamarlo. En el piso, las huellas de barro que trajeron quién sabe de dónde, corrieron tanto y llegaron hasta el techo. 

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