Bienaventurada la que ora y descansa. Porque el Señor no deja a su hija con el corazón apretado.
Bienaventurada la que quiere justicia sin mancharse sus manos con sangre. Porque Dios pelea por ella y guarda su corazón limpio.
Bienaventurada quien transforma su grito en oración. Porque Dios convierte la rabia en restauración.
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