Bienaventurada la que nombra el veneno que le dieron… Porque ponerle nombre al daño es el primer paso para que no te gobierne más.
Bienaventurada la que entrega a Dios lo que no puede cargar… Porque él si puede transformar la rabia en paz, sin que nadie termine con latigazos.
Bienaventurada la que deja a Dios ser su juez. Porque cuando Él toma el caso, el corazón descansa y la herida se cierra.
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