El Abismo.

El Abismo.

Sonny

10/07/2026

Relatos de Terror House

EL ABISMO

Escrito por Sonny Órpez y su hijo Daniel

Más allá del desfiladero entre los edificios empieza el abismo. Una oscuridad insondable, sin fondo, infinita. Se extiende más allá de los límites humanos. Se puede percibir su respiración, su eco, su pulso acechante. La esencia de una oscuridad palpitante y eterna. Es muy antigua, tiene conciencia propia y nos observa.

Acude y nos visita todos los días. No somos conscientes de ella, cegados bajo las bombillas, con los sentidos adormecidos en letárgicos sueños.

Nix la llaman algunos, el horror nocturno llamado por otros. Ellos no quieren, ellos no lo aceptan. No quieren recordar su presencia, no quieren presentirla. Le dan la espalda. En la evasión está la mente del hombre, alejando de sí el horror, el horror de la noche y de las razas de la noche, los hijos de Nix.

Mientras el chico en el balcón observaba la penumbra decreciente, una silueta informe acechaba desde las alturas con su mirada penetrante.

En esas primeras horas de esa noche invernal, después de las celebraciones elevadas a Ostara, Mark, abrigado con su forro polar celeste y su linda cabecita cubierta por una gorro de lana suave y marrón, se frotaba sus manos regordetas para entrar en calor mientras su adorable mascota Piwy se arrebujaba entre sus pies a modo de pequeña manta de de borreguito suave.

Mientras Mark oteaba el horizonte con la mirada perdida, distraídamente, relamía sus labios, pues había merendado recientemente unas magdalenas de mantequilla y avena. Eran deliciosas. Su querida hermana Jodie se las había cocinado con mucho cariño en el horno familiar.

Ensimismado por la emoción de la calidez del hogar, el chico, desde su butaca y sin darse cuenta, fue prestándole atención a unos pequeños puntos de luz que comenzaban a parpadear mortecinamente al final del largo corredor entre las dos hileras de edificios lúgubres de protección oficial, en la oscuridad naciente que se iba acentuando por minutos.

Los días de verano de luz brillante y esplendorosa aún estaban presentes en su mente. Era por eso que esta repentina oscuridad, a la que estaba encarado por azar le resultó extraña y sorprendente. Nunca antes se había fijado en ella, como si el destino siempre le hubiera robado la oportunidad de asomarse a esta ventana de la realidad.

Se sobresaltó.

La penumbra había desaparecido. La oscuridad más profunda imaginable estaba ahí presente, ante él, como si se tratara de una persona desconocida que llevara mucho tiempo en el rincón del salón observándole.

Una gélida, diminuta y casi imperceptible caricia le recorrió muy despacio el dorso de su mano derecha. Mark no entendía qué estaba ocurriendo.

Por un instante se sintió desorientado, perdido.

¿Acaso había llegado su hermana de la calle y él no se había dado cuenta?

-Jodie, ¿eres tú? – preguntó Mark.

Nadie le contestó. Giró su butaca hacia el interior del salón. Una quietud asombrosa invadía la casa. Horas antes se había alegrado mucho de quedarse solo en el piso, sin ser invadido por órdenes ni ser importunado, pero ahora sentía un hormigueo recorriéndole las pantorrillas. Bruscamente dejó de sentir la fascinación de ser el rey de la casa.

Apresuradamente recordó las últimas palabras que su hermana pronunció antes de cruzar el umbral de la puerta para marcharse:

-Voy a la carnicería a recoger el pedido que había dejado encargado. ¿Seguro que quieres quedarte solo? – le preguntó Jodie.

Mark guardó silencio.

-¿No recuerdas lo que sucedió anoche? – inquirió su hermana.

Mark seguía manteniendo silencio. Jodie cerró la puerta tras de sí, marchándose disgustada.

Cuando su hermana se encontraba lo suficientemente lejos como para dejar de oír sus pisadas, Mark sonrió y dijo en voz baja:

-Ahora soy el rey de la casa.

Pero ahora el piso estaba desierto, como si se hubiera extinguido el espíritu hogareño y hubiera sido sustituido por un vacío cósmico.

Entre sus pies, Piwi gimoteó repentinamente. De nuevo, la gélida, diminuta e imperceptible caricia alcanzó la nuca de Mark y un crujido resonó justo a su espalda. El instinto vívido provocó que el chico contuviera la respiración y cerró los ojos, esperando el golpe fatal.

Quedó inmovilizado durante unos segundos, lo que le pareció una eternidad. Cuando no pudo más, jadeante, retomó la respiración. Su mala conciencia le estaba jugando una mala pasada.

-Sí, recuerdo lo que sucedió anoche – se dijo Mark a sí mismo, culpándose -. No debí hacerlo, pero no pude evitarlo. Era superior a mi, y he vuelto a hacerlo.

El chico susurraba jadeando. Un sudor frío y perlado comenzaba a materializarse en su rostro. Ahora sabía que le correspondía pagar el precio.

-Sí, soy culpable y me merezco el castigo – musitó mientras agachaba la cabeza.

Piwi volvió a gimotear. Se retorcía entre sus pies.

-¿Por qué lo hice? ¿Por qué lo hice? Fui un niño malo, fui un niño malo.

Y Mark cerró los ojos para concentrarse en el recuerdo de lo que había ocurrido anoche.

* * *

En el día anterior, cerca de la medianoche, cuando todos descansaban, cuando el hogar reposaba en silencio, el chico se burlaba de ellos. Moviéndose encorvado y sigilosamente en silencio por los pasillos, se frotaba sus manos regordetas y se relamía los labios. Disfrutaba pensando en que todos estaban dormidos, pero él no. Encorvado en una postura casi imposible sus pasos le conducían directamente a la cocina.

El chico incumplía la promesa hecha a su madre y al doctor Willet. Y no sentía remordimientos; no le daba valor al sacrificio, ni a la responsabilidad que se esperaba de él. Se suponía que debía apoyar a su amada madre con el ejemplo de su comedimiento y mesura en el habito alimentario.

Mark tenía pleno conocimiento de que el doctor Willet había recomendado a Telma que durante el periodo de Natividad había que mantenerse en régimen estricto. En definitiva era buena idea contemporizar con las costumbres religiosas locales para adaptarlas al estricto calendario nutritivo que convenía a la señora Telma.

Siguiendo el ritmo alimentario de sus vecinos le resultaría más fácil y se sumaría como un refuerzo al régimen dietético que necesitaba para recomponer su salud. E intentando influir en el hijo de la paciente procurándole algún tipo de temor supersticioso que hiciera fuerza en su carácter veleidoso, le aclaró que aunque las leyendas y las viejas supersticiones hablaran de las apariciones y las presencias diabólicas por incumplir el ayuno espiritual, no había que preocuparse por aquello porque eran pensamientos y viejas fantasías de un pueblo antiguo y atrasado.

Mark sonreía maliciosamente, desafiándolo todo y a todos…………..y sin explicación alguna le asaltaron a la mente recuerdos nítidos e inconexos:

Se le hizo presente el pastor religioso padre Willburt, con su larga barba blanca y su sotana marrón, empuñando un báculo acabado en crucifijo, persiguiendo a los feligreses a la luz del día recordándoles los males a los que estaban expuestos si incumplían con sus responsabilidades de ayuno sagrado.

Nadie le prestaba mucha atención. Hablaba, pero no le prestaban atención. Nadie creía en esas leyendas ni en aquellos cuentos antiguos.

Willburt, en su vida anterior, había sido ermitaño. Vivió durante mucho tiempo alejado del mundo en una extraña cueva; de su pasado no se sabía mucho en realidad. Ahora presidía la capilla comunitaria que quedaba en el centro del pueblecito, rodeada por un pequeño bosque de tejos.

Mark recordó al momento unos fragmentos de las palabras que se llevaba el viento, pronunciadas por el padre Willburt:

-…y al acabar el tenebroso invierno, los hijos de la noche, las entidades demoníacas despiertan en las grietas de la profunda tierra…

-…el hambre, el hambre, los Innombrables tienen hambre infinito. Ya lo decían los antiguos… ¡no debéis alimentarlos…!

-…la ira de Dios recaerá sobre los infieles. La gula y la glotonería serán vuestra perdición…

***************

La mano temblorosa de Mark se alzaba en la oscuridad sobre el pomo de la puerta de la cocina.

-Las galletas de Jodie son deliciosas… – le susurró Mark a Piwi, que estaba junto a él en silencio.

La estrecha puerta de la cocina se fue abriendo despacio, muy despacio, sin hacer el más leve sonido. El chico alcanzó el mueble de la alacena. Usó un banquito de madera para llegar hasta la repisa donde estaban guardadas las galletas de mantequilla y avena deliciosas.

Agazapado en un rincón de la cocina, Mark comenzó a darse su festín, comiendo con gula y glotonería. Le parecieron de un gusto sobrenatural. Su hambre parecía insaciable. Perdió la noción del tiempo, disfrutando del manjar que estaba saboreando.

-Toma, Piwi. Estas migajitas y estas sobritas son para ti.

Mark lanzó los despojos al otro extremo, oscuro, de la habitación. Sintió cómo Piwi se abalanzaba sobre su botín. Mientras el chico seguía deleitándose con su festín, en el rincón oscuro de la habitación, Piwi resoplaba y gruñía, con ansia febril, contorsionándose acaloradamente mientras se agitaba y tamborileaba el suelo con sus patitas.

De pronto, un ronquido hondo y profundo se hizo eco en la cocina. Mark se quedó petrificado.

-¡Piwi, cállate! ¡Nos vas a delatar…! – murmuró Mark a Piwi.

El ronquido ronco, hondo y profundo se volvió a repetir y cesó todo sonido y movimiento a continuación.

-¡Piwi! ¿Qué te ocurre, Piwi? – susurró Mark.

Mientras dejaba a un lado en el suelo la caja de galletas, observó en la esquina la negrura donde Piwi debería de estar. Era como si la sombra de Piwi hubiera aumentado drásticamente de tamaño. También le parecía que se extendía un miembro alargado hacia él. Por un instante, Mark dudó de estar despierto. La textura que le envolvía resultaba ser la de un sueño. Se frotó los ojos para intentar ver con más claridad. Aquella sombra seguía creciendo y aquella extremidad quedaba a pocos centímetros de él.

El chico, paralizado, inspiró con la boca para luego emitir un alarido de horror. En ese mismo instante, la puerta de la cocina se abrió de golpe. La señora Telma, acompañada por Jodie, la hermana de Mark, recortaban con su silueta el umbral de la puerta. Pulsaron el interruptor eléctrico y la cocina quedó inmediatamente iluminada.

Telma miraba furibunda a su hijo Mark. Jodie negaba con la cabeza.

-Has incumplido el ayuno, y por ello serás castigado – sentenció severamente la madre de Mark.

Mark, cabizbajo, apartó la mirada del rostro de su madre, encontrándose con las tristes facciones de su adorable mascota Piwi, que inexplicablemente había venido sostenido entre los brazos de Jodie.

*********

Tiempo después, Mark, tumbado en su dormitorio con la puerta cerrada con llave por fuera, recapacitaba sobre lo que había ocurrido…..

Desde que el doctor Corbitt tuvo aquella consulta con su madre, todo era diferente.

La señora Telma fue paciente del médico de cabecera señor Willet y pasado un largo periodo de observación la trasladó, aconsejándole que tuviese una consulta con el psiquiatra Walter Corbitt.

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Martes 15 de Octubre

21.00 horas.

La conversación se oía al otro lado de la puerta de la sala de espera, pues la señora Telma se estaba sometiendo a un psicoanálisis.

-Todas las noches viajaba a ese mundo donde estaba envuelta por una espiral de imágenes confusas – continuó la señora Telma -. El terror y el espanto que sentía eran indescriptibles-, vivencias inimaginables se desataban dentro de mi. En la vigilia, aquellos pseudorecuerdos aparentaban ser puramente reales. Hice ejercicios mentales para protegerme de aquella impresión. Busqué ayuda en tomos y tratados que describían lo más profundo de las interpretaciones oníricas, en compendios médicos de psiquiatría y escritos que formulaban soluciones racionales a trastornos mentales y psíquicos. Aquella dedicación me ayudó en buena manera, pero fue la repetición cotidiana de las acciones diarias lo que me afianzaron mentalmente a la realidad. Con aquello, conseguí distanciarme por periodos cortos de aquellas alucinaciones infernales, pero aún así, cuando menos lo sospechaba, aquello volvía a visitarme. Me sentía desesperada, porque cuanto más lejos creía que estaba de aquello, antes reaparecía. Aquello sólo se ocultaba para darme falsas esperanzas de que había desaparecido y volver resultando mucho más dañino.

-Fue a partir de 1991 cuando mi vida se volvió normal – prosiguió la señora Telma -. Creo que en parte fue por el nacimiento de mis hijos, la dedicación a mi trabajo y las rutinas en espiral. Con el paso de los años, he pensado en mi experiencia retrospectivamente… Sí, aunque hay una pesadilla que nunca ha cesado.

-Dígame… Prosiga, señora Telma – insistía el doctor Corbitt.

-Como le he repetido en anteriores ocasiones, yo descendía en la oscuridad en aquella pendiente de grava suelta. El crujido de mis pisadas se confundía con el chirrido de los insectos nocturnos. Mi farolillo de alcohol, lentamente, iba descubriendo con su luz azulada y trémula sombras alargadas a ambos lados de mi camino. Lo inmaterial y lo desconocido se iba señalando donde terminaba la penumbra. El techo de aquella cueva extraña, de superficie rugosa y colmada de oquedades, parecía palpitar con vida propia. Me dolían los pies, las suelas de mis zapatos estaban rotas y agrietadas. Sentía el canto de las piedras acuchillándome las plantas de los pies. Aquella bajada me resultó interminable, aquella negrura me engullía. El agotamiento comenzaba a anular mis sentidos, insensible a toda sensación y emoción. Me encontraba incluso cerca de estar anestesiada al horror del que me era imposible despertar.

La señora Telma, visiblemente afectada, tumbada en el diván de la consulta psiquiátrica, con lividez mortecina recordaba sus aterradoras pesadillas por orden del doctor Walter Corbitt.

-Hay una cuestión de suma importancia – destacó el doctor Corbitt -. Mi colega, el doctor Willet, me alertó de esos silbidos que usted escucha en el interior de sus oídos y que se le presentan en sus sueños, que usted, en su silencio, reconoce como una extraña melodía.

Corbitt hizo una pausa.

-¿Por qué aún no me hablado de esa patología, señora Telma?- inquirió alarmado.

El experto en salud mental Walter Corbitt, un hombre alto, de pelo blanco, con un bigote gris perfectamente recortado, se ajustaba la botonera de su bata blanca, sentado en su amplio sillón de cuero marrón mientras estudiaba a su paciente, con severidad desde el otro lado de su escritorio de caoba.

El salón consulta del doctor estaba forrado de madera con duelas de roble. Había una gran biblioteca de estanterías que ocupaba una gran parte de los lienzos, atestados de tomos de medicina, sociología y mitología pagana. El suelo, un entarimado de madera maciza estaba cubierto por grandes alfombras de terciopelo verde. Las cortinas corridas eran del mismo color. En un rincón, una lámpara de cristal de cuarzo naranja aportaba una tonalidad amortiguante que permitía desconectar del mundo exterior para poder profundizar con mayor concentración en la psique.

-Siento ridiculez y vergüenza – aseguró la señora Telma -. Lo percibo como un absurdo y un sinsentido del que sólo he hablado con el doctor Willet, pero usted me produce una gran confianza y va a ser usted la primera persona con quien voy a compartir esta vivencia tan profunda.

-Prosiga, señora, cuenta usted con toda mi atención – respondió el doctor Corbitt.

-En mis visiones oníricas – continuó la señora Telma, mientras su rostro se ensombrecía -, esto sucede de esta forma. Se manifiesta el sonido de una flauta distante, lejana, perturbadora. Un aullido bajo y profundo que flota en la profunda oscuridad llegando hasta mis oídos. Una tonalidad sibilante, demencial y nauseabunda. Me detengo en alguna oquedad de algún nivel inferior de aquellas cavernas. Asomado en un ventanal de piedra, un grueso beodo con retraso mental, cuyas facciones grotescas y deformadas miran con ojos bizcos al vacío, sostiene entre sus manos aquella flauta construida con huesos de cadáver humano, finamente trabajada para emitir un sonido reverberante que penetraba aterradoramente en el alma. Creando una grave angustia, la sensación de estar atrapado en una sima de la cual el espíritu jamás podría salir. Aquel obeso mórbido, con temblores y sudores de excitación, continua tocando la melodía que surge de esa flauta, con expectación y ánimo servil, con gran deseo de agradar y tener satisfecho a algo que queda más abajo en la profundidad.

-Aparté la mirada del ser que agitaba mi dignidad – prosiguió la señora Telma -, dejando caer la mirada a lo más profundo del abismo, relajando la visión, los ojos y la mente en la sima oscura, donde concentré mi mirada en un punto oscuro que poco a poco dejó de perder intensidad en la negrura para dar paso a una leve luminiscencia que fue creciendo y remarcando un espacio. Un espacio iluminado que fue descubriendo la superficie de una plataforma rocosa entre las paredes del abismo. Allí pude distinguir varios puntos de luces, recién encendidos, vivos. Nueve puntos de luz, nueve llamas formando un círculo. Nueve llamas bailarinas y crepitantes de color rojo y naranja, encendidas sobre sus pedestales alrededor de una figura que yacía en una cama en mitad de aquel vacío, de aquella negrura insondable. Una anciana centenaria yacía en su lecho, una cama de madera grande, de matrimonio, con su cabecero y piecero rematado con pináculos de madera tallada en espiral en cada una de las esquina, elevándose a más de dos metros. Una cama suntuosa y lujosa propia de un miembro de la aristocracia. La anciana reposaba en su lecho de muerte.

-Estaba en el umbral de sus últimos minutos y segundos – continuó la señora Telma -. Un quejido lastimero brotaba de sus labios resecos, mortecinos y débiles. Su piel era amarillenta y pálida, casi transparente, tanto que permitía ver sus venas celestes y verdosas. Un rostro congestionado por el dolor, la agonía y el tormento. El sufrimiento y los recuerdos de toda su vida se agolpaban arremolinadamente en su psique en estos últimos instantes, en el final de su existencia. No había paz en ella, sino agitación y temor. Su respiración se cortó momentáneamente.

La presencia de los Ocultos pudo percibirse en ese instante. Desde la penumbra las nueve figuras avanzaron con paso lento, internándose entre el fulgor de las antorchas, rodeando la cama. Las nueve figuras, el cónclave. El tono musical, la melodía de aquella flauta demencial se hizo más nítida y aumentó con mayor presencia. Un himno que anunciaba a sus Majestades infernales. La anciana alzó una mano, con los dedos engarrotados, elevándose hacia lo más alto posible en el aire que pudiera, buscando dónde asirse para escapar con los ojos cerrados en su semiconsciencia. El retemblor del esfuerzo era visible. Su sudoración, su agitación, su desesperación por querer salir de allí. Pero aquella melodía no le permitiría escapar jamás de ese lugar.

Repartiéndose tres a cada lado del lecho, y uno a los pies, con otros dos sobre el cabecero, los nueve Señores hicieron su manifestación. Uno de ellos, como humanoide de piel de pescado, con ojos globosos y mandíbula de tortuga, estiraba su lengua bífida entre sus dos colmillos, que sobresalían desde su quijada dentada hasta muy por arriba de su frente, y curvados hacia atrás. La serpiente erguida de piel pulida marrón y amarilla, con sus ojos de jade, observaba con gula el contorno de aquel cuerpo tendido y febril. Las llamas de las antorchas se reflejaban cual en un espejo sobre aquella superficie acuosa de reptil ultramundano. Una figura corpulenta de un físico bestial y amenazante, de piel roja como el granate y reluciente como lava fundida, se balanceaba hacia delante y hacia atrás, sosteniéndose sobre sus pezuñas y apoyado en su tridente de hierro negro. Corneaba airado, agitando su cola afilada de reptil. Había ira infrahumana en sus ojos azabache. Babeante de angustia, exclamó guturalmente: “Romperé la amistad que tienes con Dios. Desharé tu obediencia ciega”.

Un ser de ojos resplandecientes observaba con ambición bestial desde los pies de la cama mientras se frotaba las manos enormes, peludas y desproporcionadas de homínido prehumano. Un perfecto engendro del abismo de la bestialidad. Velludo en extremo, encrespado y de color negro azulado. Se acuclillaba dando una impresión acechante tras el vallado de madera al extremo de la cama. Aquel rostro simiesco de inteligencia antinatural expresaba una maldad aguda y retorcida, de una monstruosidad obscena y nauseabunda. Con su nariz ancha, abierta y aplastada, resoplaba impúdicamente, a través de unos orificios dilatados y profundos que provocaban una repugnancia incontenible. Enorme, brutal y cargado de ansia… esperaba.

Las otras figuras eran de indescriptibles formas y facciones, pues una negrura viva emanaba de ellos, envolviéndolos continuamente y emitiendo un bisbiseo espeluznante. Salvo los dos ancianos espectrales que levitaban sobre el cabecero en el lecho de la víctima.

Uno de ellos era la visión de un monarca, un cadáver viviente demacrado e incorrupto, con una corona ceñida en sus sienes de una antigüedad ancestral. Vestía una toga de hilo de oro, repujada con diamantes de todos los tamaños, trazando en su superficie constelaciones estelares de dimensiones desconocidas. En sus manos huesudas, portaba en sus dedos entrelazados una enorme llave de oro. Erguido en actitud solemne emitía desde las cuencas de sus ojos vacíos un halo humeante e insano. Su compañero espectral negaba con la cabeza de forma intransigente. Completamente desnudo y de color amarillento, dibujaba en el aire extraños y desconcertantes signos y jeroglíficos. Con su enorme, abultada y deforme cabeza, completamente calva, rechazaba con gestos de repulsión.

-“¿No tendrá fin esta agonía?”-, surgió de aquella boca resquebrajada, en tono pétreo como el de las lápidas más densas y sombrías cuando se golpean entre si.

La anciana del lecho no podía ver con sus ojos, pues estaban cerrados e incapacitados para volver a comprender. Pero en su semiconsciencia advertía quiénes la acompañaban, dónde estaba y por qué. Entonces, con el corazón devorado por el terror, pronunció en un hilo de voz débil y moribundo, apenas audible, casi un quejido en sus labios trémulos y desgastados:

-“Piedad, piedad, piedad…”.

Con una horrible mueca desfigurando su rostro, uno de los ancianos se cernió por encima del cabecero encarándose con la moribunda. La víctima, por impulso instintivo, en una acción que no llevaba a ninguna parte, clavada de terror, abrió sus párpados, sacando sus ojos glaucómicos de las órbitas, mientras la espectral figura acortaba la distancia sobre su semblante, abriendo sus fauces para aspirar con fuerza, levantando un túnel de viento sobre la desdichada. Los cabellos de la anciana se elevaron violentamente, se agitaban mientras intentaba gritar sin poder articular sonido, en una mueca horripilante donde los huesos de la mandíbula se desencajaron con un chasquido estremecedor. Y así, por su boca comenzó a salir algo. De lo más profundo de su garganta emergía una luz brillante… era su alma.

La ignota Majestad aspiró con mayor fuerza para absorber el alma de la condenada. En unos instantes, el diabólico ser habría devorado su espíritu.

Arriba, más allá de la balconada donde el beodo subnormal continuaba con su modulación sobrenatural, yo, incapaz de refrenar mis impulsos de pánico, emití un gemido de horror demencial. Jamás había conocido nada igual, no creía lo que veían mis ojos. Sentí que mi cordura se había fulminado. De hecho, supe que estaba más allá de la locura, sin poder apartar el rostro de aquella visión.

El viento se elevó como un tornado, soplando con una fuerza huracanada, generando una espiral de esencia inmaterial luminiscente que inundó toda la sala. En el espacio surgieron sobrecogedoramente las imágenes fantasmales y descomunales de los nueve Señores Ocultos, gritando a la vez, haciendo temblar el suelo y las paredes:

-“¿Quién se atreve a profanar?”.-

A continuación, se hizo un silencio mortal. La señora Telma Dayon yacía con la respiración cortada, el cuerpo helado y la paralización que provoca el terror al Inframundo.

Mark, después de escuchar el alarido de horror de su madre y percibir que se desmayaba en el diván de la consulta del doctor Walter Corbitt, se alejó precipitadamente de la puerta.

* * *

-Sí, recuerdo lo que sucedió anoche- se dijo Mark a si mismo, culpándose. -No debí hacerlo pero no pude evitarlo. Era superior a mi y he vuelto a hacerlo.

Mark, en el salón, solo en casa acompañado de Piwi, dejó a un lado los recuerdos que abrumaban su mente y giró su butaca lentamente a la derecha, mirando por el rabillo del ojo buscando una explicación a ese sonido, ese extraño crujido que provenía de la barandilla de su balcón que había quedado a su espalda. Piwi volvió a gimotear y se recostó con más fuerza contra sus piececitos mullidos buscando el refugio en sus borceguines de lana tierna. Se oyó un tintineo metálico, un repiqueteo y un resoplido sobre la barandilla. Mark se quedó paralizado nuevamente, pero la inercia de la butaca lo hacía seguir girando para encararse inexorablemte con aquello, una silueta informe de mirada penetrante. Se recortaba entre la penumbra sobre el filo de la barandilla una figura, aparentemente humanoide, con unos ojos brillantes, naranjas, profundos e intensos. En el momento en el que la criatura batió sus plumas y agitó las alas, Piwi emitió un aullidito de miedo breve y angustioso. Mark salió instantáneamente de su trance. Sí, reconoció al instante al búho real que habitaba en los bosques más allá de la linde de la ciudad.

Sí, había acudido. El ave nocturna miraba fijamente las migajas que Mark había dejado esparcidas en el alfeizar del balcón y miraba intensamente y con interés la caja de galletas que Mark había vuelto a coger de la alacena en la cocina. La rapaz nocturna volvió a extender sus alas y se lanzó al vacío para desaparecer en la oscuridad de la noche. La desaparecida alarma anímica dio paso a un agradecido trance de sosiego y paz.

-¡Piwi, ven aquí! – le dijo Mark a su adorable mascota.

Agarró a su querido perrito con sus manos regordetas y adorables, y lo subió hasta su regazo. Lo abrazó y le dio muchos besitos. Ahora Mark volvió a sentir en casa el espíritu familiar y la calidez del hogar. Se reía. Él y Piwi se habían asustado con una nimiedad.

-Piwi, te quiero tanto y soy tan feliz – dijo Mark.

Piwi movía la colita. Estaba muy contento. Mark observó detenidamente el contorno de su salón. Era un lugar agradable donde había vivido muchas alegrías y momentos entrañables. Le encantaba aquel sofá familiar, grande y mullido. El salón tenía un suelo de madera, hecho de mosaicos hexagonales, tablilleado de pino. En las paredes, de color ocre claro, colgaban numerosos cuadros de mapas geográficos enmarcados en maderas finas. Las lámparas de sobremesa emitían una luz amarillenta, cálida y acogedora. Encima del aparador, los felices retratos familiares rodeaban a una linda figura de porcelana rosa de una bailarina. En una esquina, la estufa de forja caldeaba la habitación emitiendo desde su hogar encendido unos cálidos haces de luz cobriza a través de su ventanuco de cristal templado. En la mesa familiar ovalada en el centro, con su mantel de encaje, descansaba la caja de galletas de avena con mantequilla elaboradas por Jodie. La luz que proyectaban las llamas oscilantes generaba sombras danzantes sobre la superficie de los tomos de libros que abarrotaban las estanterías que ocupaban la pared. Libros antiguos y familiares atestaban aquellas baldas combadas.

En lo más alto de la estantería, había una caja metálica estampada con pájaros de colores. La pintura metalizada relucía con el movimiento de las llamas crepitantes. El señor Lemmel, el profesor de música del pensionado le había dado hacía semanas instrucciones para confeccionar una colección de sellos con todas las banderas del mundo. El estricto profesor Lemmel, de rostro congestionado, andares rígidos y una enorme barba negra hirsuta, le había insistido en que su actitud despreocupada era intolerable, por lo que debía de esforzarse más en tener un comportamiento absolutamente disciplinado y serio. A los demás alumnos no les había asignado esta tarea. Esta actividad era exclusiva de Mark.

-¡Tendrá bastante con esto! – le dijo mientras le entregaba la caja de metal estampada con pájaros multicolores.

-¿Qué quiere decir usted? – balbuceó Mark.

El señor Lemmel tamborileó nerviosamente sobre el pupitre con sus dedos nervudos, mientras clavaba su mirada severa en el rostro del chico.

-No me gustan sus maneras descuidadas. Me está usted resultando un energúmeno indeseable. Va a hacer trabajos extraordinarios para domar esa voluntad libre que usted tiene.

-Pero esta es una actividad que nada tiene que ver con la música, señor Lemmel – replicó Mark.

-Le doy de plazo 30 días. Termine la colección de sellos que le exijo o formará precipitadamente parte de mi club de exalumnos – le avisó el profesor con los nervios tensos.

Mark comprendió que su actitud era una indecencia y una falta de respeto hacia su mentor. Los demás alumnos lo observaban con muecas burlonas por su espalda. Se reían. Lo hacían con unas risitas que producían asfixia y desesperación. Su falta de esfuerzo y el tomarse las clases despreocupadamente como si se trataran de un tebeo de humor ahora le pasaban factura. Un ruido áspero atravesó el espacio. El timbre de fin de clase sonó para acabar con la hora de asignatura.

**********

Mark recorrió con la vista las distintas baldas de la estantería cargada de libros buscando los álbumes de sellos de donde extraería el material con el que compondría el trabajo que le había exigido el profesor Lemmel. No encontró aquellos tomos en el lugar donde los había dejado. Muchos libros habían sido cambiados de lugar, lo cual le extrañó muchísimo, por lo que se vio obligado a revisar balda por balda cada uno de los libros para dar con los álbumes que buscaba. Después de revisar varios estantes sin éxito, le llamó la atención un tomo que no recordaba haber visto jamás antes allí. Era un libro extraño, ancho, con cubiertas de cuero rugoso, negro y rojizo con varias molduras en relieve, formando líneas paralelas. A lo largo de su lomo, el título estaba escrito en letras góticas de color verde y púrpura reluciente enmarcadas con una filigrana dibujando una geometría imposible. Un volumen extraño y extraordinario a la vez. Los destellos de la luz de la chimenea sobre aquellas palabras hacían parecer que brillaban con luz propia. Mark se quedó embelesado con la espectacularidad de ese libro extraordinario. Maravillado, se levantó de su butaca y caminó hacia la estantería, como una polilla que es atraída magneticamente por una luz en la oscuridad.

Agarrando a Piwi y abrazándolo fuerte contra su pecho, se encaminó hacia la estantería, fijando la vista únicamente en el contorno de ese volumen con un interés vital, como aquel que desesperado y sediento que viendo un espejismo en el desierto va en busca de un oasis. Rodeó la mesa, caminó sobre las alfombras mullidas de lana que amortiguaban el sonido de sus pisadas y se detuvo enfrente de aquel enorme anaquel. Se quedó quieto, absorto un largo rato en silencio, deleitándose con el contorno vivo de aquel volumen. Y pasaron los minutos en vacío. El grato aroma de la leña en la hoguera se filtraba suavemente a través de la estancia. El fulgor cálido de la chimenea caldeaba su contorno amablemente. El espíritu del hogar, el refugio y el confort estaban en su culmen. Mark, asombrado y encandilado, no cesaba de deleitarse con la belleza de aquella obra de arte.

* * *

La madre de Mark volvía de la oficina de correos muy entusiasmada. Había remitido a su doctor de cabecera Darmion Willet, respondiendo a su correspondencia regular con un ánimo optimista según el progreso de su asunto médico puesto en manos del doctor psiquiatra Walter Corbitt.

Ahora, mientras volvía con paso jubiloso al hogar, leía en silencio un fragmento de la carta recibida del doctor Corbitt:

Remitente:

Dr. Walter Corbitt

Casemates Square 1800 apartado 043

19820 – Demon Creek

NEVADA

Destinatario:
Sra. Telma Dayon

Ortos Valley 1675 apartado 077

37651 – Mendocino

CALIFORNIA

Demon Creek, 13 de septiembre de 2003.

Privación del uso de la razón, la locura es la pérdida de facultades, la capacidad de recrear fielmente la realidad, y la salud mental es la asimilación y aceptación de la razón. Lo sobrenatural, lo macabro, lo antinatural, la irrealidad, todo lo que deforme el espacio seguro y acotado de nuestro entorno que es sensato, matemático e inamovible, es motivo de inestabilidad mental.

Cuando se duda de nuestros sentidos, nuestra realidad se tambalea. Lo inexplicable y brusco provocan fisuras en nuestra psique, que resentirá nuestra cordura en algún modo.

En el peor de los casos, de forma irreparable y en otra forma catastrófica fuera de los parámetros médicos establecidos provocarían lo que algunos doctores han llamado el renacer.

Según algunas culturas orientales, sus filosofías y principios religiosos, designaban como transcendidos a aquellos sujetos que concebían la realidad de una manera incomprensible para nosotros. Se decía que era una nueva óptica obsequiada a los discípulos o los elegidos de ANGRA MAINYU.

En aquella religión, dentro de su legión de acólitos, los transcendidos ocupaban el lugar de los líderes, pues comprendían desde ese momento la voluntad de sus señores escuchando y oyendo donde los demás sólo encuentran ruidos o vacío.

Yo, el doctor y rector Walter Corbitt, tras largos años de estudio y atención personalizada a tantos y diversos pacientes, puedo entrever en todos ellos un mismo patrón de casualidades que no encajan sino en lo sobrenatural.

La manifestación de fuerzas superiores en el ser humano en todas las religiones de la humanidad ha sido designada en muchísimas ocasiones como LA LOCURA DIVINA, THEIA MANIA y SABIDURÍA LOCA.

La relación entre entes divinos y perturbación mental van cogidas de la mano. Las capacidades sobrenaturales se saltan las reglas de la razón y lo matemático.

Una vez en mi consulta, el familiar de un paciente, un señor muy honrado y sensato, me formuló un dilema.

-Cuando a un vulgar objeto le asignamos la capacidad de traernos buena suerte, ponemos en él la convicción de que todo seguidamente nos saldrá muy bien y exitosamente. Que el objeto que llevamos en el bolsillo o guardamos con celo de la vista de los demás tiene poderes mágicos es una creencia para muchos incuestionable. ¿No es un síntoma preocupante de una desviación mental? ¿Acaso no es indicador de una mente que traspasó los límites del sentido común y cuya cordura está dañada?

No contesté. Aquel silencio me empujó desde entonces a buscar respuestas. ¿Era la Fe una clase de demencia? ¿Lo eran las religiones? ¿Acaso un gran manicomio desbordado?

Observé desde dentro de la sociedad religiosa cristiana sus orígenes. Ángeles, paraíso y cielo.

Infierno, demonios y diablos.

¿Es esa Fe lo que provoca la sintomatología, o la sintomatología se aferra a la Fe?

¿Es nocivo para la salud mental de los creyentes la interiorización de la existencia del más bestial de los infiernos que fue creado por el dios benevolente y creador para que sus amados hijos por error, inducción o accidente acaban en aquel matadero demencial?

¿El padre celestial de amor supremo, tras su máscara afable, oculta la insania de un monstruoso sadismo?

Tengo muchas razones para haber llegado hasta estos límites dentro del ámbito de la psiquiatría. Es, en muchos casos, donde el límite de la ciencia médica no ofrece soluciones, porque no las puede alcanzar con los métodos que no van más allá de la razón. Pero, por otra parte, la inmersión en estos conocimientos apartados y desdeñados por la comunidad médica oficial me han dado esperanzas, respuestas y sentido.

Sin más motivo, le saludo cordialmente.

Atentamente,

Dr. Walter Corbitt

* * *

Piwi se retorció entre los brazos de Mark. Llevaba mucho tiempo en aquella posición incómoda y necesitaba moverse a su aire. Mark no lo notó. Seguía absorto en su admiración y Piwi se quejó. Gruñó. Dio una dentellada al abrigado forro polar de su dueño dando unos tirones que hicieron que la sacudida y el restallido captaran la atención de su dueño, que apartó la mirada de aquel volumen hipnótico para dirigirse a su adorable chihuahua Piwi. Cuando ambos se miraron a los ojos, Piwi emitió un ladrido de atención.

-Sí, es verdad, Piwi. Es tu hora de hacer tus necesidades. El empapador está puesto nuevo en el balcón. Ve fuera y haz tus cositas.

Mark dejó con suavidad en el suelo a su amado Piwi para que se marchara y fue entonces al incorporarse cuando puso atención en el significado de aquellas palabras: “Tratado de intervención en diagnósticos mentales y enfermedades de la civilización según misterios y religiones paganas”.

-¿Qué significa esto? – se dijo Mark -. ¿Será un libro de la biblioteca del doctor Corbitt…?

El chico alzó sus manos regordetas para sacar el pesado tomo de la estantería y ponerlo sobre la mesa para estudiarlo y leerlo detenidamente. Sus dedos se encontraron con un campo chisporroteante y denso de energía estática que envolvía la superficie de ese extraño volumen. Al primer contacto, saltaron en el aire media docena de chispas eléctricas, lo que provocó en el chico un espanto por esta sorpresa inesperada. No obstante, sin detenerse ante el estupor, agarró el tomo con firmeza y lo depositó en la mesa. Mark comprobó al hojear las páginas que éstas no estaban hechas de papel, más bien se trataba de un pliegue fino de piel curtida.

-Es suave, muy fino y casi translúcido. Es muy extraño. ¿Cómo se habrá confeccionado? – reflexionó Mark.

Dejó aleatoriamente el libro abierto por una página que en vez de estar numerada, estaba marcada con unas extrañas runas. En ambas hojas, los dibujos centrales mostraban pentáculos y grabados.

Bajo el grabado que mostraba un bosque siniestro con unos faunos danzando con flautas junto a una hoguera en la que alzaba los brazos una mujer de fuego, un fragmento del texto rezaba así:

“…Dionisios y las Manias, deidades propias en el panteón romano. El dios de la Demencia y sus Musas de la perturbación Mental de naturaleza Inframundana y cetónica, cuyos orígenes proceden de un Culto anterior a la Tracia de épocas pre-griegas. En sus ceremoniales se instigaban a los marginados a beber Vino y consumir sustancias psicoactivas, con el fin de liberar la Mente de sus Barreras y desatar la Demencia que hay dentro de ellos. En los Ritos se hacía uso de Danzas y técnicas para alcanzar el Trance acompañados del Tympanum y música de flautas.

Estupefacción, amnesia y euforia.

Hechizados por una Locura temporal que permite en masa provocar y generar el alimento Psíquico que invita a venir a los Ocultos…”

* * *

El doctor en psiquiatría Walter Corbitt se hallaba de rodillas sobre el suelo, alzando los brazos con las manos extendidas y los dedos rígidos y estirados, temblorosos y cargados de anillos. La cabeza erguida con el mentón alzado y los párpados cerrados. La túnica de terciopelo negro estampada con estrellas rojas remataba su figura con una capucha puntiaguda que ocultaba gran parte de su cara.

Musitaba dolorosamente en la hora más profunda de la noche.

-Satanachia, oh, gran General, tú que tienes el poder de someter a las mujeres, envíame a tu legión de espíritus y ponlos a mi mando para que cumpla mi gran obra. Y tú, Fleuretty, acude a mi y protege esta obra que sólo tú puedes culminar durante la noche. Únete a nosotros, oh, sí, amo de la Noche.

-Oh, sí, acudid a mi. Os lo ordeno, pues el que es más alto que vosotros me ha investido de la autoridad para someteros. Y que a mis pies habéis de venir.

En el silencio sólo hacían eco aquellas palabras seguidas de su respiración fatigada y ocasionalmente el crepitar de los carbones al rojo vivo que refulgían sobre los braseros de bronce que emitían una pobre luminosidad trémula en las esquinas de aquella sala octogonal.

En los lienzos de pared de cada lado del polígono se hundían varios nichos. Ornacinas profundas cuya oscuridad no dejaba ver el contorno de las estatuillas que ocupaban aquel espacio consagrado a las divinidades sobrenaturales.

El estuco de las superficies de la sala, brillante y liso, generaba diversas tonalidades de color de gran belleza. El veteado de las líneas oscuras del estuco giraban irregulares con patrones similares a las raíces de foresta hundidas en lo más profundo de la tierra.

El pavimento era una obra maestra, exquisita del sadismo, elaborado con cráneos humanos de mismas proporciones, como cantos rodados y pulidos, se extendían como un lienzo de baldosas tejidos a modo de mosaico, unidos entre sí para formar composiciones geométricas perfectas. Un tartaerum opus musivum, un trabajo de mosaico infernal, una inspiración que solo podía venir del Averno.

El tiempo se hacía eterno, la espera insoportable. Repetidas veces había realizado la invocación perfectamente, todo ceñido a los ritos y al protocolo, igual que todas las demás veces. Pero hoy la única respuesta fue el silencio, la ausencia, el abandono.

Una preocupación incipiente asaltó al doctor Corbitt. Algo no iba bien.

La oscuridad se acentuó súbitamente, como si los carboncillos se hubieran agotado todos a la vez. El rugido del surgir de las grietas, ronco y áspero, hondo y apagado, así emergió la voz a su espalda.

Había ira y sentencia en su tono.

-El chico te ha descubierto. Jeremías Willbur, el ermitaño, va tras de ti… Se te acaba el tiempo.

Corbitt, dominado por el terror incontrolable, quedó inmóvil sin respiración. Atado por unas cadenas invisibles de hielo que recorrían todo su ser, abatido de todo vigor, sin coraje. Su corazón y su mente muda. Congelado, únicamente con el cuello liberado para dejar caer la cabeza, a modo de asentimiento, acatando la voluntad de su Majestad.

En ese mismo instante y del mismo modo que había surgido, la oscuridad desapareció dejando volver a emitir luz mortecina a los carboncillos agonizantes en los pebeteros de las esquinas.

En el centro del recinto, trazado en el suelo con pintura violeta, dos enormes círculos concéntricos quedaban enmarcados dentro de un rombo. En su corona circular habían impresos varios pentáculos de cinco puntas orientados invertidamente a los cuatro puntos cardinales y entre éstos, complejas clavículas hebreas.

Una neblina vaporosa procedente de los sahumerios de composición desconocida, flotaba estática a distintos niveles ocupando los vacíos.

Había una poyata de laboratorio con varios tubos de ensayo taponados con cera y sellados, algún matraz y una estructura de barrotes de hierro forjado de donde colgaban diversas botellitas de cristal con líquidos fumigadores y condensadores.

En un extremo parpadeaba una leve fosforescencia fungosa procedente de la roca verde de un altar robusto, sobre en el que reposaba en su superficie un candelabro de 13 velas apagadas y a los pies de éste, una gran espada guardada en su funda de cuero negro rematada. Barbárica, con la empuñadura y la guarda cargada de runas desconocidas labradas en orden caótico. En la superficie del altar también había un juego de grandes vasos de cristal tallados con relieves exquisitos, de vidrios de diferentes colores, unos vacíos y otros llenos de polvos o aceites.

* * *

El jovencito Mark Dayon seguía de pie, junto a la mesa, paseando la vista superficialmente por los textos que aleatoriamente iba descubriendo. En otra sección, titulada “La Demencia en la Antigüedad”, prosiguió leyendo.

“…como en Pigmalion, la Locura y la Manía provocan una alucinación tan Real como la Vida misma. Es cuando en los ojos del Perturbado, la estatua de Mármol cobra vida para convertirse en su Esposa y amante. Provocará la Llamada de la diosa Afrodita, maravillada por el Suceso, que bendecirá esta Unión. Afrodita, agradada, le dirá:

-Mereces la Felicidad, una Felicidad que tú mismo has plasmado. Aquí tienes la Reina que has buscado. Ámala y defiéndela de la Adversidad.

La Demencia es señal Divina. La distorsión Mental atrae la mirada de los Dioses y éstos, al ver las Obras de aquellos que se apartan de las Limitaciones reales de la Mente son premiados con un inestimable Galardón…”

Mark siguió abriendo páginas al azar donde encontró un grabado que le llamó la atención.

Minuciosamente detallado con sombreados a la plumilla, una obra maestra perdida de Durero se manifestaba ante los ojos privilegiados del chiquillo.

En el centro de la escena hay una joven doncella desnuda, sentada sobre un fino y delicado tejido de seda que se eleva desde el suelo a modo de telón ocultando el fondo que hay detrás de ella. Un séquito la acompaña. Venus se asoma desde una esquina observando con ojos hipnóticos a la doncella desde su espalda mientras se recuesta sobre una alfombra hecha de máscaras de piel humana hechas jirones, a la vez que oculta parte de su cuerpo tras el mantón. Un cuerpo ominoso con partes de dragón, reptil y bestia. Cupido, al otro lado de la doncella, empuñando una flecha goteante de icor, la abraza con una sonrisa gentil y adorable. En el extremo opuesto, semicubierta por la sábana de terciopelo, casi oculta pero aún visible, había una anciana arrodillada con gestos retorcidos de piel cenicienta y castigada que mostraba una dentadura vacía en la boca abierta de un rostro congestionado por las muecas cambiantes propias de una demencia extrema, mientras su cabello rizado gris y desordenado se enmarañaba alrededor de su rostro en el que sus ojos encogidos y aviesos desbordaban violencia y sentimientos homicidas desbocados.

Cupido, el instigador de la locura, siempre acompañado de sus entidades sobrenaturales, las Manias, hijo de Afrodita, en busca de víctimas propiciatorias a las que vejar. Cuanto mayor fuese la dignidad que degradara de estos sujetos, mayor satisfacción para su madre. Estas víctimas eran inducidas a través del disparo envenenado de icor a una alucinación demencial, como un aguijón de escórpido ponzoñoso que libera toxinas en el sistema nervioso central, provocando los delirios más abominables a todos los niveles sensitivos.

Muchísimos acabarán vendiendo su alma por el deseo de hacer realidad su ansia mental, embelesados por los hechizos de Manias. Siempre existirán aquellos que preferirán entregar su espíritu a las divinidades inferiores, impulsadas por la pasión que provoca la inalcanzabilidad de sus más pasionales y transgresores deseos.

A continuación, Mark encontró anotado a pie de página con la letra del psiquiatra ciertas aclaraciones:

“Vivo en los espejos, y para siempre en el infierno. Te espero en los rincones oscuros.”

Mark, incrédulo, pero lleno de curiosidad, fue dando pasitos cortos sobre la alfombra mullida hasta llegar al confortable sofá tresillo donde se acurrucó entre los cojines anchos y blandos de algodón de pima, suavísimo y cálido al mismo tiempo. Con el volumen sobre su regazo, volvió a pasar las páginas al azar, abriendo de nuevo por otra sección aleatoria. Allí, en la hoja izquierda, presidía un bello grabado enmarcado con el título “El Sueño de Morfeo”.

Un bello niño griego desnudo de facciones agradables, de cuerpo regordete y mullido, con muchos pliegues y rosquillas en los ángulos articulares estaba rodeado de gnomos de carrillos hinchados. Sonrientes y alegres, en gestos de hacer silencio y mandar a callar, para que el chiquillo adorable, que estaba tumbado de lado muy relajadamente con los ojos entrecerrados, terminase de conciliar su agradable sueño, reposando sobre una enorme nube blanca y esponjosa, rebosante de lácteas ondulaciones. En la sala donde la neblina nubosa cubría el pavimento, se destacaba una enorme puerta de hoja doble, tallada con relieves y hecha de marfil.

Mark, acompañado de su adorable chihuahua Piwi, comenzó a sentir un intenso sopor y bostezó al mismo tiempo que su pequeño perrito. Los ojos, pesadamente, se le caían. Una laxitud recorrió imparablemente todo su ser. Y sin poder evitarlo, sus rizados y bellos cabellos castaños se sacudieron con la caída de su gorrito de lana cuando involuntariamente dio una cabezada…

Inmediatamente, Mark dio un respingo para sacudirse del sueño que lo estaba dominando. Inspiró profundamente, se frotó los ojos y cuando los abrió, ya no estaba en el salón. Un extraño paisaje lo envolvía.

El padre Willburt, con su familiar barba blanca y su sotana marrón, empuñando su báculo acabado en crucifijo, estaba de pie ante él, en silencio.

Mark se sintió extrañado y sorprendido pero sin miedo. La presencia tranquilizadora del padre Willburt lo mantenía en calma, y con toda naturalidad se dirigió hacia él.

-¿Dónde estoy? – preguntó el chico al sacerdote.

-Te he traído hasta aquí, mi querido Mark – contestó Willburt -. Has viajado en el astral guiado por mi mano a través de los planos invisibles. Aquí, en mi sagrada cueva de ermitaño, sólo el bien puede penetrar.

Una cueva de roca gris viva y rugosa, con innumerables estalactitas y estalagmitas, de arriba a abajo y de abajo a arriba, circuncidando la oquedad cavernaria, como si se trataran de un nutrido ejército protector a las órdenes de su capitán. En el centro, una laguna de aguas cristalinas y puras, de una quietud asombrosa. Un grupo de luciérnagas revoloteaban perezosamente recorriendo todos los rincones y descendiendo a veces para hacer una rasante sobre la laminada superficie de la laguna, saciando su sed en aquellas sagradas aguas puras. El canto del repiqueteo de una fuente nacida en alguna grieta recóndita, se oía muy lejana en alguno de aquellos pasillos perdidos en la gruta. Algunos destellos nítidos delataban la presencia de cristales naturales incrustados a lo largo de las superficies rocosas del lugar. El relumbre del destello provocado por la luminiscencia movediza de las luciérnagas daban la impresión de estar envueltos por estrellas nocturnas en el cielo de una encantada noche sin luna.

El sacerdote Jeremías Willburt le observaba con su pétrea barba blanca de gran longitud, y el rostro de facciones hieráticas como la estatua de Ahura Mazda que se encontraba levantada con las alas extendidas y sosteniendo en una de sus manos de oro el Aro Eterno. Un compendio de himnos Védicos y otro de los Gathas descansaban sobre la roca cuadrada de piedra azul a los pies de la deidad benéfica.

Fuego, luz y sabiduría eran las palabras que se extendían a lo largo del gran anillo.

El sacerdote comenzó diciendo:

-El bien y el mal luchan desde el principio de los tiempos en una contienda eterna mucho antes de la creación de la Tierra, que fue creada para ser usada como campo de batalla – guardó unos instantes de silencio y prosiguió -. El alma, sin género de duda, es eterna, pero puede ser mortal si ésta pierde su fuerza de sostén. Toma como prueba que el Sol, nuestra gran estrella, es eterno, pero también hemos visto estrellas desaparecer, caer o apagarse, incluso ser devoradas por la oscuridad. El mal ha inculcado en el hombre la limitación, la involución, la incapacidad para realizarse, la pobreza de espíritu para no superar sus limitaciones, no crecer ni culminarse, manteniéndolo en una existencia de subhumanidad hasta llevarlo a la desesperación y enajenarlo. La demencia disuelve y destruye las barreras que protegen el alma, el ánimo, el espíritu. Una mente que ha perdido la cordura deja el espíritu desprotegido y sin barreras, apto y propiciando ser víctima de la posesión infernal como una fortaleza con todas sus puertas y ventanas abiertas que se convierte en casa de villanos.

El hombre tiene hambre, hambre insaciable. La oscuridad aún más, siempre hambrienta, siempre al acecho en busca de almas para su cosecha de su festín infinito. Aquellos poderes extraordinarios necesitan de una fuente de suministros descomunal. Es el alma humana pura chispa divina de la Creación, de un poder del que no podemos hacernos una idea, pero ellos sí lo saben. Desde más allá de Lacedemonia y hasta nuestros tiempos, han habido puertas señaladas donde se han levantado templos para alimentar y pactar con los Ocultos. Ellos otorgan todo tipo de poderes temporales, privilegios y satisfacciones para quienes cooperan con el mal y los poderes infernales para poner al hombre en enemistad con Dios y darle la espalda a éste. Una vez llevado hasta allí y sin protección, su alma será devorada en el gran festín, y todos comerán y los sirvientes serán recompensados… Sí, serán recompensados.

-¿Quiénes son los sirvientes? – preguntó Mark con preocupación -. ¿Dónde están?

-Ya desde antiguo, desde las tinieblas de los tiempos, han existido aquellos que venden sus vidas al diablo para gozar de una efímera gloria terrenal a costa de destruir el espíritu eterno de los demás hermanos divinos. Una iniquidad repugnante… colaborar con los demonios para facilitarles el alimento de la psiquis. Porque el mal necesita ayuda para sofocar el poder del espíritu. Son los colaboradores necesarios, y están en los lugares más insospechados.

-¿Cómo lo hacen?

-La aceptación de lo sobrenaturalmente insano abre las puertas del infierno. No luchar, no rehuir, no enfrentarse a lo anormal, dándole fuerza y soporte, encumbrando la perdición, y haciéndose imparablemente osado. Los colaboradores que rinden obediencia a los Ocultos gestionan una vida de miserias y mutilaciones para las personas, intoxicándolas, haciéndoles daño moral, mental y espiritual. Garantizan así almas perdedoras para sus amos. Los demonios y el terror que estos provocan causan desequilibrio mental en las personas que, enloquecidas e insanas, provocarán crímenes contra sí mismos y contra los demás. Estas marionetas enloquecidas serán movidas por los hilos de las fuerzas infernales para cometer actos atroces. El alma que se ha entregado al mal, que ha dejado de rechazar lo execrable no pondrá ninguna oposición a ser succionada por las fauces infernales del ABISMO.

-Los colaboradores pretenden hacer que sus víctimas entreguen su alma a las divinidades infernales víctimas de aquella demencia. ¿Cómo? – preguntó Mark.

-Todo empieza con una maldición – respondió el sacerdote -. Una gran maldición.

-¿Qué puede hacer un insignificante niño como yo contra estos poderes extraordinarios?

Severo y serio, el ermitaño contestó:

-Tienes que despertar del olvido y recordar quién eres. Recordar que has venido a este plano para luchar. Este mundo es el gran campo de batalla y tus armas serán el acero, la voluntad y la fe.

-Entonces, ¿por qué estoy aquí? – preguntó Mark con preocupación.

-Te he traído hasta aquí para que juntos levantemos la maldición que se ha aferrado a tu familia. Tendrás que mantenerte fuerte y con un poderoso e inquebrantable espíritu de victoria.

El ermitaño señaló con su bastón los objetos que estaban a los pies de Mark. En el suelo había un brasero, un cuenco de bronce reluciente, con carbones al rojo vivo donde el ermitaño empezó a verter sobre las ascuas diferentes ingredientes, elevándose unas arremolinadas volutas de humo perfumado.

-Repite conmigo, recita a la vez que yo, hijo mío.

Después de haber lanzado al fuego incienso en grano, mirra, estoraque, clavos de especia, polvo de laurel y limaduras de ajo, Willburt comenzó a recitar mientras Mark lo repetía:

“Casa de Jerusalén donde Jesucristo entró y el mal al punto salió, entrando el bien a la vez. Yo pido a Jesús también que el mal se marche de aquí y el bien te alcance a ti por este saumerio del santo David”.

-Muy bien, hijo, muy bien – y poniéndole la mano en el hombro, prosiguió -. Y recuerda: cuando llegue la hora señalada, sabrás que estás a salvo.

* * *

Cuando los efectos mermantes y paralizantes hubieron desaparecido, Walter Corbitt, postrado con las palmas de las manos contra el suelo, alzó bruscamente el rostro resoplando para apartarse parte de la capucha que no le dejaba ver ni respirar. Casualmente, el movimiento enérgico hizo resbalar el pañuelo rojo que cubría el contorno de un orbe de cristal de roca que reposaba sobre un trípode de patas con garras de dragón de cobre.

Una miríada de diminutas centellas de luz multicolor se despidieron desde el interior de aquella bola de cristal inmaculada. Ahogadamente, el paño que la cubría cayó en el suelo sin emitir sonido. Y mudamente en el interior de aquel artefacto comenzó a materializarse poco a poco y luego nitidamente una sucesión de escenas, que hicieron gritar desgarradamente al doctor Walter Corbitt.

* * *

Mark, sintiendo la cálida mano sobre su hombro, se despertó plácidamente en el sofá de su salón, junto a su madre, que le tocaba mientras que con un rostro amable y cariñoso le hablaba:

-Hola, Mark, acabo de llegar – dijo la señora Dayon -. ¿Cuánto tiempo llevas dormido, hijo mío?

La señora Telma Dayon cruzó la habitación después de descalzarse, dejando sus zapatos de tacón en el hall de entrada. Se había sentado en el sofá junto a su amado hijo. Piwi bajp un cojín dormitaba amodorrado, sin advertir la llegada a casa de la madre del hogar. Fue una sorpresa agradable para la señora Dayon descubrir el volumen cerrado entre las manos del pequeño, que aún dormitaba.

-Hola, mamá – le dijo Mark aún con pereza mientras abrazaba a su encantadora madre -. Te quiero mucho.

-Y yo a ti también te quiero mucho, hijo mío – le respondió besándole en su delicada y tersa frente -. Veo que has cogido el libro de psiquiatría que me ha prestado el doctor Walter Corbitt.-

Hizo una pausa mientras ella misma lo alcanzaba y lo abría por su sección preferida.

-Gracias a ese maravilloso hombre y sus consejos, empiezo a encontrarme mucho mejor, pues entiendo con precisión la dinámica de mi diagnóstico y cómo debo conducirme para alcanzar la mejoría que lleve a cabo mi sanación.

Con sus ojos color avellana vivos comenzó a recorrer los renglones del texto en voz alta para que Mark escuchara. La señora Telma leía con entusiasmo:

– “Y fue Frank Antón Mesmer, el gran médico y filósofo alemán quien lo redescubrió, llamándolo magnetismo animal. Y desde entonces sus doctrinas son llamadas mesmerismo. El fluido invisible que circula por el cuerpo humano como el torrente vital electromagnético de nuestro organismo a veces, y en algún punto determinado, sufre un bloqueo. Este desequilibrio de las corrientes invisibles es el verdadero causante de las enfermedades de toda índole. Para liberar la red de la obstrucción, y por tanto liberarlo de la enfermedad, y en especial aquellas de naturaleza nerviosa (histerias, epilepsia, melancolía), todas aquellas que afectan a los aspectos psiquiátricos. Aunque el funcionamiento de la mente sigue siendo un misterio, los métodos mesmerianos salvaron a aquellos que pasaron por sus manos y atención.

Hay que reseñar la crisis no como óbice de la salud, sino como la propia manifestación de la reacción del organismo que reacciona vivamente y desata las fuerzas que han de restablecer el orden, y con él la sanación absoluta.

Es a la crisis donde hay que llegar, el verdadero puerto de destino del paciente. Es en verdad el cursar de la agravación de su estado mental el camino firme, aún cuando parezca controvertido.”

Mientras su madre leía aquella página siguiendo con la punta de su dedo índice línea por línea, Mark se percató de que cada una de las palabras que su querida madre pronunciaba no se correspondían en absoluto con el contenido que él mismo estaba contemplando. Aquella sección donde su madre leía los estatutos de Mesmer, él era testigo del contenido que con anterioridad había leído, aquel que rezaba bajo el grabado que mostraba un bosque siniestro con los faunos danzando con flautas junto a la hoguera en la que alzaba los brazos la mujer de fuego:

“…Dionisios y las Manias, deidades propias en el panteón romano. El dios de la Demencia y sus Musas de la perturbación Mental de naturaleza Inframundana y cetónica, cuyos orígenes proceden de un Culto anterior a la Tracia de épocas pre-griegas. En sus ceremoniales se instigaban a los marginados a beber Vino y consumir sustancias psicoactivas…”

Mark, asustado y sobresaltado, dejó de mirar al libro y concentró su visión en el rostro de su madre. Su cara era la pura expresión de aquel que se halla absorto en la más estricta concentración de una lectura comprensiva y compleja.

De golpe, Mark estampó su mano justo en la mitad de la hoja, impidiendo proseguir la contemplación del texto. Disgustada, la señora Telma Dayon se volvió hacia Mark para reprenderle por sus malos modales.

-¡Mark, deja de hacer eso ahora mismo! Es una falta de educación molestar a quien te está instruyendo.

-¡Mamá, Mark! – exclamó Jodie Dayon -. Ya estoy aquí.

La hermana de Mark acababa de abrir la puerta del salón.

-Me he retrasado un poco. Tuve que ir a hablar con la profesora de ballet Virgin Landon para concretar los detalles de vestuario que necesitamos ajustar para nuestra futura actuación. La obra de ballet del Cascanueces será una gran puesta en escena, y exquisita, en el Palacio Real de la Ópera.

Jodie dejó la carpeta sobre la mesa del salón mientras, distraídamente, se atusaba su mechón pelirrojo que colgaba en medio de su frente. Se volvió hacia su madre y su hermano comprobando que ambos estaban sentados juntos compartiendo un extraño libro.

-¿Qué estáis haciendo? – inquirió intrigada mientras fruncía el ceño.

El reloj de péndulo crujió sordamente, como si la madera de caoba de la caja sufriera un brusco cambio de temperatura, y ésta se resintiera.

Las pesas cilíndricas, doradas y pulidas, vibraron emitiendo un discreto pero anormal sonido metálico de diapasón.

Las cadenas rechinaron al moverse, y el péndulo osciló pesadamente, como el preludio de una inesperada y terrible explosión volcánica.

Los engranajes murmuraron con rumor agitador y sonó grave y hondamente el gong.

-¡¡Está sonando!! – exclamaron todos al unísono.

Llevaba parado años desde que la abuela Meredith falleció. En el reloj, las manecillas marcaban las ocho en punto.

Piwi del sobresalto, se despertó alertado, mostrando los dientes, con amenazantes colmillos. Gruñía y ladraba con el lomo erizado y ojos desorbitados. Se abalanzaba intermitentemente contra el libro del doctor Walter Corbitt.

Asombrados, todos contemplaban el misterioso manuscrito, que ahora exhibía un aspecto muy distinto. Su brillo se había apagado, y todas y cada una de las páginas estaban en blanco.

Y en ese preciso instante, Mark revivió aquellas palabras que reverberaron en su mente:

– Y recuerda: cuando llegue la hora señalada, sabrás que estáis a salvo.

EPÍLOGO

En la sima oscura, la melodía demencial flotaba en las tinieblas oscuras procedente del aulus reverberante en los niveles superiores. La negrura dio paso a una leve luminiscencia que fue creciendo y remarcando el espacio. Un espacio iluminado que fue descubriendo la superficie de una plataforma rocosa entre las paredes del abismo. Allí se distinguieron varios puntos de luces, recién encendidos, vivos. Nueve puntos de luz, nueve llamas formando un círculo. Nueve llamas bailarinas y crepitantes de color rojo y naranja, encendidas sobre sus pedestales alrededor de una figura que yacía en una cama en mitad de aquel vacío, de aquella negrura insondable. Yacía en su lecho, una cama de madera grande, de matrimonio, con su cabecero y piecero con pináculos de madera tallada en espiral en cada esquina, elevándose a más de dos metros. Una cama suntuosa y lujosa propia de un miembro de la aristocracia. La figura reposaba en su lecho de muerte.

La presencia de los Ocultos pudo percibirse en ese instante. Desde la penumbra las nueve figuras avanzaron con paso lento, internándose entre el fulgor de las antorchas, rodeando la cama.

Una de las entidades, una de las figuras de indescriptible forma y facciones, pues una negrura viva dimanaba de ella, envolviéndola continuamente y emitiendo un bisbiseo espeluznante, susurró:

-Se te acabó el tiempo.

El inexplicablemente irreconocible y envejecido doctor Walter Corbitt estaba en el umbral de sus últimos minutos y segundos. Sus labios resecos lucían mortecinos y débiles. Su piel era amarillenta y pálida, casi transparente, que dejaba ver sus venas celestes y verdosas. Un rostro atormentado por el dolor, la agonía y el tormento. El sufrimiento y los recuerdos de toda su vida se agolpaban arremolinadamente en su mente en estos últimos instantes, en el final de su existencia. Únicamente había agitación y temor. Su respiración se cortó momentáneamente. Su mano, con los dedos engarrotados, se elevaba hacia lo más alto posible en el aire que pudiera, buscaba dónde asirse para escapar con los ojos cerrados en su semiconsciencia. El retemblor del esfuerzo y su sudoración, su agitación, su desesperación por querer salir de allí eran visibles. Abrió sus párpados, sacando los ojos glaucómicos de sus órbitas.

Nuevamente el bisbiseo espeluznante susurró:

-Se te acabó el tiempo.

FIN

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